Tenemos a un tipo formado en la mejor academia futbolística de ellos que decidió jugar para nosotros. No recuerdo qué prócer se formó militarmente en España para luego pelear contra ellos. Ah, si, San Martín, que cruzó Los Andes con 39 años.
"if they do exist they can be produced only by the United States or Russia or perhaps by the Republic of Argentina"
thanks J Edgar Hoover for the vote of confidence
mucho mejor que la Argentina. Solamente mediante el aumento de las capacidades militares y la imposición de mayores costos a la ocupación británica se puede aspirar a un cambio en la lógica norteamericana. Una filtración del Pentágono no se traduce en voluntad política.
Estados Unidos jamás va a permitir una revisión del status quo en el atlántico sur a favor de Argentina en sus capacidades actuales. Si asumimos que el principal objetivo de EEUU es la estabilidad en el hemisferio occidental, RUGBIN puede ejercer dicha tarea en el atlántico sur +
PRESIDENT TRUMP: In the centuries since we won our independence, Americans have had no closer friends than the British.
Together our warriors have defended the same extraordinary civilization under twin banners of red, white, and blue.
Una lectura chilena de Malvinas, y lo que esa mirada no alcanza a ver
El artículo chileno posee una virtud que conviene reconocer desde el inicio: rehúye el sentimentalismo y se esfuerza por pensar la cuestión Malvinas dentro de una lógica de poder, equilibrios y dependencias internacionales. En tiempos donde la discusión suele reducirse a consignas patrióticas o a reflejos ideológicos, esa voluntad de análisis merece ser tomada en serio.
Sin embargo, leído desde una sensibilidad argentina, el texto también revela algo más profundo. No sólo cuestiona la política exterior actual de Buenos Aires. También deja entrever una convicción más amplia, casi silenciosa, según la cual la soberanía británica sobre las islas habría alcanzado una estabilidad irreversible y cualquier expectativa argentina pertenecería más al terreno del deseo que al de la estrategia.
Es precisamente allí donde conviene detenerse.
Porque el problema no reside únicamente en si Milei exagera el alcance de una filtración del Pentágono o si parte de la prensa argentina proyectó sobre un documento ambiguo deseos largamente acumulados. El problema es más profundo y tiene que ver con la manera misma en que se concibe la cuestión Malvinas dentro de cierta mirada estratégica regional.
El análisis chileno parece asumir, quizá sin decirlo explícitamente, que la soberanía británica alcanzó un grado de estabilidad irreversible. Como si el tiempo hubiese terminado por convertir una ocupación discutida en una realidad definitiva. Como si el simple transcurso de los años hubiera borrado progresivamente el conflicto.
Y es precisamente esa idea la que merece ser interrogada.
Porque la historia internacional no funciona como una sedimentación automática. Ningún territorio permanece inmutable sólo porque haya permanecido suficiente tiempo bajo una administración determinada. Las soberanías marítimas, más que ninguna otra forma de posesión política, dependen de equilibrios variables, de capacidades militares, de alianzas y de transformaciones globales que rara vez permanecen inmóviles.
La ilusión de la estabilidad permanente
El texto parte de una premisa razonable: un correo interno del Pentágono no modifica por sí mismo la política exterior de Estados Unidos. Tiene razón. Washington no va a transferir las islas a Buenos Aires ni existe una negociación secreta en marcha. Nadie serio podría sostener semejante idea.
Pero el error aparece cuando se concluye que, porque el episodio no constituye un cambio inmediato, carece de importancia estratégica.
En política internacional, los cambios decisivos rara vez comienzan como decisiones formales. Antes de convertirse en doctrina, aparecen como señales, insinuaciones, fisuras, cambios de tono. Las grandes mutaciones geopolíticas suelen anunciarse primero mediante gestos ambiguos.
El correo filtrado importa menos por lo que dice explícitamente que por lo que revela implícitamente: por primera vez en decenios, en ciertos sectores del aparato norteamericano aparece la idea de utilizar las «posesiones imperiales» europeas como herramienta de presión. Esas posesiones no se limitan a las Malvinas, incluyen por ejemplo Groenlandia o la Guyana francesa.
