El show de la izquierda es predecible: se rasgan las vestiduras por una decisión diplomática que además es soberana y ya fue tomada por EE.UU., Guatemala y Honduras pero guardan un silencio sepulcral cuando se trata de las dictaduras que ellos mismos aplauden. Mientras David Rozo grita contra "el sionismo" desde su escritorio, su propio candidato, Gustavo Petro, rompió relaciones con Israel en 2024 por puro capricho ideológico, pero nunca concretó la embajada en Palestina que tanto prometió. La decisión de Abelardo de la Espriella de reabrir la embajada en Jerusalén y suspender la de Palestina no es un acto de "sumisión", es el restablecimiento de una relación estratégica con un aliado en seguridad e inteligencia, algo que el gobierno de Petro nos costó caro. Y mientras la izquierda finje indignación, ellos mismos han sido los primeros en arrodillarse ante dictadores como Maduro y Ortega, y en saquear el país con una deuda récord de $1.2 billones y 31 billones en contratos a dedo. La hipocresía no es de quien toma decisiones soberanas, sino de quienes predican moral internacional mientras sus manos están manchadas de corrupción y su proyecto fue derrotado en las urnas.