La manta da un respingo. De debajo surge una voz lastimera, lejos de su usual tono cantarín.
—¿Eh? S... sí... Es que tengo un aspecto horrible... ¡Mejor que no me vea nadie!
—Nunca he estado en Suecia, no... ¡Pero iré un día! —juntó las manos con emoción. Sí que confiaba, quizá de forma ilusa, en que su trabajo daría sus frutos tarde o temprano.
—Entonces tengo que ir a comprarme algo, ¿cómo se llama tu tienda y dónde está? ¡Necesito tooodos los +
—Nací allí, y mi padre es de allí, pero mi madre es sueca. Unas vacaciones... Bueno, sí, pero si quiero ser supermegamultimillonaria tengo que trabajar, y... —toda la pena se le pasa cuando escucha eso último, y le brillan los ojitos—. ¡No me digas! ¡Una tienda de ropa! ¿Y qué +
—¿Te gustaaaa? Es español. ¡Más que talento, es que trabajo un montón! La verdad, necesito un descanso... —se pasa la mano por el rostro, aplastada por el estrés—. ¿A qué te dedicas tú?
—Tengo un montón. Siempre que me gusta algo me compro más de uno si puedo —así le va que está tiesa—. ¡Pero tienes un pelo muy bonito! ¿Quieres el azul o el verde?