El desamor después de los 30 pesa distinto.
Ya no pierdes solo a una persona. Pierdes rutinas, planes, lugares, versiones de ti y ese futuro que, sin darte cuenta, habías empezado a imaginar como una certeza.
Y quizá eso es lo que más cuesta: no extrañar lo que fue, sino aprender a soltar lo que pensabas que iba a ser.
Me gusta fantasear con que me extrañas; imaginar que también te dan ganas de buscarme. Me gusta pensar que alguna vez, agarrás el teléfono con ganas de escribirme y después lo dejás ahí. Porque a mí me pasa todo el tiempo, cualquier cosa, por pequeña que sea, sabe llevarme a ti.