Abogado en libre ejercicio, defensor de gatos y perros, juego tenis y fútbol, en este espacio comparto ideas, pensamientos y RT de contenido productivo.
El enemigo no era Messi
No quiero imaginar la noche que debió pasar Cristiano Ronaldo después de ver a Messi marcar un hat-trick en pleno Mundial.
Más allá de quién sea mejor o peor, de quién tenga más Balones de Oro o de quién tenga más seguidores, hay algo que me resulta fascinante de observar en los grandes competidores: su relación con la autoexigencia.
Porque estoy convencido de que la presión más difícil de gestionar no es la de la prensa, ni la de los aficionados, ni siquiera la de representar a todo un país.
La presión más difícil de gestionar es la que uno mismo se impone.
Cristiano no necesitaba que nadie le recordara que Messi había marcado tres goles. Probablemente fue el primero en pensar en ello. Probablemente fue el primero en exigirse responder. Probablemente fue el primero en convencerse de que tenía que estar a la altura.
Y es que cuando uno aspira a ser el mejor, cualquier éxito ajeno puede convertirse en una amenaza para el propio equilibrio emocional.
No porque el otro haya hecho algo malo.
Sino porque aparece la comparación.
Y la comparación es una trampa en la que caemos constantemente.
Nos ocurre en el deporte.
Nos ocurre en los negocios.
Nos ocurre en las redes sociales.
Nos ocurre en la vida.
Vemos a alguien lanzar una empresa que crece más rápido que la nuestra. Vemos a alguien vender más libros, facturar más dinero, conseguir más clientes o tener más repercusión. Y sin darnos cuenta empezamos a evaluar nuestro propio progreso utilizando la vida de otra persona como referencia.
Es entonces cuando aparece uno de los mayores saboteadores que existen: la autoexigencia mal gestionada.
Esa voz interna que nunca está satisfecha.
Que convierte cualquier logro en insuficiente.
Que siempre encuentra a alguien que va más rápido.
Que siempre encuentra una razón para pensar que llegamos tarde.
Con los años he observado una secuencia que se repite una y otra vez en muchas personas de alto rendimiento:
Me exijo.
Me comparo.
Siento que voy tarde.
Entro en crisis.
Me entrego.
Me relajo.
Y entonces mejoran los resultados.
Lo paradójico es que solemos obtener nuestras mejores versiones cuando dejamos de intentar demostrar algo.
Cuando dejamos de correr detrás de la validación.
Cuando dejamos de obsesionarnos con lo que los demás están haciendo.
Vivimos en una sociedad donde la tecnología ha amplificado este fenómeno hasta límites absurdos. Nunca habíamos tenido tanta información sobre la vida de los demás. Nunca habíamos tenido tantas oportunidades de compararnos. Nunca había sido tan fácil medir nuestra propia felicidad en función de métricas externas.
Seguidores.
Likes.
Visualizaciones.
Facturación.
Reconocimiento.
Todo parece empujarnos hacia una misma idea: mostrar.
Mostrar que progresamos.
Mostrar que ganamos.
Mostrar que somos relevantes.
Mostrar que somos felices.
El problema es que cuando vivimos para mostrar, terminamos dependiendo de la reacción de los demás para sentirnos bien con nosotros mismos.
Y eso es una forma extremadamente peligrosa de apalancar nuestra felicidad.
Porque la validación externa nunca es suficiente.
Siempre habrá alguien con más dinero.
Más seguidores.
Más éxito.
Más reconocimiento.
Más impacto.
La carrera no termina nunca.
Por eso cada vez me interesa menos quién gana la comparación y más quién encuentra la paz.
Porque al final el verdadero rival rara vez está delante.
El verdadero rival suele estar dentro.
Es esa voz que insiste en que todavía no es suficiente.
Que todavía falta algo.
Que todavía no has llegado.
Y quizá la verdadera libertad consista en comprender que nunca serás feliz intentando demostrarle al mundo quién eres.
La felicidad aparece cuando ya no necesitas demostrar nada.
Ni siquiera a ti mismo.
Tengo a millones de personas de multitud de países distintos rezándome para que su selección gane el Mundial. ¿Qué hago? ¿Por número de oraciones? ¿Por sorteo? ¿Envío ya el meteorito?