Me quiero abrazar tan fuerte y decirle a mi yo cansado/a y triste que todo va estar bien, que este proceso es el que me va a hacer más fuerte en el futuro, que está bien tener miedo, estar enojado/a y a veces triste, te prometo que vamos a estar bien.
Y de repente, en dos meses se acaba el año que me enseñó que nada es para siempre; que el amor que das no siempre vuelve con la misma intensidad; que quien quiere se queda, y quien no, se nota; que a veces perder también es ganar, y que aunque duela, soltar también es crecer.
A veces la vida no avisa.
Simplemente un día te despiertas y ya no está.
La risa que llenaba la casa, el mensaje de buenos días, el olor a café compartido.
Todo eso que dabas por hecho, se va sin hacer ruido.
Y te quedas tú, intentando recordar la última vez que dijiste “te quiero” sin prisa.
La última mirada sin saber que era la última.
La última vez que pensaste “mañana se lo cuento”,
sin imaginar que el mañana no siempre llega.
Aprendes que la vida se parece más a un suspiro que a un camino.
Que hay abrazos que te salvan cuando no sabes ni cómo seguir.
Y que hay personas que, aunque se vayan, se quedan.
En una canción, en un olor, en una foto que ya no puedes mirar.
Y sí, duele.
Duele tanto que parece que te falta el aire.
Pero también te enseña.
Te enseña que amar fue, es y será siempre el mayor acto de valentía.
Porque aunque tiemble todo,
aunque te rompas,
volverías a vivirlo todo solo por un segundo más de aquello.
De eso que fue hogar.
De eso que sigue siendo amor, aunque ya no esté.