¡En Los @latimes! Un honor gigante para mi haber sido entrevistada por este gran periódico por motivo del mes de la mujer.
Aquí les cuentan un poco sobre mi carrera y sobre todo mil rol como Embajadora de Buena Voluntad para @OnusidaLatina
https://t.co/cy1rRsqDyk
La profesora Jazmín Ramírez Blanco se ha convertido en uno de los rostros más conocidos de la solidaridad dentro de los refugios. Tiene 28 años dedicada a la docencia, perdió su vivienda y la escuela donde trabajaba, y además enfrenta desde hace cinco años un mieloma múltiple. Su tratamiento debía continuar apenas un día después del terremoto, pero la tragedia también le arrebató a la médica que llevaba su caso.
Mientras la respuesta institucional para retomar su atención médica ha sido lenta y difícil, la ayuda ciudadana ha resultado extraordinaria. Y aun necesitando ayuda, Jazmín decidió ayudar: dentro del campamento César Nieves creó la Escuela Urimare para devolverles a decenas de niños una rutina, un espacio de aprendizaje y algo de normalidad en medio del desastre.
Escuchen esta historia, que ocurre entre las carpas de uno de los refugios de Catia La Mar.
La profesora Jazmín Ramírez Blanco se ha convertido en uno de los rostros más conocidos de la solidaridad dentro de los refugios. Tiene 28 años dedicada a la docencia, perdió su vivienda y la escuela donde trabajaba, y además enfrenta desde hace cinco años un mieloma múltiple. Su tratamiento debía continuar apenas un día después del terremoto, pero la tragedia también le arrebató a la médica que llevaba su caso.
Mientras la respuesta institucional para retomar su atención médica ha sido lenta y difícil, la ayuda ciudadana ha resultado extraordinaria. Y aun necesitando ayuda, Jazmín decidió ayudar: dentro del campamento César Nieves creó la Escuela Urimare para devolverles a decenas de niños una rutina, un espacio de aprendizaje y algo de normalidad en medio del desastre.
Escuchen esta historia, que ocurre entre las carpas de uno de los refugios de Catia La Mar.
En el lago navegable más alto del mundo, existe una comunidad que convirtió una planta en territorio, hogar y forma de vida.
Son los Uros, un pueblo ancestral que habita el lago Titicaca, entre Perú y Bolivia, y cuya historia está profundamente ligada a la totora, una planta acuática con la que, durante generaciones, han construido sus islas flotantes, sus viviendas y sus embarcaciones.
Llegar hasta ellos fue una de las experiencias más extraordinarias de La Ruta Perú. Pudimos hacerlo gracias a la invitación de uno de sus habitantes, que nos abrió las puertas de su comunidad para entender no solo cómo se construye una isla, sino cómo se preserva una manera de vivir en uno de los lugares más singulares del planeta.
Esta historia es parte de La Ruta Perú.
📺 29 de agosto por History Channel H2
🇲🇽 4:30 p. m. México
🇨🇴 5:30 p. m. Colombia
Si quieres ver el documental completo, comenta “PERÚ” y te enviaré el link. 🇵🇪
Durante años, el lente de Daril Jiménez ha sido una de las ventanas más hermosas hacia La Guaira. Él es probablemente una de las voces visuales más seguidas del estado y también formó parte de nuestro equipo durante la grabación de este documental. Pero esta vez quise colocarlo frente a la cámara para hacerle dos preguntas.
La primera: ¿qué ocurre con la mirada de un fotógrafo que ha dedicado su vida a retratar lo mejor de un lugar cuando, de pronto, debe contemplarlo destruido?
La segunda fue todavía más difícil de escuchar. Daril siente que, después del terremoto, todos se están marchando de La Guaira y que él se está quedando solo.
Nuestra conversación terminó hablando de algo mucho más profundo que la fotografía. Hablamos de pertenencia, de arraigo y de esa forma silenciosa de pérdida al también partir a su gente.
Opinión | Mi felicidad empezó a convivir con una constatación incómoda: no es lo mismo lanzar un insulto a la distancia, cada vez que hay un corte de electricidad, o que el sueldo no alcanza, que ver cómo la mayoría de los venezolanos vive una precariedad prolongada. Por Luz Mely Reyes
🔗 https://t.co/bGQvEE514s
Two decades ago, scientists working for Venezuela’s government pinpointed the danger zone for the next big earthquake.
But officials, trying to meet pledges to house displaced flood victims, raced to build public housing there anyway. https://t.co/JTwfTrmjCz
Hay nombres que parecen una condena. Tsunami, sin embargo, terminó convirtiéndose en todo lo contrario a lo que su nombre anuncia.
Después de los terremotos del 24 de junio, él entraba donde nosotros no podíamos. Entre concreto roto, polvo y estructuras inestables, buscaba algo casi imperceptible: la señal de que debajo de la ruina todavía había una vida esperando ser encontrada.
Su guía, Jorge Beens, le atribuye 26 localizaciones de personas con vida. Su olfato convirtió una inmensa superficie de destrucción en un punto exacto de esperanza.
