El simbionte, abrió su boca, mostrando su gran y afilada dentadura, pero también desenrollando su larga lengua que se introdujo sin problemas dentro de la boca de la contraria, no sin antes relamer sus labios.
Sin cruzar palabra más que su pesado aliento. El simbionte usó uno de sus grandes brazos para tomar a la contraria del cuello, envolviéndolo en su viscosa masa para alzarla sin ahorcarla y así romper esa gran diferencia de altura de había entre los dos. Tras alzarla (...)