Dijo una vez Paul Auster: “Se vive solo. Los demás están cerca, pero la vida se vive en soledad. A veces logramos asomarnos al misterio del otro, rozar su verdad, pero eso ocurre rara vez. Es el amor, casi siempre, lo único que permite esos breves encuentros, esas grietas luminosas en la pared de nuestra soledad. Y aun así, volvemos a estar solos. Siempre.”
Hay días en los que una no se reconoce,
aunque sepa perfectamente quién es.
Hoy mi madre me miraba
como si buscara en mí
a la chica que se arreglaba sin motivo,
la que elegía un labio rojo
como quien enciende una declaración de intenciones.
Y yo también la echo de menos.
No por lo que los demás veían,
sino por lo que yo sentía
cuando me habitaba sin miedo.
Hace más de dos meses
que vivo en este uniforme blando,
en este chándal que no aprieta,
que no exige,
que no pregunta.
Lo compré antes de la operación,
en dos colores,
una talla más.
Como quien se adelanta al duelo
de un cuerpo que va a cambiar
sin pedir permiso.
Porque nadie te cuenta
que después de sobrevivir
también hay que aprender a volver.
Y volver
no siempre es levantarse.
A veces es pintarse los labios.
A veces es mirarse al espejo
y no apartar la mirada.
A veces es atreverse
a reconocerse entre las ruinas.
Tengo ganas de un tacón,
de ese sonido firme contra el suelo,
de sentir que piso fuerte
aunque por dentro aún esté reconstruyéndome.
Tengo ganas de ser algo
de lo que era antes
de que el huracán arrasara con todo.
Pero no para volver atrás.
Sino para mezclarme:
la de antes,
la de ahora,
la que ha sobrevivido.
Porque hay algo que no nos dicen:
que el cuerpo de una mujer
nunca le pertenece del todo.
Siempre hay una mirada esperando,
una medida,
un estándar,
una versión “correcta”
de cómo deberíamos vernos
incluso cuando estamos rotas,
incluso cuando estamos sanando,
incluso cuando lo único importante
es seguir aquí.
Nos enseñaron
que arreglarse era para gustar.
Pero nadie nos explicó
que también puede ser un acto de guerra.
Pintarse los labios
después de una cicatriz
no es vanidad.
Es resistencia.
Ponerse un tacón
cuando el cuerpo aún está jodido
no es frivolidad.
Es memoria.
Es decir:
sigo siendo mía.
Porque la presión estética
no desaparece
cuando enfermas.
Se transforma.
Se vuelve más cruel, incluso.
Te exige volver rápido,
recuperar la forma,
disimular las marcas,
agradecer el milagro
sin mostrar el precio.
Pero yo no quiero disimular nada.
Mi nuevo mordisco de tiburón
va a salir este verano
a tomar el sol conmigo.
Y va a ser precioso.
No porque encaje en ningún canon,
sino porque cuenta
que sigo aquí.
Y eso,
eso sí que es belleza.
Noah Higón
Siempre voy firmando contratos a ciegas.
No porque no sepa leer la letra pequeña,
sino porque a veces la vida no te deja otra cláusula
que la de resistir.
Firmo papeles invisibles
con la esperanza mínima
de arañar un poco de calidad de vida,
como quien mendiga oxígeno
en una habitación cerrada.
Y qué injusto suena eso:
tener que mendigar el derecho a querer vivir.
Como si el simple hecho de estar aquí
no fuera ya lo suficientemente difícil.
Como si respirar no pesara.
Como si levantarse cada mañana
no fuese, en sí mismo,
una negociación constante con el dolor.
A veces no sabes cómo quieres vivir,
pero sabes —con una claridad brutal—
cómo no quieres hacerlo.
Y esa certeza, aunque duela,
también es brújula.
Entonces te agarras a un clavo ardiendo.
Lo sabes: quema.
Sabes que quizá perderás piel en el intento.
Sabes que renunciarás a certezas,
a planes,
a seguridades que otros dan por hechas.
Pero lo haces igual.
Porque quedarse es peor.
Porque aceptar lo inaceptable
es una muerte lenta con buena prensa.
Firmar contratos en blanco
no es valentía romántica.
Es supervivencia.
Es decir:
“prefiero la incertidumbre al hundimiento”,
“prefiero el riesgo a la asfixia”,
“prefiero lo desconocido a lo indigno”.
Quizá no sea la mejor estrategia.
Quizá algún día aprenda a exigir garantías
antes de estampar mi nombre en la nada.
Pero mientras tanto,
mientras el mundo siga poniendo condiciones
a mi derecho de estar bien,
seguiré firmando lo que haga falta
si al final del párrafo aparece una palabra
que se parezca a dignidad.
Porque querer vivir con dignidad
—no sobrevivir, no conformarse, no callar—
querer vivir de verdad,
con espacio, con respeto, con aire,
es mi mayor acto de rebeldía.
Y no pienso pedir perdón por ello.
Noah Higón
"Querer a las personas como
se quiere a un gato, con su
carácter y su independencia,
sin intentar dominarlo, sin
intentar cambiarlo, dejar que
se acerque cuando quiera,
siendo feliz con su felicidad".
- Julio Cortázar.
No se puede con todo. Punto.
No puedes currar ocho horas (o más), seguir formándote, hacer ejercicio, mantener la casa medio decente, comer sano, cuidar a los tuyos y, encima, tener vida social.
No entra. No cabe. Es como intentar meter una lavadora en una mochila.
LO QUE NADIE TE CUENTA
Este niño tiene un sarcoma osteogénico. Un tumor que te come el hueso. Hace 40 años: amputación directa. Hoy: le quitamos el trozo y ponemos hueso de cadáver.
¿Eso es nuevo? NO. Lleva haciéndose desde que yo no había nacido.
¿Entonces qué cambia? Que ahora antes de abrir hacemos un ensayo general con un muñeco de plástico. Útil, sí. Revolucionario, para nada.
LA NOTICIA REAL (que no vende)
Para salvar esa pierna necesitas:
3 cirujanos especializados
1 anestesista pediátrico
al menos 2 enfermeras
1 circulante
Quirófano
CERO prisa
CERO mirada al beneficio
¿Qué hospital privado puede permitirse esto?
NINGUNO. Porque no es rentable dedicar medio equipo toda una mañana a un crío.
EL PROBLEMA
Nos venden "tecnología futurista" cuando lo revolucionario es otra cosa: que tengamos un sistema que puede gastarse recursos infinitos en salvar la rodilla de un niño sin preguntar cuánto cuesta.
Eso NO lo hace una impresora.
RESUMEN: Gran cirugía. Equipazo. Resultado perfecto.
Pero dejad de vendernos la impresora 3D como si fuera el protagonista. El protagonista es un sistema público que puede hacer Tetris con huesos reales durante 8 horas sin mirar el reloj.
Viva la sanidad pública. Que es la única lo suficientemente loca para invertir todo eso en salvar UNA pierna.
Cuando Peter Jackson explicaba a Christopher Lee cómo debía gritar al ser apuñalado por la espalda durante el rodaje de "El Señor de los Anillos", Lee le miró muy serio y le dijo: "¿Sabes qué sonido hace realmente un hombre cuando le apuñalan? Porque yo sí". Tira del hilo 🧵👇🏽
Un viejo conocido, que estaba desaparecido, manda desde su búnker secreto un mensaje de... bueno, un mensaje.
Tras casi una década de silencio, Miguel Jerez analiza nuestro mundo y hace algo parecido a felicitar las fiestas.
El verdadero Grinch.