Cuando terminaron las búsquedas, su trabajo no terminó. A través de Rescatando Alma, Tsunami comenzó a visitar refugios y campamentos para acompañar a niños desplazados por el terremoto. Pasó de buscar señales de vida entre los escombros a provocar sonrisas entre quienes lo habían perdido casi todo.
“Ayudó a rescatar vidas. Ahora vamos a rescatar almas”, me dijeron.
Playa Grande fue una de las zonas más golpeadas por los dos terremotos del 24 de junio. Aquí colapsaron edificios residenciales, comercios y urbanismos enteros. Ayer llegamos al atardecer y recorrimos parte de esta zona. Quería mostrarles estas imágenes porque creo que solo viendo la dimensión de las estructuras que cayeron se puede empezar a entender el impacto que tuvieron esos segundos en La Guaira
Hay fotografías en las que una persona ocupa el centro y, sin embargo, no es la protagonista. Esta es una de ellas.
Estoy allí apenas como una referencia de escala. Para intentar mostrar que lo que se levanta detrás de mí no es un paisaje de ruinas, sino la dimensión física de una tragedia humana.
En La Guaira entendí que la destrucción tiene dos formas. Una es visible: edificios quebrados, toneladas de concreto y calles irreconocibles. La otra no siempre aparece en las fotografías: las ausencias, las rutinas interrumpidas, las familias desplazadas.
La cámara puede registrar la primera. Nuestro trabajo como periodistas es contar la segunda.
Esta fotografía no habla de mí. Habla del tamaño de lo ocurrido y de nuestra responsabilidad de no acostumbrarnos a verlo.
Como periodista y guaireña, no quiero que el ojo termine acostumbrándose ni que los escombros corran el riesgo de convertirse en paisaje.
Hay fotografías en las que una persona ocupa el centro y, sin embargo, no es la protagonista. Esta es una de ellas.
Estoy allí apenas como una referencia de escala. Para intentar mostrar que lo que se levanta detrás de mí no es un paisaje de ruinas, sino la dimensión física de una tragedia humana.
En La Guaira entendí que la destrucción tiene dos formas. Una es visible: edificios quebrados, toneladas de concreto y calles irreconocibles. La otra no siempre aparece en las fotografías: las ausencias, las rutinas interrumpidas, las familias desplazadas.
La cámara puede registrar la primera. Nuestro trabajo como periodistas es contar la segunda.
Esta fotografía no habla de mí. Habla del tamaño de lo ocurrido y de nuestra responsabilidad de no acostumbrarnos a verlo.
Como periodista y guaireña, no quiero que el ojo termine acostumbrándose ni que los escombros corran el riesgo de convertirse en paisaje.
Cuando el terremoto golpeó a Venezuela, yo estaba en Miami. En medio de la impotencia, mi refugio fue llenar cajas y ayudar a recibir donaciones en una organización que entonces conocía poco: Global Empowerment Mission.
Muy pronto, GEM se convirtió en el punto de encuentro de miles de venezolanos en Estados Unidos. La diáspora donó, clasificó insumos y empacó ayuda para quienes lo habían perdido todo. Junto con I Love Venezuela Foundation, protagonizó la mayor movilización de voluntarios y ayuda que la organización había recibido hasta entonces.
Hoy puedo confirmar que ese esfuerzo sí llegó a Venezuela. En La Guaira vi aquellas cajas, con los logos de ambas organizaciones, en manos de miles de familias. Con el apoyo del Departamento de Estado, la ayuda logró cruzar fronteras y llegar a quienes más la necesitaban.
Para mí, el círculo se cerró de la manera más conmovedora: La entrega nos llevó a Tanaguarena, la comunidad donde nací, crecí y estuvo mi casa. Las cajas que ayudé a llenar en Miami terminaron llegando al lugar del que yo también vengo.
En un terremoto, rescatar a quien todavía vive es una carrera contra el tiempo. Recuperar a quien murió es una batalla contra el olvido.
Son misiones distintas, pero nacen del mismo principio: nadie debe quedar abandonado bajo los escombros.
Uno de los lugares que más me impactó fue la OPP de Caraballeda, considerada por muchos la zona cero de los terremotos del 24 de junio en La Guaira.
Estos complejos residenciales toman su nombre de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales. La OPP 26 tenía 12 torres, 876 apartamentos y alrededor de 3.500 habitantes. Seis torres colapsaron. A pocos metros, las cuatro torres de la OPP 27 también se desplomaron.
Pero ninguna fotografía o toma aérea alcanza para explicar lo que se siente al estar allí. Pisos completos quedaron comprimidos unos sobre otros, bajo toneladas de concreto inestable y túneles tan estrechos que recuperar un solo cuerpo puede requerir varios días de trabajo.
Caraballeda concentró la mayor cantidad de víctimas y daños en La Guaira. Sin embargo, todavía no existe una cifra pública definitiva de cuántas personas murieron solamente en estos complejos. A casi dos meses de la tragedia, aún quedan familias esperando.
