Enrrolla la tirita alrededor del dedo. Sus ojos se fijan solamente en las piernas del idol. Aún no alcanza a ver su rostro.
—Es un placer, Yume. Recordaré su nombre —y el cosido descansa sobre sus piernas ahora. No sabe qué decir exactamente. Es demasiado introvertido.
—No es para tanto —el francés eleva sus comisuras en una sonrisa fingida. Debía ser amable con sus nuevos compañeros o algo así.
Su mano se extiende hacia la del joven y la aprieta firmemente.
—Espero que seamos buenos amigos —en realidad, no.
Vaya que los dos se han acercado. Por un lado, toma la tirita que Yume le proporciona; por otro, mira a Renatta.
—Gracias —a Yume—. Y sí, estoy aquí. Necesitaba tomar aire —y a qué precio si sigue cosiendo.
—... Soy Francisque, un gusto a ambos —pero no puede mirar a (��)
Los pupilas del francés devoran la figura escondida bajo todas esas prendas holgadas. Las mismas que ha entallado tantas veces en sus confecciones y entre sus manos. Los ojos se finjan en otro lugar de la sala unos segundos después. Era una terrible idea sostener la mirada en (»)
podemos hacer algo ahí, haha... ——en su mente, aquello ya era una cita como la vez del museo. ——Además, me sirve para despejar un poco la cabeza, ¿dónde quieres ir tú? ¿mnh?
la mujer.
De su boca, cae un suspiro pesado. Incluso, pareciera que su alma brota y abandona el cuerpo. Es la voz de ella la que le hace regresar a sí mismo.
—Creo que estará bien si vamos ahí, sí —la breve pausa se expande en su propia boca—... Hay unas tiendas que me (»)
—Lo mismo puedo decir —su mirada arisca devora la figura foránea. Amaría que esta fuera femenina, mas no es posible. El contrato de la empresa lo rige así.
Francisque arregla sus propias prendas, que parecen algo desaliñadas ahora que lo nota. Todo debe estar perfecto. Fija (»)
las formas al milímetro y se digna a mirar nuevamente a la mujer que tiene en frente.
—Tengo tiempo —asevera en una afirmativa bastante tajante. Esta casi atropella las palabras de la McKenzie—. ¿Dónde quieres ir?
Si es sincero, al francés no le apetece tener relaciones. Se (»)
compañera en ellas. Qué gesto más bonito. La única forma en que Francisque podría tocar a Renatta fuera del trabajo —obviando el sexo— es de dicha forma: mediante el reflejo de ella en el interior de sus ojos.
Sus iris verdes se fijan en otro costado de la sala. Su ceño se mantiene arrugado. Frota los dedos contra su nariz y suspira profundamente.
—Tienes razón —quizá es mejor así, sí—. He estado bien dentro de lo que cabe. ¿De ti qué hay? —nuevamente, las córneas reflejan a su (»)
Policía del ocio. Prohibido divertirse.
Se cruza de brazos. Si bien ha cosido la prenda con éxito, su rostro demuestra cierta molestia en él. Quizá porque el mánager los regañaría de no ser que Francisque dispone una gran habilidad al manejarse entre confecciones y telas.
(»)
¿Va a seguir diciendo las letras del abecedario como una estúpida o qué?
—Renatta, ven aquí —impera. Extiende la prenda anteriormente desastrada de ella. La ha logrado arreglar—. Dime si está bien. La próxima vez ten más cuidado de no romper tu ropa.
cabellos de oro. ¡Mucho mejor!
—Ahora sí... Me encantaría hacer cualquier cosa contigo, querida. Cualquier cosa estará bien.
Cada vez se parece más a Cosette... ¡Pero qué emoción!
«Complacerte es lo que más feliz me hace». Sus palabras suenan delicadas, unidas en un bello y fino hilo de voz. Música para los oídos del francés. Ni el deleite y hermoso canto de los pájaros podría retumbar en su cabeza como esa fingida voz femenina que su muñeca emplea.
(»)
diseñado para la francesa.
A sus espaldas, sobre el mueble, hay una cabeza de plástico que porta una preciosa peluca rubia. Brillosa. Muy natural.
Posiciona la malla alrededor de la testa foránea. Recoge el cabello en su interior. Sobre el recogido, Francisque reposa los (»)