“Has hecho un gran trabajo, Laplace. Sin ti, esto habría tomado mucho más tiempo. Como era de esperarse de mi hijo.”
Me sentí eufórico. En ese momento, debía estar rebosante de confianza. Me erguí con orgullo, extendí mis alas de par en par y declaré al mundo—Que era uno de los Cinco Generales Dragón.
Sin embargo, aaahhh…
Fui derribado de ese estado de felicidad.
Regresé al Mundo Dragón junto con Lord Dios Dragón. Me dirigí a casa para informar de los acontecimientos a Lady Lunaria. A mi amado hogar.
Hehe, para entonces, ya no me sentía como un simple invitado. Me consideraba parte de esa familia. Por eso lo dije—
“Estoy en casa.”
Ah, pero…
Ah…
Todavía veo esa escena en mis sueños. Cada vez que duermo, sueño con ella. Sí, lo dije—“estoy en casa”. Y sin embargo, no hubo respuesta. En lugar de una respuesta, escuché un sonido.
El llanto de un bebé.
Un grito tan fuerte que solo podía describirse como un alarido. En circunstancias normales, no habría pensado nada al respecto. Después de todo, los bebés lloran. Incluso el Joven Amo lloraba con frecuencia. Pero esa vez, tuve un mal presentimiento. Algo en ese llanto se sentía diferente. Corrí hacia la habitación de Lady Lunaria…
Y lo vi.
Una habitación empapada en sangre.
Incontables cadáveres.
Una escena de masacre.
Y, en lo más profundo de esa escena, yacía lo que jamás habría querido ver.
Era Lady Lunaria.
Lady Lunaria estaba tirada allí, empapada en sangre.
Acurrucada en el centro de la habitación… muerta.
El bebé sollozaba, con lágrimas corriendo por su diminuto rostro, aún acunado bajo su protección.