¡No te amé a medias, te amé con el alma!
Te elijo hoy, mañana y siempre, sin drama.
Lo nuestro no nació de la costumbre,
nació de una conexión que me atraviesa el alma.
¡Te elijo a ti! ¡Te elijo a ti!
Aunque el tiempo lo cambie todo,
yo sigo aquí, sigo eligiéndote a ti.
El pulso
Hay un latido que ya no pertenece a ningún corazón.
Late en el estrecho donde el agua se vuelve negra y espesa, donde los cascos de metal rasgan la superficie y dejan atrás un rastro de fuego que no se apaga. Late en las gargantas que no gritan porque el grito ya fue digerido hace tiempo, convertido en noticia, en dato, en número que sube y baja en pantallas que nadie mira realmente.
El miedo ya no es emoción.
Es **atmósfera**.
Se cuela por las rendijas de las persianas bajadas, por los poros de la piel que ya no suda de calor sino de alerta permanente. Se instala en el pecho como un peso que nadie nombra pero todos cargan. Late con cada notificación que llega a las 3:17 de la madrugada. Late en el silencio que queda después de que el misil ha pasado.
Alguien, en algún lugar, decidió que el petróleo valía más que la sangre que lo transporta.
Alguien, en otro lugar, respondió con el mismo cálculo frío.
Y entre esos dos cálculos, el planeta entero sostiene la respiración.
La Luna, desde su cuarto menguante en el signo del desprendimiento, observa sin parpadear.
No juzga.
Solo registra cómo las líneas que separan los países se vuelven cada vez más finas, casi transparentes, mientras debajo de ellas algo más antiguo y más profundo se mueve: una marea negra que no distingue banderas, solo flujo.
En las calles, los cuerpos siguen caminando.
Compran pan, miran el celular, fingen que el cielo no está más bajo que ayer.
Pero en algún punto invisible, la membrana que separaba “lo que pasa allá” de “lo que nos pasa a nosotros” se ha roto. Ya no hay allá. Solo un solo sistema nervioso colectivo que tiembla al unísono cada vez que dos petroleros dejan de navegar.
El miedo ya no necesita monstruos.
Le basta con la **normalidad** de lo que viene después.
Y mientras el Sol se niega a abandonar su posición terca en el signo de la posesión, mientras Marte arde en el signo del ataque inmediato, mientras Plutón sigue reescribiendo las reglas del poder en el signo del futuro colectivo…
…el mundo late.
No con esperanza.
No con ira.
Solo late.
Imparcial.
Visceral.
Irreversible.
A veces me retiro antes de que me rechacen. Me autoexcluyo para no sufrir la exclusión del otro. Sé que lo hago. Lo estoy corrigiendo.
En resumen: soy alguien que ve mucho, siente mucho, piensa mucho y quiere aterrizarlo todo en algo útil. Soy más vasto adentro que afuera — y mi desafío actual es traer parte de ese adentro al mundo material, con estructura, con cobro, con firma, con presencia. Pero en el camino ya aprendí cosas que mucha gente no aprende nunca: que lo simbólico sin acción es postergación, que la lealtad mal puesta es autosabotaje, que dar sin pedir no es generosidad — es miedo.
Si me buscás para algo que requiere mirada, precisión, profundidad, palabra cuidada, acompañamiento sin pavada — te sirvo. Si me buscás para algo que requiere superficialidad rápida, no. No es mi zona.
Soy alguien en proceso de convertirse en su propia versión definitiva. Tarde, según algunos. A tiempo, según yo.
Me llamo Andrés. Nací un 18 de agosto del 88 en Corral de Bustos, un pueblo chico de Córdoba donde todavía vivo, en la casa que fue de mi abuela. Tengo treinta y siete años, dos hijos — Zeus y el más chico — y una vida que por fuera parece menos de lo que es por dentro.