Integrantes de Search and Rescue México y voluntarios venezolanos continúan entrando en esas estructuras. A esta altura, recuperar un cuerpo no puede cambiar el desenlace, pero sí puede cambiar la forma en que una familia comienza a vivir con la pérdida. Significa terminar una búsqueda, recuperar un nombre y poder ofrecer una despedida digna.
Aquí conocí a Carlos García, uno de los rescatistas que ayudó a sacar con vida a Fabiana Blanco de los escombros de su apartamento. Más adelante les presentaremos su historia en La Ruta.
En un terremoto, rescatar a quien todavía vive es una carrera contra el tiempo. Recuperar a quien murió es una batalla contra el olvido.
Son misiones distintas, pero nacen del mismo principio: nadie debe quedar abandonado bajo los escombros.
Uno de los lugares que más me impactó fue la OPP de Caraballeda, considerada por muchos la zona cero de los terremotos del 24 de junio en La Guaira.
Estos complejos residenciales toman su nombre de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales. La OPP 26 tenía 12 torres, 876 apartamentos y alrededor de 3.500 habitantes. Seis torres colapsaron. A pocos metros, las cuatro torres de la OPP 27 también se desplomaron.
Pero ninguna fotografía o toma aérea alcanza para explicar lo que se siente al estar allí. Pisos completos quedaron comprimidos unos sobre otros, bajo toneladas de concreto inestable y túneles tan estrechos que recuperar un solo cuerpo puede requerir varios días de trabajo.
Caraballeda concentró la mayor cantidad de víctimas y daños en La Guaira. Sin embargo, todavía no existe una cifra pública definitiva de cuántas personas murieron solamente en estos complejos. A casi dos meses de la tragedia, aún quedan familias esperando.
Integrantes de Search and Rescue México y voluntarios venezolanos continúan entrando en esas estructuras. A esta altura, recuperar un cuerpo no puede cambiar el desenlace, pero sí puede cambiar la forma en que una familia comienza a vivir con la pérdida. Significa terminar una búsqueda, recuperar un nombre y poder ofrecer una despedida digna.
Aquí conocí a Carlos García, uno de los rescatistas que ayudó a sacar con vida a Fabiana Blanco de los escombros de su apartamento. Más adelante les presentaremos su historia en La Ruta.
“Yo solo quiero seguir siendo una niña de 12 años”.
Eso fue lo que me dijo Fabiana Blanco durante nuestra conversación.
Permaneció 36 horas atrapada entre los escombros antes de ser rescatada. El video de de su rescate dio origen a una imagen que recorrió el mundo y convirtió su sonrisa, en un símbolo de esperanza para muchísimas personas.
Ella lo sabe. Me contó que agradece profundamente que tanta gente quiera verla sonreír, porque entiende que ha dado alegría y esperanza a personas que también estan atravesando días muy difíciles.
Pero hubo algo de nuestra conversación que se me quedó grabado.
Mientras estaba atrapada, uno de sus rescatistas le dijo: “Cuando salgas de aquí, tu vida va a cambiar para siempre”.
Y así fue.
Desde entonces ha recibido mensajes de todas partes del mundo y calcula que ha dado al menos 50 entrevistas. De pronto, una niña de 12 años comenzó a responder preguntas sobre supervivencia, tragedia, pérdidas y futuro. Preguntas que, como ella misma reconoce, a veces son demasiado grandes para su edad.
Detrás de la fotografía y del símbolo de esperanza, sigue estando Fabiana.
Una niña a la que le gusta pintar, el arte y la música. Que me contó que uno de sus cantantes favoritos es Danny Ocean. Que sueña con ser actriz.Y estoy segura de que así será.
Esta historia tuvo además un encuentro muy especial: pude entrevistar al mismo rescatista que estuvo con Fabiana y que grabó aquel video que terminaría dando pie a la imagen que conoció el mundo. Escuchar ambos lados de ese momento fue profundamente conmovedor.
Hoy Fabiana vive con su familia en casa de su abuela, mientras enfrentan uno de los desafíos que todavía dejó pendiente el terremoto: volver a tener un hogar propio. Su esperanza es que pueda ser en Caracas.
Quizás esa sea una de las cosas que no vemos cuando una historia se vuelve viral. Para quien sobrevivió, comienza otra historia.
La de reconstruir una vida.
Y en el caso de Fabiana, hacerlo sin olvidar algo esencial: es una niña de 12 años que quiere seguir teniendo derecho a serlo.
La historia de Fabiana Blanco y de quienes hicieron posible su rescate será parte de La Ruta Venezuela.
Se cumplen casi dos meses del terremoto que cambió para siempre la vida de miles de venezolanos.
Y yo estoy aquí, en Venezuela.
Vine a grabar un documental para La Ruta, pero también a contar una historia que necesitaba vivir y comprender de cerca.
Hoy quiero mostrarles qué me trajo hasta aquí.
Se cumplen casi dos meses del terremoto que cambió para siempre la vida de miles de venezolanos.
Y yo estoy aquí, en Venezuela.
Vine a grabar un documental para La Ruta, pero también a contar una historia que necesitaba vivir y comprender de cerca.
Hoy quiero mostrarles qué me trajo hasta aquí.