Es muy difícil poner en palabras lo que me generaba verlo jugar al fútbol. Rompió con toda narrativa. Encasilló mi gusto en su pisada. Me enseñó una manera diferente de ver las cosas. Con otro tacto. Despertó mi costado romántico. Me mostró otra filosofía de vida. Me enamoró por completo. Aquel nene que fui nunca volvió a ver con los mismos ojos. Agradezco por eso.
Mi primer héroe. Mi mejor ídolo. Feliz cumpleaños. Te voy a querer hasta las últimas consecuencias.
Ser de Boca es cargar con una pasión que te organiza la existencia. Es discutir, sufrir, ilusionarse una y otra vez. Es volver siempre, aunque duela. Aunque duela el alma como citó mi Diego. Porque hay amores que se disfrutan y otros que se llevan como destino.
Y sí, hay muchos que aprovechan este momento para pegarle a Boca porque les conviene. Pero también hay que dejar de mentirnos entre nosotros: Boca Juniors está mal. Muy mal. Y gran parte de la culpa es nuestra por naturalizar cosas que en Boca no deberían pasar jamás.
Porque Boca está por encima de cualquier dirigente, jugador o momento.
La bronca es lógica. La crítica también. Pero abandonar jamás. Porque ser de Boca no es aparecer cuando levantás copas, es estar cuando todo se cae a pedazos.