En mi pueblo —donde la derecha no ha gobernado jamás—, un marroquí golpeó a una mujer sin motivo alguno. Fue en un bar y la cámara de seguridad lo grabó. Todos en mi pueblo —ninguno ni de centro izquierda— son partidarios de colgar al marroquí de la rama más alta de un árbol, incluidos los emigrantes que viven aquí y se levantan cada día para ir a trabajar.
Este análisis no es muy sesudo: yo mismo he sido testigo de cómo a personas de izquierda y de extrema izquierda lo que el cuerpo les pide es mucha mano dura contra la inmigración que no trabaja y, además, viola y violenta.
Pero algunos medios de comunicación —y no pocos políticos— continúan viendo este tipo de reacciones como asuntos propios de la ultraderecha. De fascistas y de nazis. Muy bien, pero no va a colar. Lo sé porque lo veo. Pueden repetir la misma milonga un millón de veces, pero, como decía Rufián, al final, «yo tengo ojos en la cara».
¿Se me permite, entonces, afirmar que quiero que los inmigrantes violentos sean inmediatamente expulsados sin que digan que soy de ultraderecha? Lo cierto es que me lo han llamado tantas veces que me da igual, pero insisto en la pregunta: ¿Puedo apostar por la vida civilizada, por la no agresión, por los valores comunes a los europeos, que incluyen no degollar a mi vecino?
Advierto que la respuesta le da igual cada vez a más gente.
El conocido programa de la televisión vasca "Vaya semanita" rueda su sketch más caro y elaborado mañana viernes en San Mamés. 4000 universitarios se han prestado para hacer de extras.
Momentazo épico en el que Gonzalo Miró y Sarah Santaolalla defienden que las joyas de Zapatero podrían haber sido compradas en un puesto del paseo marítimo de Torrevieja.
Eran las dos de la mañana cuando Julia recibió la llamada.
Ruiz, un viejo amigo. Un policía al que había visto caminar entre disparos en Afganistán sin pestañear.
Aquella noche tenía miedo.
—Necesito que vengas al Raval.
Y colgó.
El podemita Raúl Solís ha borrado este tuit minimizando el valor de las joyas incautadas en la caja fuerte de Zapatero
Sería una pena que nadie le diera retweet y cayera en el olvido
Respetamos las garantías del proceso penal, también cuando no hay pruebas suficientes para condenar al acusado.
Pero que un ataque tan cruel a la memoria de Fernando Buesa y a su familia quede impune produce una profunda impotencia.
La humillación a las víctimas del terrorismo es una cuestión muy grave y debería tomarse con mucha mayor seriedad por todas las instituciones públicas, también desde el ámbito judicial.
Un abrazo a la @Fundacion_Buesa y a toda la familia Buesa.
@avrakotos_gust@CCivicaCatalana Si me quita el adverbio solo, le compro el tuit. Que haya un puñado de empresas que se anuncian en euskera frente a centenares de anuncios en castellano no invalida mi argumento. Es más, lo ratifica.
A esta rata (vinculada con 14 asesinatos, condenada a 794 anos de cárcel), que ni colabora con la justicia, lo PSOE+PNV en Vascongadas la habían permitido tomar potes en su pueblo, porque dicen que tiene "derecho a la reinserción".
La llamaban la jefa del comando papel (banda terrorista ETA). Ella señalaba y asesinos de la talla de Txeroki, Txapote o De Juana Chaos disparaban.
¿A cuántos guardias civiles, policías o jueces señaló?
Hoy, su sueldo se lo pagamos TODOS. Que asco.
Recordar es un deber 🇪🇦
@cl836@javiernegre10 No sería el primer caso en que después de eso, el juez te manda a prisión por una torta mal dada o te obliga a pagarle los dientes rotos más daños y perjuicios al malnacido ese. Que tendremos que cambiar está claro por el cambio de relato que se está dando. Mientras tanto...
@todomejorqenada De poner solución antes de que el problema se acreciente de tal manera, si no lo ha hecho ya, a mirar los toros desde la barrera como si la fiesta no fuera con nosotros.
La que fuera jefa de ETA 'Anboto' se negó a declarar ayer como imputada en el juicio por ordenar el atentado contra la casa cuartel de Santa Pola en 2002.
Pero el @Gob_eus quiso otorgarle un artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario (régimen de semilibertad) porque escribió una carta en la que supuestamente expresaba arrepentimiento.
Las famosas cartas que ahora sirven para acreditar supuestos procesos de reinserción suelen ser impecables en lo sentimental y vaporosas en lo esencial. Hablan mucho del dolor, pero poco —o nada— de la injusticia radical del crimen. Hablan del sufrimiento de las víctimas, pero esquivan cuidadosamente el juicio moral sobre el acto terrorista y sobre el proyecto político al que sirvió. Hablan de convivencia, de paz, de reparación, de humanidad compartida. Todo muy conmovedor. Todo muy presentable. Todo muy útil para un expediente. Pero casi nunca contienen lo decisivo: una deslegitimación inequívoca del terrorismo como instrumento político y una ruptura clara con el mundo que todavía hoy sigue resistiéndose a condenarlo de verdad.