Un tal Patricio Lons, presentado como historiador, acaba de dar a entender en LN+ que San Martín envió a Monteagudo a asesinar a los españoles detenidos en San Luis. La acusación carece de toda lógica: ¿para qué habría intentado protegerlos San Martín si su propósito era hacerlos ejecutar?
Cuando llegó a San Luis y tomó conocimiento de la matanza, ordenó liberar inmediatamente al único prisionero que había sobrevivido: Juan Ruiz Ordoñez.
Años después, aquel hombre le escribió una carta a Mariano Balcarce, yerno de San Martín, en la que dejó este testimonio:
“Al verme el General San Martín conocí que se afectó al presentarme yo, tan joven, estropeado con una cadena tan larga que me cruzaba la cintura y tan pesada que no podía con ella. Me hizo sentar en una silla, me acarició y con dulces palabras me preguntó por lo acontecido; llamó a un ordenanza para que viniese un herrero y en su presencia me quitaron el grillete del pie con la cadena, y mandando al gobernador Dupuy, que estaba presente con mucha sumisión de pie, que inmediatamente se me vistiese con la decencia que me correspondía y el trato consiguiente y quedase hasta nueva disposición arrestado en el cuartel. A las dos horas vino al cuartel el gobernador Dupuy dándome la mano y diciéndome: está Ud. perdonado de la vida por la patria y por el Excmo. Sr. Don José de San Martín”.
Un tal Patricio Lons, presentado como historiador, acaba de dar a entender en LN+ que San Martín envió a Monteagudo a asesinar a los españoles detenidos en San Luis. La acusación carece de toda lógica: ¿para qué habría intentado protegerlos San Martín si su propósito era hacerlos ejecutar?
Cuando llegó a San Luis y tomó conocimiento de la matanza, ordenó liberar inmediatamente al único prisionero que había sobrevivido: Juan Ruiz Ordoñez.
Años después, aquel hombre le escribió una carta a Mariano Balcarce, yerno de San Martín, en la que dejó este testimonio:
“Al verme el General San Martín conocí que se afectó al presentarme yo, tan joven, estropeado con una cadena tan larga que me cruzaba la cintura y tan pesada que no podía con ella. Me hizo sentar en una silla, me acarició y con dulces palabras me preguntó por lo acontecido; llamó a un ordenanza para que viniese un herrero y en su presencia me quitaron el grillete del pie con la cadena, y mandando al gobernador Dupuy, que estaba presente con mucha sumisión de pie, que inmediatamente se me vistiese con la decencia que me correspondía y el trato consiguiente y quedase hasta nueva disposición arrestado en el cuartel. A las dos horas vino al cuartel el gobernador Dupuy dándome la mano y diciéndome: está Ud. perdonado de la vida por la patria y por el Excmo. Sr. Don José de San Martín”.