En pocos días se acaba el año y, aunque sigo siendo yo, ya no soy la misma persona de enero. Cambié hábitos, solté lo que drenaba mi energía, me acerqué a quienes sí suman, aprendí cosas que no sabía que necesitaba y entendí que los planes cambian, pero yo también. Quizá hoy no todo esté perfecto, pero estoy mejor que antes: más consciente, más en paz. Y confirmé una vez más algo importante: nada fue casualidad; todo lo que viví este año tenía un propósito.