No permití que mis caídas definieran quién soy. Cada herida me enseñó a ser más fuerte, más valiente y más consciente de mi valor. Hoy camino con la cabeza en alto porque entendí que nadie tiene el poder de apagar la luz que llevo dentro.
Hay momentos en los que todo parece incierto, el camino se nubla y el corazón se cansa. Es entonces cuando descubrimos que la luz de Dios no solo ilumina nuestro camino, sino que también nos sostiene, nos guía y da sentido a lo que estamos viviendo.