Cada uno sana a su ritmo.
Hay quien tarda días
y quien necesita años
para volver a respirar sin que duela.
El tiempo no se mide en calendarios,
se mide en cicatrices.
Y juzgar el proceso de otro
es no haber entendido nunca el propio.
A los helados que se derretían antes que nosotros.
A las rodillas llenas de guerra y verano.
A las amistades que juraban durar para siempre en un portal.
Al final, la infancia es eso:
un lugar que ya no existe,
pero que te sigue salvando
cada vez que lo recuerdas.
A veces creemos que la vida va de grandes gestos.
De viajes, de metas, de aplausos.
Y no.
Va de pequeños detalles.
De pedir perdón sin orgullo.
De dar las gracias aunque parezca poca cosa. De preguntar “¿cómo estás?” y quedarse a escuchar la respuesta.
Va de ayudar cuando se puede,
aunque nadie te lo pida,
aunque estés cansado.
Porque lo bonito no siempre hace ruido.
Está en los gestos pequeños,
en lo invisible, en eso que casi nadie nota,
pero que cambia todo.
Al final, lo que deja huella
no son las palabras más grandes, sino las más sinceras.
Perdón. Gracias. Te ayudo. Estoy aquí.
Y con eso, ya casi se arregla el mundo.
Ponerse en el lugar del otro no es tan complicado. Solo hace falta cerrar los ojos un segundo y preguntarte cómo dolería en ti lo que estás a punto de decir.
Imagina que las palabras que lanzas vuelven de golpe, que el silencio que regalas también te abandona, que la herida que causas también sangra en tu piel.
La vida sería más justa si practicáramos la empatía. Si pensáramos dos veces antes de juzgar, antes de señalar, antes de olvidar a quien nos necesita.
Porque al final, ponerse en el lugar del otro es la forma más sencilla de ser un poco más humano.