Te amaré aunque
el mundo diga no,
y el silencio apague tu voz.
Te amaré aunque
la soledad me encuentre,
y la oscuridad esconda tu mirada.
Te amaré aunque
la tristeza me llame,
y el viento te aleje de mí.
Y te amaré ahora
y siempre, pues amor
eres en mi vida
y en mi alma.
El tiempo se detuvo
en nuestro primer beso,
en las caricias infinitas,
no nos entregamos el cuerpo
nos regalamos el alma,
en las sensaciones sin pausa,
o en el destello de tus ojos
que me iluminan cada mañana...
Hay fechas que nos recuerdan lo que ya sabíamos.
San Valentín no inventa el amor. No lo crea. No lo obliga. Solo lo ilumina durante unas horas, como si necesitáramos una excusa para detenernos y decir en voz alta lo que, a veces, damos por supuesto.
Pero amar no es un gesto puntual. No es un regalo envuelto en papel brillante. No es una cena reservada con semanas de antelación.
Amar es cotidiano.
Se nota en el tono con el que te hablan cuando estás cansado.
En la paciencia cuando no estás fácil.
En la forma en que alguien te mira como si fueras casa.
En el cuidado silencioso.
En el miedo sincero a imaginar la vida sin ti.
Sí, el ser humano necesita rituales. Necesita fechas que le recuerden lo importante. Y no hay nada de malo en celebrar hoy algo especial.
Lo único que te diría es esto:
no esperes a un día marcado en el calendario para demostrar lo que sientes.
El amor no crece por intensidad.
Crece por presencia.
Por mensajes que no buscan respuesta.
Por abrazos que no tienen motivo.
Por pequeñas caricias.
Por pequeñas comprensiones.
Por elegir quedarse incluso cuando sería más cómodo distraerse.
#FelizSanValentín.
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A veces no tenemos todas las palabras.
Pero tenemos el gesto.
Y el gesto, cuando es sincero, también es amor.