Haz que mis versos sangren,
y mi alma tiemble,
no tengas piedad de mi,
desgárrame mientras escribo,
tatúa un clímax de fuego
en esta existencia sin luna.
Adora la sombra que te viste,
pálida reina de la noche.
Hay un veneno dulce en tu boca
y una devoción oscura en mis manos
cuando desato el encaje de tus demonios.
Me quema la carne bajo tus uñas, un hambre ciega que nos despedaza por dentro; devórame en este fuego que no pide permiso, donde el deseo es furia, la lujuria un veneno bendito y el sudor, la única ley que nos consume.
Te abres paso en mi centro como una marea oscura y ciega, sumergiendo cada pensamiento hasta que solo queda el pulso sangrante de dos cuerpos cayendo al mismo abismo.