Una negociación reservada entre la defensa de Laura Sarabia, Marelbys Meza y la Fiscalía buscó poner fin al caso del polígrafo mediante justicia restaurativa. CAMBIO conoció que el acuerdo se cayó y que la exfuncionaria será llamada a imputación por tres delitos que no le permiten acceder a beneficios.
¿Por qué se rompió el acuerdo que buscaba cerrar el caso y cómo cambió el rumbo del proceso?
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Hoy despedimos a una de esas inteligencias mayores que ha dado Colombia. Al padre Javier Giraldo, S.J. Hombre de letras, de estudio y de una disciplina intelectual extraordinaria. Formado en filosofía y teología, pero también en las ciencias sociales y en el análisis de los territorios. Un hijo de esa gran tradición jesuítica colombiana que supo reunir rigor, método, cultura y una profunda visión del mundo.
En él convivieron de una manera singular dos épocas de la Iglesia. Recibió la sólida formación clásica de una Compañía todavía marcada por el mundo preconciliar. Pero hizo suya, con radicalidad, la apertura del Concilio Vaticano II. Una Iglesia llamada a mirar hacia afuera, hacia lo social, hacia el sufrimiento humano y hacia lo profundamente político que hay en la exigencia del Evangelio.
No lo hizo sin dificultad. Le correspondió abrir caminos en medio de una Iglesia colombiana muchas veces conservadora y tradicionalista. Una Iglesia que no siempre comprendió a quienes decidieron llevar hasta sus últimas consecuencias la opción por los pobres y el compromiso con las víctimas. También allí conoció la incomprensión y el dolor. Y también desde allí perseveró. Abriendo caminos.
Allí estuvo el centro de su vida. El amor eficaz. La convicción de que la fe no podía permanecer indiferente ante la injusticia.
Por eso Javier no fue un teólogo encerrado en una facultad. Fue, ante todo, un cristiano de la liberación. Y lo fue desde una perspectiva profundamente ecuménica. Caminando junto a católicos, protestantes, creyentes y no creyentes allí donde estuvieran en juego la dignidad humana, la verdad y la justicia.
Hizo de Colombia su lugar de estudio, pero sobre todo su lugar de compromiso. Caminó sus territorios más golpeados. Escuchó a campesinos y comunidades perseguidas. Documentó durante décadas aquello que tantos preferían no ver. Trujillo, San José de Apartadó y tantas víctimas de la violencia política encontraron en él no solamente a un defensor, sino a alguien dispuesto a guardar sus nombres, reconstruir los hechos y enfrentarse al poder cuando el poder pretendía imponer el silencio.
Denunció crímenes, paramilitarismo, impunidad y responsabilidades estatales aun cuando hacerlo significó amenazas, persecuciones y seguimientos. Desde el CINEP, el Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política y la Comisión de Justicia y Paz convirtió la memoria en una forma de resistencia.
Y estuvo siempre Camilo Torres. No como una estampa del pasado, sino como una pregunta cristiana y política que lo acompañó durante toda su vida. Javier perseveró durante años en la búsqueda de sus restos y tuvo, finalmente, el privilegio de recibirlos. Hay algo profundamente simbólico en esa imagen. Un sacerdote que dedicó su vida a buscar a los desaparecidos recibiendo, sesenta años después, los restos de otro sacerdote que había marcado su propia comprensión del compromiso cristiano.
La última vez que tuve el privilegio de conversar con el padre Javier fue junto al lecho de muerte del padre Alberto Múnera, S.J. Allí no estaba el hombre de hierro que durante décadas había enfrentado poderes inmensos. Estaba el amigo. Sencillo, silencioso, profundamente humano. Pendiente de Alberto y acompañándolo en oración.
Guardo especialmente esa imagen. Porque detrás del investigador riguroso, del defensor infatigable y del hombre que nunca temió incomodar al poder, había una persona modesta, cercana, sin pretensión alguna. Con una extraordinaria capacidad de irradiar vida y esperanza.
Descanse en paz, padre Javier Giraldo.
Gracias por haber caminado con las víctimas de este país. Gracias por haber escuchado a quienes nadie quería escuchar y por haber conservado la memoria de quienes otros querían borrar.
Gracias, sobre todo, por recordarnos con su propia vida que la fe, cuando se toma en serio la dignidad humana, no puede ser indiferente ante la injusticia.
Su voz se apaga. Su testimonio, no.
Siento como una punzada en el corazón la muerte del Padre Javier Giraldo, el último regalo que nos hizo este luchador sin par por los derechos humanos fue la recuperación de los restos de otro cura emblemático: Camilo Torres Restrepo, después de sesenta años, cuando habíamos perdido la esperanza de encontrar sus huesos escondidos, secuestrados, por militares sin humanidad para respetar el dolor de su madre y de sus amigos y seguidores.
Comenzó el Baile de la Pluma contra los periodistas. El gánster De la Espriella felizmente para mí, me declaró insubsistente. Regreso a Colombia para atenderlo a manteles. @gustavopetro@gustavobolivar @heliodopero @DCoronell
Muy sentido este homenaje de Jorge Cardona a la memoria de Cristian Herrera, el periodista 171 en ser asesinado por los violentos en los últimos 50 años.
Si se requiere convencer de por qué no votar por De la Espriella, no hay que buscar más allá de la derecha misma. No es gratuito que la mayoría de quienes integraron la "Gran Consulta" se manifiestan en contra de Cepeda, pero no a favor del otro. https://t.co/7jmzPCdSFR
Lamento el crimen en contra del colega Cristian Herrera, compañero, por años, de nuestra lucha en contra de la Perramenta criminal, corrupta y mafiosa. Condolencias a su familia.
El abogado Alejandro Carranza advierte sobre lavado de activos en el caso Saab y señala a exfuncionarios de la Fiscalía colombiana https://t.co/v3C4hLzsHt vía @lanuevaprensaco
Estas demandas civiles son una forma de intimidar a los periodistas para que los ciudadanos no conozcan verdades inconvenientes. @ABDELAESPRIELLA es el mayor depredador de la prensa colombiana a través de este tipo de procesos. @JulianFMartinez
En las notas de los medios comemierda sobre “el legado” de Vargas Lleras, no se ve ni una letra sobre sus chanchullos y sus porquerías.
Lo colorean a sabiendas de que están mintiendo.