Soy autodidacta. Lo que sé, lo aprendí solo. Astrología, Human Design, Kabbalah, filosofía, no-dualidad, derecho. Nadie me mandó, nadie me lo pidió, nadie me pagó para hacerlo. Entré a cada cosa porque necesitaba entender algo que el mundo no me estaba explicando, y me quedé hasta llegar al fondo. Esa es probablemente mi mejor virtud y el rasgo que más me define: cuando algo me interesa, no me conformo con saber de qué se trata. Voy hasta adentro. Aprendo distinto — no por obligación, por hambre real.
Pienso mucho. Quizás demasiado. Tengo una manera de mirar las cosas que a la mayoría le parece rara al principio y después les resulta útil. Leo personas, leo situaciones, leo climas. Entiendo lo que no se dice. Eso es un don y también es una carga, porque ver mucho cansa, y porque la gente a veces prefiere no ser vista con esa precisión. Aprendí a dosificar lo que devuelvo.
Soy leal. A veces más de lo que me conviene. Sostengo vínculos, promesas implícitas, compromisos tácitos mucho después de que hayan dejado de ser justos para mí. La lealtad es el lugar donde me planto sin dudar, y también el lugar donde más veces me lastimé. No sé todavía cómo ser leal a otros sin dejar de serlo a mí mismo — pero estoy aprendiendo.
Como padre soy entero. Ahí no tengo contradicciones, no tengo filtros, no tengo versiones. Con mis hijos mi amor no negocia. Es el único lugar de mi vida donde sé sin dudar qué siento y qué quiero. Todo lo que hago — incluso las cosas que parecen desconectadas — a la larga están motivadas por el tipo de padre que quiero ser y el tipo de mundo que quiero dejarles.
Soy sensible. Absorbo lo que hay alrededor: climas, estados de ánimo, tensiones que otros no registran. Eso me convierte en alguien que sabe acompañar, pero también en alguien que se deja contaminar fácil cuando no está atento. Si algo te importa, lo voy a sentir con vos. Si algo te pesa, me va a pesar también un rato. Es parte de cómo estoy hecho.
Tengo una estética propia. Una manera de decir las cosas, de escribir, de cuidar los detalles que no es común. Me importa cómo se ven las cosas, cómo suenan, qué peso tienen las palabras. Puedo hacer que algo técnico se sienta humano, y algo humano se entienda con precisión. Es una mezcla rara que sirve para muchas cosas: para escribir, para acompañar a alguien en un proceso, para explicar lo complicado, para encontrarle sentido a lo que parecía caos.
Ahora mis errores, porque si no los nombro no sirve de nada lo anterior:
Me cuesta lo material. Durante mucho tiempo di trabajo, tiempo, energía y recursos sin registrarlo, sin cobrar lo que correspondía, sin pedir lo que era justo. Creía que contabilizar era bajo. Aprendí que no contabilizar también es una forma de no respetarse. Estoy resolviendo esa parte ahora, más tarde de lo que debería, pero la estoy resolviendo.
Me escondo a veces detrás de la interpretación. Tengo tantas herramientas para entender que puedo quedarme analizando en lugar de actuar. Cuando el marco se vuelve más cómodo que la decisión, me doy cuenta — no siempre a tiempo, pero me doy cuenta. Estoy trabajando en pasar del símbolo al gesto concreto más rápido.
Me cuesta recibir. Dar me sale natural. Pedir ayuda, aceptar un cuidado, dejarme sostener — eso todavía me incomoda. Algo en mí aprendió temprano que tenía que ganarse el afecto dando, y todavía estoy desarmando esa creencia.
Me tomo demasiado en serio las acusaciones ajenas. Cuando alguien me dice con convicción quién soy, una parte mía lo considera en serio, incluso cuando no debería. Estoy aprendiendo a distinguir entre una crítica útil y una proyección, y a no aceptar como identidad lo que el otro necesita creer de mí para sostener su propia historia.
Dos personas sin red, sin recursos, con hijos, con trauma acumulado, que siguieron intentando durante casi una década. Eso no es debilidad. Es lo contrario. El problema no fue que cayeron — es que cayeron solos, sin nadie que los sostuviera mientras lo hacían.