A mí me encanta invitar. Ojalá tuviera más plata para poder pagar siempre y decir: "Pidan lo que quieran". Me hace feliz compartir la mesa con la gente que quiero.
Nuestra generación está tan convencida de que siempre habrá algo mejor, que terminó olvidando cómo cuidar lo que ya tiene. Se nos olvida que los vínculos no se encuentran, se construyen y se cuidan.
A medida que pasa el tiempo, más entiendo por qué la gente se sumerge en la jardinería, la repostería, la lectura y largos paseos. No porque la vida se volviera aburrida. Porque la paz se volvió valiosa.