Eso no significa que Washington vaya a apoyar inmediatamente la posición argentina. Significa algo más interesante: que la cuestión deja de estar completamente congelada.
El artículo chileno insiste en que Argentina interpretó demasiado. Tal vez. Pero también podría decirse que el autor chileno interpreta demasiado poco.
La doctrina multilateral: una estrategia honorable, pero insuficiente
Uno de los argumentos centrales del texto chileno sostiene que el gobierno argentino habría abandonado una tradición diplomática cuidadosamente construida durante decenios. Según esa lectura, Buenos Aires habría sustituido la presión multilateral por una apuesta más incierta, dependiente de afinidades ideológicas y coyunturas políticas.
Existe allí una parte de verdad.
Durante largo tiempo, la política argentina respecto de Malvinas se sostuvo sobre una arquitectura paciente y metódica. Naciones Unidas, la Resolución 2065, el Comité de Descolonización, la OEA, el Mercosur, la CELAC y otros organismos internacionales permitieron mantener abierta la discusión. Argentina logró impedir que la cuestión fuera absorbida por la normalidad diplomática británica. Esa persistencia no fue menor. Sin ella, el Reino Unido habría conseguido instalar la idea de que el litigio pertenecía al pasado.
La diplomacia argentina consiguió algo esencial: preservar la existencia jurídica del conflicto.
Sin embargo, también conviene observar el reverso de esa estrategia.
Durante más de cuatro decenios, Londres no modificó su posición. No aceptó discutir soberanía. No redujo la presencia militar. No abandonó la explotación económica de las aguas circundantes. No suspendió proyectos energéticos ni alteró la estructura institucional del archipiélago.
Las declaraciones multilaterales produjeron legitimidad simbólica, pero no alteraron el equilibrio material.
El artículo chileno parece asumir que la vieja doctrina representaba una estrategia eficaz que fue reemplazada por una improvisación coyuntural. Desde una mirada argentina, la cuestión puede formularse de otra manera. El multilateralismo mantuvo viva la causa, pero nunca consiguió desplazar el eje real del poder.
No alcanzó para modificar la relación de fuerzas.
Conservó el conflicto, pero no lo acercó necesariamente a una solución.
El problema de pensar la historia como algo terminado
Uno de los pasajes más reveladores del artículo chileno aparece cuando describe la evolución futura de las islas como si se tratara de un proceso lineal y prácticamente irreversible. Las Malvinas serían, según esa lógica, una comunidad cada vez más próspera, integrada de manera definitiva a la órbita británica, fortalecida por los recursos pesqueros, por los posibles hidrocarburos y por una identidad kelper consolidada.
La argumentación posee coherencia. Resulta razonable imaginar que un territorio pequeño, estable y económicamente favorecido tienda a reforzar su continuidad institucional.
Sin embargo, existe un riesgo cuando se observa la historia desde la comodidad del presente: el de suponer que aquello que parece sólido hoy permanecerá inalterado mañana.
La prosperidad económica no garantiza por sí sola permanencia política.
Los territorios insulares han cambiado de soberanía muchas veces, incluso después de largos períodos de estabilidad. Hong Kong permaneció británica durante más de un siglo antes de regresar a China. Macao continuó bajo administración portuguesa hasta tiempos relativamente recientes. El Canal de Panamá dejó de pertenecer al universo estratégico norteamericano. Goa fue portuguesa durante siglos antes de integrarse a India.
Nada de ello parecía probable hasta que cambió el equilibrio general.
El artículo chileno interpreta la continuidad actual como si equivaliera a eternidad. Pero la historia rara vez funciona así.
Las soberanías marítimas dependen de algo más frágil que la mera administración cotidiana. Dependen de la fuerza que las sostiene, de la voluntad política que las financia, de la percepción internacional que las legitima y de la persistencia de un orden geopolítico que nunca permanece intacto para siempre.
Las Malvinas poseen estabilidad. Eso es cierto.
Lo que no poseen es clausura histórica.
La asimetría material: una verdad incompleta
El autor afirma que Argentina no posee capacidad militar para alterar el statu quo. En el corto plazo, probablemente tenga razón. Las Fuerzas Armadas argentinas están lejos de contar con medios comparables a los británicos y sería irresponsable sugerir otra cosa.
