Hoy queremos recordar a Nagore Laffage. Tenía veinte años cuando fue asesinada el 7 de julio del 2008 por el hombre de la foto contigua: José Diego Yllanes.
Se conocieron de madrugada en la noche de San Fermín. Se gustaron y decidieron ir a casa de él. Una vez allí se besaron, pero de pronto él se puso violento y rasgó la ropa de Nagore. Ella se asustó y le dijo que quería irse. Forcejearon. Ella intentó huir e incluso llamó a Emergencias. Tras arrebatarle el móvil, la golpeó repetidas veces y finalmente la estranguló. Cuando se dio cuenta de que estaba muerta llevó su cuerpo hasta un bosque donde intentó descuartizarla, pero desistió y terminó abandonándola.
Durante el juicio al asesino, también se juzgó el estilo de vida de Nagore. A él no le condenaron por asesinato, solo por homicidio. Hace meses le concedieron el tercer grado y ya solo tiene que ir a la cárcel para dormir.
Ella hizo todo lo que pudo haber hecho: decir no, resistirse y llamar a Emergencias. Aún así la mataron y aún así la juzgaron cuando ya no podía defenderse más. El asesino no ha cumplido ni nueve años en prisión por este crimen. Desde el 2017 trabaja como psiquiátrica en una clínica privada, y desde el 2020 puede ejercer en la sanidad pública.
Este hombre se llama Mohamed Bzeek, vive en California y esa niña que tiene en brazos murió pocos días después de que le hicieran la foto, también en sus brazos. No era su hija. Era uno de los diez niños que han muerto bajo su cuidado. Porque Bzeek es padre de acogida y solo acoge a niños en estado terminal, para que no mueran solos.
Nació en Trípoli en 1954, antes de irse de Libia corría maratones. En 1978 entró en Estados Unidos con un visado de estudiante y allí se quedó. Vive en Azusa, una de esas localidades del extrarradio de Los Ángeles por donde circulan camiones y donde las casas tienen una pinta genérica, agrupadas sin llamar la atención.
En 1989 conoció a Dawn Rowe, que ya era madre de acogida desde principios de los ochenta, se casaron y empezaron a acoger juntos. En 1995 tomaron la decisión de dedicarse exclusivamente a niños con enfermedades terminales, los que nadie quería.
Me pregunto cómo fue ese momento exacto en que dos personas se sientan en una cocina y deciden que van a abrir su casa a los niños que se mueren, y en cómo esa decisión se toma, sin actas, sin nada que la registre, y sin embargo organiza el resto de una vida.
La primera niña que murió en su casa tenía un año, espina bífida, parte de la columna le crecía fuera de la piel. Murió el 4 de julio de 1991, mientras Mohamed se duchaba y Dawn preparaba la cena, él recuerda haber salido del baño y haber encontrado médicos en su salón. Lloró tres días.
Desde entonces ha acogido a unos ochenta niños, diez han muerto en sus brazos. El condado de Los Ángeles, cuatro millones de habitantes, lo llama cuando no hay nadie más. Lo llaman el padre de último recurso.
Muchos llegan sin nombre, nacen en hospitales y los abandonan, las familias no los nombran y en el papel pone "Baby boy", "Baby girl". Mohamed los nombra, les pone un nombre antes de que mueran.
Un nombre es gratis, cuatro sílabas, pero ese gesto, cuando se pone el nombre, decide si un niño que vivirá tres semanas existirá como persona o como registro administrativo.
Su hijo biológico, Adam, nació con osteogénesis imperfecta y enanismo, se ha roto casi todos los huesos del cuerpo. Dawn murió en 2015 de una enfermedad pulmonar y desde entonces Mohamed sigue solo, solo puede ocuparse de un niño a la vez. Cuando un periodista del Los Angeles Times entró en su casa en 2017 cuidaba de una niña de seis años con microcefalia, ciega, sorda, pies zambos, caderas dislocadas, no movía brazos ni piernas, tenía convulsiones. La había recibido con siete semanas de vida y le habían dicho que viviría unos meses. La sostenía durante las convulsiones y le hablaba aunque no oyera.
Sé que no puede oír, sé que no puede ver, pero le hablo, tiene sentimientos, es un ser humano.
En 2016, a Bzeek le diagnosticaron cáncer de colon, le pidió tiempo al médico, no puedo operarme todavía, tengo a un niño en casa que es terminal y tengo a mi hijo, que es discapacitado, no hay nadie más para ellos. En el hospital, ingresado, solo, dijo que por primera vez entendió lo que sentían los niños que cuidaba. Si yo a esta edad estoy asustado, cómo estarán ellos. Se operó y siguió.
Bzeek es musulmán practicante. Su historia se hizo internacional en febrero de 2017, justo cuando Trump firmó la orden ejecutiva que vetaba la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, Libia era uno de ellos. Ese mismo mes, en Azusa, el único padre de acogida de toda la ciudad de Los Ángeles dispuesto a llevarse a casa a los niños terminales era un libio musulmán.
Aunque mi corazón se rompa, dijo una vez, la muerte es parte de la vida, estoy con ellos hasta el final, los conforto, los quiero, quiero que sientan que tienen una familia, que tienen a alguien. Que no están solos.
Tengo 35 años y cancer de mama metastásico, un caso raro, menos del 1% de tumores de mama son como el mío y hay poca documentación sobre ello.
Por eso me gustaría encontrar personas que se dediquen a esto y que quieran investigar con mi caso. Twitter haz tu magia
Es que no falla, la peor persona del mundo va saludando a extraños y a perros en su carrera matutina, hace amigos en el hostel, es mega afectivo con la camarera, mete a todo el mundo que conoce en su ig y compra virtue tokens (se hacen médicos, se van de voluntariado etc)
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Se llama Jack, tiene 9 años y sufre ELA infantil.
Su madre, Raquel, necesita ayudas públicas urgentes para los cuidados enfermeros de su hijo.
Es una familia monoparental especial, ya que Raquel también tiene una discapacidad, y no dispone de suporte para los cuidados de Jack.
Viven en Tarragona.
Contactar con Raquel SOLO PROFESIONAL: WhatsApp 622009907