Las inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar, pueden simular pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se hace sabio. #MagnificaHumanitas
Todo nuestro apoyo a las educadoras infantiles, que realizan una labor pedagógica clave y sufren una terrible precariedad. Llevan un mes en huelga.
Por unos salarios dignos, menos ratios y mayor inversión en la educación 0-3. ¡No son guarderías, son escuelas infantiles!
Histórica huelga hoy de las educadoras infantiles. Estas escuelas infantiles están siendo privatizadas para Clece de Florentino Pérez y para Eulen, donde una de las jefas es la hermana de Feijóo. Hacen negocio con la educación de niñas y niños y la precariedad de las educadoras.
🚩🚩 DORMIR 6 HORAS AL DÍA NO ES SUFICIENTE
Tras 14 días durmiendo 6h/noche, tu rendimiento cognitivo cae igual que tras 24h sin dormir
📉 Lo peor:
– El deterioro es progresivo y acumulativo
– Es lineal (cada día rindes peor)
– Y no te das cuenta: la somnolencia subjetiva apenas sube.
💣 Dormir poco no te adapta… te deteriora.
Tus padres están envejeciendo.
30 cosas que hacer con ellos antes de que el tiempo avance.
1. Graba su voz contando una historia. Un día, esa voz se convertirá en un sonido que nunca más podrás oír.
🔴Cuando decimos que la investigación puede cambiar la historia, hablamos de días como hoy.
El Dr. #MarianoBarbacid y su equipo han logrado la desaparición completa y duradera del #CáncerdePáncreas en modelos experimentales
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En la DANA de Valencia, sesenta y ocho personas murieron en su casa. En su propia casa.
Hay algo muy desasosegante en el hecho de morir por culpa de tu casa. No de morir en tu casa —eso, en muchos casos, es casi una aspiración: cerrar los ojos en la misma habitación donde aprendiste a leer, donde tu madre planchaba con gesto mecánico frente a la radio—, sino de morir porque la casa, la tuya, se ha convertido en una trampa. Porque lo que debía protegerte —muros, puertas, ventanas, cerraduras, suelos— ha pasado a ser una estructura de encierro. Porque el agua ha llegado y no ha salido. Y tú estabas dentro.
Una planta baja, en casi cualquier parte de l’Horta Sud, no era hasta hace poco un lugar percibido como vulnerable. Era, si acaso, más accesible, más fresca en verano, seguramente más barata. También más ruidosa y más expuesta. Pero no era peligrosa. En algunas de esas casas vivía gente mayor porque siempre habían vivido ahí. En otras, familias recién llegadas, que habían alquilado la planta baja porque era lo que había. En todas, cuando la lluvia empezó, no hubo una alarma clara. Solo una acumulación de signos que nadie supo leer a tiempo porque no hubo tiempo: el ruido sordo en las tuberías o la velocidad endiablada con la que el agua subía por el patio interior o el modo en que la puerta principal, una vez hinchada y forzada por la presión que venía del otro lado, ya no abría. Cuando quisieron salir, no pudieron. Cuando gritaron, el agua les llegaba al pecho.
En algunos casos, se encontraron los cuerpos horas después, cuando el nivel había bajado. No flotando, como en las escenas más crudas del cine catastrofista; sentados en el suelo, desmadejados contra una pared, como si hubieran decidido rendirse en algún punto del proceso. Como si hubieran entendido —demasiado tarde— que la casa ya no estaba de su parte.
Esa imagen es de una violencia muy específica. Por su significado. Por todo lo que la precede: la idea de que el lugar más íntimo, el que contiene tu rutina, tu ropa, tus cables de cargador doblados sobre sí mismos, tus marcos con fotos de hace una década, puede convertirse de un momento a otro en una cápsula sin salida. Como un ascensor sellado. Como un cajón hermético. Como un ataúd.
Es posible que algunas de esas casas ya hubieran tenido avisos: humedades antiguas o filtraciones menores cada vez que llovía más de la cuenta. Pequeñas señales ignoradas. No por irresponsabilidad, sino por costumbre. Porque nadie construye una casa pensando en su capacidad para matar. Nadie alquila una planta baja preguntando cuántos centímetros por encima del nivel del mar está el umbral. Nadie imagina que una tarde cualquiera de octubre puede terminar con el agua a la altura del cuello. Pero eso es exactamente lo que ocurrió.
Y no fue lejos. No fue en lugares apartados, sin cobertura. Fue en los pueblos que rodean Valencia. En calles con nombre. En esquinas iluminadas. En casas donde esa misma mañana alguien había hecho café, había planchado una camisa, había regado una planta.
Murieron dentro de casa. Pero no porque les hubiese llegado su hora.
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Este texto es un extracto de “Catedral de Escombros”, el libro que más me ha costado escribir y el que más creo que merece ser escrito.
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Simulador de TV que muestra programas, videos musicales, anuncios y tráilers de los años 90.
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@Alcachofitaa2 El dolor al frío puede indicar afección del nervio, no siempre de carácter irreversible, mi consejo como odontoga que te revises, con una radiografía intraoral y pruebas de vitalidad para descartar eso, también puede estar involucrado el bruxismo, ánimo y tiene solución 100%
Mini-Hilo práctico, que hacía mucho que no hacía uno.
Tres cosas útiles que he sacado de los podcasts de Huberman y que no son los típicos consejos de "que te de el sol, come sano, duerme bien", sino cosas prácticas que he implementado en el día a día con éxito.