Sin embargo, la cuestión no puede reducirse únicamente a una fotografía del presente.
La relación de fuerzas entre Estados no permanece fija. Evoluciona. Se modifica con los recursos disponibles, con la voluntad política, con el desgaste económico y con la transformación de las prioridades estratégicas.
Porque la pregunta central no consiste únicamente en saber qué puede hacer Argentina hoy.
La verdadera pregunta es qué podrá hacer dentro de veinte años. Y, del mismo modo, qué podrá sostener el Reino Unido dentro de veinte años.
El texto chileno describe la superioridad británica como si se tratara de una constante histórica inalterable. Pero el poder naval también envejece. Las capacidades logísticas se erosionan. Las prioridades presupuestarias cambian. Los imperios marítimos rara vez desaparecen de golpe; suelen reducir lentamente su radio de acción hasta que ciertas posiciones dejan de ser sostenibles.
La Royal Navy conserva prestigio histórico, pero atraviesa limitaciones estructurales visibles. La reducción de efectivos, la escasez de unidades operativas y la creciente dificultad para sostener despliegues prolongados plantean dudas que ya forman parte del debate estratégico británico.
Defender un archipiélago situado a miles de kilómetros exige algo más que símbolos históricos. Exige capacidad logística continua, voluntad política, recursos permanentes y una opinión pública dispuesta a asumir costos durante largos períodos.
Nada de eso puede darse por garantizado eternamente.
La cuestión kelper y el problema del derecho internacional
El artículo chileno adopta un razonamiento que remite menos a una neutralidad jurídica que a una vieja lógica británica, aquella que históricamente transformó situaciones de hecho en argumentos de legitimidad. El referéndum de 2013 aparece presentado como una prueba casi definitiva, como si la voluntad de los habitantes actuales bastara por sí sola para cerrar un litigio cuya raíz es muy anterior.
Desde una perspectiva argentina, la cuestión exige mayor complejidad.
Los isleños poseen derechos. Nadie sensato podría negarlo. Tienen derecho a conservar su lengua, sus instituciones locales, sus costumbres, su forma particular de vida y el equilibrio social construido durante generaciones. Sería absurdo imaginar una solución que ignorara esa realidad humana.
Sin embargo, reconocer derechos civiles no implica necesariamente aceptar que una población implantada por la potencia administrante pueda decidir de manera exclusiva el destino soberano de un territorio cuya disputa antecede ampliamente a esa misma población.
Allí reside una de las diferencias centrales entre la interpretación británica y la doctrina argentina.
El Reino Unido ha procurado durante decenios trasladar el conflicto hacia el terreno de la autodeterminación. Es una estrategia comprensible. Resulta más fácil defender un principio moralmente atractivo que justificar una ocupación heredada del siglo XIX. Pero Naciones Unidas nunca interpretó Malvinas como un caso clásico de descolonización. No habla de un pueblo colonizado enfrentado a una metrópoli. Habla de una controversia entre dos Estados.
La diferencia es decisiva.
Porque el problema jurídico no consiste únicamente en saber qué desean los habitantes actuales, sino también en determinar cómo se originó la situación histórica que hizo posible esa población. Desde la visión argentina, los kelpers no constituyen un pueblo originario separado de la controversia, sino una comunidad surgida dentro de una administración colonial posterior a 1833.
El artículo chileno pasa rápidamente sobre este punto, quizá porque la política británica logró imponer durante años una narrativa más simple, más fácil de comprender y más eficaz desde el punto de vista mediático. Sin embargo, las cuestiones territoriales rara vez se resuelven mediante simplificaciones morales. Suelen descansar sobre capas superpuestas de derecho, continuidad histórica, fuerza y reconocimiento internacional.
El error de pensar que la historia ya terminó
El artículo chileno concluye que la estrategia argentina actual sería, en el fondo, una espera. Una espera sostenida por expectativas externas, dependiente de ciclos políticos y de hipotéticos cambios internacionales.
La formulación es elegante y posee cierta fuerza analítica. Pero también encierra una simplificación.
