Desafortunadamente, el fin de la dictadura de Nicolás Maduro no garantiza el reestablecimiento de la democracia en Venezuela. El pueblo venezolano tiene un difícil trabajo por delante.
El Gobierno de Estados Unidos nunca ha sido un defensor de la democracia, y mucho menos en América Latina. Son sus intereses económicos y geopolíticos los que lo llevan a violar hoy la carta de las Naciones Unidas.
Colombia debe apoyar al pueblo venezolano con la solidaridad debida a un país hermano que hoy enfrenta un grave riesgo de crisis humanitaria y un reto enorme en la reconstrucción de su democracia.
1️⃣ Derrocar a un dictador suena moralmente justo. Nadie llora por un tirano. Pero el derecho internacional no se construyó para proteger a los buenos, sino para contener a los poderosos. Por eso prohíbe la fuerza casi sin excepciones: no porque ignore la injusticia, sino porque sabe que, si cada país decide a quién “liberar” a balazos, el mundo vuelve a la ley del más fuerte.
2️⃣ El problema no es Maduro. El problema es el precedente. Cuando la fuerza militar se usa para cambiar gobiernos sin reglas claras, la soberanía deja de ser un límite y se vuelve un estorbo. Hoy es “derrocar a un dictador”; mañana será “corregir una elección”, “proteger intereses”, “restaurar el orden”. El derecho no absuelve dictaduras, pero tampoco legitima cruzadas unilaterales.
3️⃣ La pregunta incómoda no es si un tirano merece caer, sino quién decide cuándo y cómo. Porque la historia enseña algo brutal: sacar al dictador es fácil; construir justicia después, no. Y cuando la legalidad se rompe en nombre del bien, casi siempre lo que sigue no es libertad, sino caos, violencia y nuevas víctimas. El derecho existe para recordarnos eso, incluso cuando incomoda.
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