Me dijiste que tomara todo el tiempo del mundo,
y no entendí que también podía ser mío.
Hoy llegan los fines de semana
y ya no cuento las horas para verte,
sino las que tengo para encontrarme.
Qué curioso:
lo que un día dolió como despedida,
hoy se siente como libertad.
¿Qué chingados nos pasó?
Nos acostumbramos tanto a la tristeza
que la alegría nos parece extraña. Caminamos con el alma hecha piedra, mirando con desprecio a quien aún tiene alas.
¿Qué chingados le pasó al mundo?
¿En qué momento estar vivos dejó de significar estar felices?
¿Y si resucitar no fuera volver de la muerte, sino despertar antes de morir?
Soltar aquello que creímos eterno, morir al apego, renacer en libertad.
Quizá el cielo no sea lo que nos espera al final, sino lo que descubrimos cuando aprendemos a vivir.
Despertar también es aceptar
que no todo merece una segunda vuelta;
que hay caminos que solo fueron
para enseñarnos a partir,
y versiones de nosotros
a las que ya no debemos regresar.