Porque toda política territorial de largo plazo implica necesariamente una dimensión de espera.
España continúa esperando respecto de Gibraltar. China espera respecto de Taiwán. Serbia espera respecto de Kosovo. Marruecos mantiene una espera paciente sobre Ceuta y Melilla. Los conflictos históricos rara vez se resuelven mediante decisiones rápidas. Suelen desplazarse lentamente, como capas geológicas que apenas parecen moverse mientras acumulan tensión bajo la superficie.
La espera no constituye necesariamente una debilidad.
Lo que sí representa un problema es la ausencia de preparación.
La diferencia fundamental no reside entre quienes esperan y quienes actúan, sino entre quienes utilizan el tiempo para reconstruir capacidades y quienes simplemente aceptan la inmovilidad.
El artículo chileno observa con precisión las limitaciones argentinas actuales, pero tiende a considerar esas limitaciones como si fueran permanentes.
Allí aparece nuevamente la tentación de confundir presente con destino.
Nada garantiza que la correlación estratégica de hoy permanezca idéntica dentro de treinta años. Los Estados cambian, las economías se transforman, las alianzas se reconfiguran y las prioridades globales mutan.
La historia de los territorios disputados está llena de períodos prolongados de aparente inmovilidad que terminaron alterándose cuando cambiaron las circunstancias generales.
Lo que una mirada argentina podría responder
Desde una perspectiva argentina, la respuesta al análisis chileno no debería consistir en negar las dificultades ni en refugiarse en consignas fáciles. El problema de Malvinas exige una mirada más paciente y menos emocional.
Argentina no debe depender exclusivamente de Donald Trump ni de una eventual fractura entre Washington y Londres. Sería ingenuo reducir una cuestión de dos siglos a la simpatía ocasional entre dirigentes.
Tampoco conviene abandonar el trabajo diplomático acumulado durante decenios. Las resoluciones internacionales siguen siendo importantes porque mantienen abierto el reconocimiento de una disputa.
Pero quizá el error más profundo sería aceptar que la historia ya terminó.
El análisis chileno observa correctamente las limitaciones argentinas presentes. Sin embargo, presta menos atención a las vulnerabilidades británicas, al desgaste gradual de ciertas capacidades imperiales y a la transformación del orden internacional.
Subestima, sobre todo, el hecho de que la estabilidad nunca es definitiva.
Las Malvinas no volverán por una filtración del Pentágono. Tampoco regresarán únicamente por una resolución de Naciones Unidas. Ningún documento aislado modifica una realidad construida durante generaciones.
Si algún día cambia la situación, será porque converjan lentamente varios factores: una Argentina más fuerte, un Reino Unido menos capaz de sostener costos crecientes, un entorno internacional distinto y una propuesta política suficientemente inteligente para integrar a los isleños sin destruir aquello que consideran propio.
Allí reside quizá la cuestión más delicada.
Argentina no podrá limitarse a reclamar. Deberá también imaginar.
Porque ningún proceso serio será posible mientras los habitantes de las islas crean que el retorno argentino significaría la desaparición de su identidad. La verdadera inteligencia estratégica consistirá en ofrecerles algo que Londres difícilmente pueda garantizar eternamente: una pertenencia nueva sin pérdida de singularidad.
La historia rara vez devuelve territorios por insistencia retórica.
Los devuelve cuando cambian las condiciones que parecían inmutables.
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El principio de autodeterminación de los pueblos no aplica cuando se trata de una población implantada por la potencia ocupante tras una usurpación militar en 1833. Las Naciones Unidas reconocen que hay una disputa de soberanía, no un caso de libre determinación. La historia y el derecho internacional no se borran. Las Malvinas son argentinas.
No quiero ser aguafiestas respecto del muy elogiado discurso de Mark Carney. Me gustó y mucho.
Solo advierto que, sacando sus referencias a la OTAN, dice lo que vienen predicando por dos décadas los presidentes/as más lúcidos/as del SUR GLOBAL. Lo novedoso es que lo diga un PM de Canadá.
En el RT está la transcripción completa en español, vale la pena detenerse en la lectura.