Recordatorio de que independientemente del contexto la pirateria no es robar, y no lo digo desde perspectiva moral, si no jurídica, no es robo ni hurto, no le quitas nada a nadie.
Es infracción de derechos de propiedad intelectual. Que le den a la propiedad intelectual.
El concejal de Vox, Juanma Badenas, y dos personas más, allanan ilegalmente el local del Sindicat d'Estudiants en València, rompen la cerradura, registran las salas y lo graban. Esto es fascismo.
Las imágenes de nuestras camaras lo han registrado. No puede quedar impune. Difunde
Vamos a tener casas sin libros físicos, sin juegos físicos en las estanterías, sin fotos impresas, solo muebles de sklum en tonos tierra y microcemento, vamos camino a vivir el mundo más impersonal que existe
Hosteleros antes: "Estas son las condiciones, si no las aceptas tengo otros 40 esperando para trabajar"
Hosteleros ahora: "La gente no acepta mis condiciones, nadie quiere trabajar"
En mis tiempos, cuando comprábamos un juego nos pasábamos todo el camino a casa leyendo la carátula por detrás. Cuando por fin llegabas y lo abrías tenías el cartucho o disco físico y un librito con instrucciones, imágenes y un resumen de la historia del juego
‼️El abogado de una víctima de #ViolenciaDeGénero se masturbó durante una videollamada con ella, que hizo pantallazos y lo denunció
Tiene antecedentes por exhibicionismo ante una menor
Dice el juez que es delito leve y no incluye agravante por reincidencia
https://t.co/GPy8thfSst
No es solo que Playstation acabe de matar el formato físico sino que hace poco introdujeron los "precios dinámicos" en digital para que a cada jugador le salga un precio diferente cuando hay rebajas.
Ahora sin juegos físicos lo van a controlar todo. Ahora todo tiene sentido.
@gisbert_ruben Te olvidas decir que ese estudio fue publicado en Nature y además premiado a nivel europeo y con la colaboración de varias entidades de renombre a nivel nacional e internacional.
Y por cierto, al autor principal no le vas a llegar ni en 3 vidas a la suela de los zapatos.
“La bomba lanzada sobre Hiroshima pesaba 15.000 toneladas.
Sobre Gaza se lanzaron 70.000 toneladas de bombas.
En Hiroshima, los francotiradores no esperaron para atacar a los civiles.
¡En Gaza, sí!”
Estamos viviendo en un mundo mucho más peligrosos que el de hace 80 años.
Hay follón entre estadounidenses y europeos con que si usamos mucho o poco o nada el aire acondicionado.
Pues mirad lo que os digo, hace 2400 años, en Persia, ya inventaron una manera de refrescarse: fabricaban hielo EN EL DESIERTO.
Esta es la historia:
Imaginad los desiertos de el Dasht-e Kavir y el Dasht-e Lut, en la actual Irán. Son extensiones donde el día castiga con cuarenta grados largos y la tierra parece el recuerdo de un mar que se evaporó de pura desesperación. Imaginad ahora, brotando de la arena parda, una colina de barro con forma de colmena gigante o de teta apuntando al cielo, una cosa con pinta de cosa-que-no-debería-estar-ahí y sin embargo está, lleva siglos estando. Es un yakhchāl, palabra que significa, literalmente, pozo de hielo.
Y dentro de la cúpula, que es de adobe, en mitad del horno, los persas fabricaban hielo. Lo hacían nacer de la noche y de una elegantísima comprensión de la física. Insisto, hace dos mil cuatrocientos años.
El truco era no luchar contra el desierto sino aliarse con su peor enemigo secreto, que es el propio desierto. Porque el desierto es como el matón de una peli americana de institutos, esto es, tiene una debilidad: de noche, cuando el sol se pone, el cielo seco y despejado se convierte en un sumidero. El calor del suelo se escapa hacia arriba, hacia el espacio negro, sin vapor de agua que lo retenga, y la temperatura se desploma. Enfriamiento radiativo, lo llaman los manuales. Venganza nocturna, lo llamaría yo.
El agua se vertía en pozas poco profundas, resguardada por muros orientados de este a oeste que la mantenía en sombra durante el día asesino, y perdía calor hacia el cielo nocturno hasta congelarse. A veces ayudaban sembrando un bloque de hielo traído de las montañas, una semilla de frío, para que el resto cuajara antes. Y al amanecer cortaban las láminas heladas y las bajaban a una cámara subterránea, una suerte de vientre del yakhchāl, donde aguantaban el verano entero.
Porque el vientre era la otra mitad del prodigio. Muros de hasta dos metros de grosor en la base, levantados con sarooj, un mortero de arena, arcilla, clara de huevo, cal, ceniza y pelo de cabra mezclados en proporciones precisas, impermeable y reacio al calor como un monje al pecado.
Bajo tierra, un hueco que en los pozos grandes podía alcanzar miles de metros cúbicos. Arriba, la cúpula con un orificio en lo alto para que el aire caliente se escapara por arriba y arrastrara consigo el bochorno, dejando el fondo frío y quieto.
Porque aquellos persas no conocían la termodinámica pero no tenían la palabra termodinámica, no tenían la palabra albedo, no tenían a Carnot ni a Clausius ni los gráficos del programa Copernicus que hoy nos dicen que Europa se calienta al doble de velocidad que hace cien años. Pero tenían barro, sombra, agua, paciencia y una observación feroz del cielo. Y con eso fabricaban hielo en el infierno.
Nosotros, que sí tenemos la termodinámica entera, que sabemos exactamente por qué la noche del desierto enfría y por qué la dorsal atmosférica nos asa, respondemos a la canícula encendiendo aparatos que devuelven al aire más calor del que extraen de la habitación, exportando el problema al pasillo, a la calle, a la atmósfera, al año que viene, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Compramos frío a plazos y no somos conscientes de lo que pagamos a cambio.
Mientras, los yakhchāl siguen en pie, pero ya no se usan. Algunos se conservan por su evidente valor antropológico pero fueron jubilados con la invención del frigorífico—que en persa, por cierto, también se llama yakhchāl, ironía perfecta—. Cuando los miras en fotos, ahí en medio de los desiertos de Irán, nos recuerdan que hubo una vez una manera de combatir el calor que no consistía en fabricar más calor, a veces solo era necesario mirar arriba para entender el cielo nocturno.