El pensamiento posee la capacidad de volverse sobre sí mismo y examinar su propio acto. De esa capacidad surge un doble movimiento: indagar las condiciones bajo las que los entes aparecen e indagar el acto mismo que los hace aparecer.
Ese mismo movimiento explica, entonces, por qué las mutaciones históricas del pensamiento alteran también la relación entre mente y mundo, alteraciones que se traducen tanto en la subjetividad misma como en la vida colectiva, a saber; El giro moderno de la metafísica hacia la subjetividad abre la puerta hacia determinadas formas políticas, modelos de propiedad o modos de relación escindidas con el cuerpo social, como pétalos de un nuevo orden metapolítico dado.
Por lo demás, no deja de ser sumamente gracioso que aún se siga con la retahíla de que @cyrnosofia es el dueño de esta cuenta.
Hace manifiesta la clase de obcecada estupidez que se blinda a sí misma hasta tal punto que se hace imposible de extirpar sin cirugía.
Entiendo que la cuestión de fondo aquí es nombrar la coherencia de la totalidad social sin reducirla a la serie categorial del capital y sin dispersarla en una pluralidad de esferas ontológicamente independientes.
El término egregor nos sirve como una suerte de herramienta o dirección atencional epistemológica hacia la totalidad del organismo social moderno. No es una categoría ontológica fuerte y tampoco aspira a reemplazar el método genético. El término introduce un nombre para el orden estructural de la totalidad y para su coherencia dinámica, y lo hace sin intención alguna de cerrar la pluralidad de sus manifestaciones empíricas, simbólicas e institucionales.
El argumento del hilo yace sobre una presuposición incorrecta acerca de la relación entre herramienta conceptual y representación externa. Mi adversario postula una cadena que asocia de manera rígida el uso instrumental de un nombre con una logische Vorstellung (herramienta implica representación, representación implica exterioridad, exterioridad implica incapacidad de captar la necesidad interna del objeto, incapacidad implica degradación del análisis marxiano). La cadena carece de necesidad lógica. Cada enlace parece nacer más bien de la pura afirmación desprovista de mediación conceptual y de demostración de tránsito. La conclusión se sostiene en una voluntad de salvaguardar un método único mediante exclusiones sucesivas nacidas del entendimiento (Verstand) que es la facultad del pensamiento que fija conceptos abstractos, aislados y opuestos, y que a diferencia de la razón (Vernunft), se dedica a dividir la circunferencia del círculo.
Puede utilizarse, nuevamente de forma instrumental, una separación de casos funcional al nivel del entendimiento (un nivel ontológico que determina el ser del capital como relación social determinada, un nivel categorial genético que despliega sistemáticamente las categorías en Das Kapital, un nivel estructural lógico que configura la forma de totalidad y sus isomorfismos internos, y un nivel epistemológico operativo que proporciona los operadores que piensan esa estructura). El egregor ocupa los niveles estructural y epistemológico. El capital domina los niveles ontológico y categorial. La relación entre ambos es de inclusión estructural (el capital determina el eje de la forma social moderna, mientras el egregor describe la totalidad en la que esa determinación se reescribe en planos no económicos). En la realidad no existe tal separación entre espacios, como normalmente ocurre con ciertas operaciones del entendimiento en abstracto, y sin embargo los múltiples niveles pueden observarse a la manera en que pueden estudiarse las células o la epidermis según los grados del microscopio.
En última instancia, aquí reside el valor de un entendimiento abstracto (aquella lógica de afirmaciones y negaciones inmediatas que establece disyunciones excluyentes, procede por derivaciones lineales y que, paradójicamente, estructura la objeción dirigida al concepto de egregor). O reproducción genética de la necesidad interna del capital o representación externa, o sustancia social única o disgregación en esferas autónomas, o fidelidad a Marx o degradación. Convierte la totalidad en una simple circunferencia visible y pierde el círculo interior en el que se cuece la identidad mediada de los momentos.
Nombrar la totalidad como egregor describe la objetivación de una racionalidad social que atraviesa prácticas, instituciones y formas simbólicas. El nombre no tiene por qué imponer desde fuera una taxonomía (ni organizar el campo social como una suerte de catálogo de entidades, ni proyectar categorías analógicas sobre un objeto inerte). El término busca una configuración de sentido y una estructura de autorreferencia que se expresa en múltiples registros. El carácter instrumental del nombre yace precisamente en ello. Toda conceptualización del entendimiento suspende, fija y estabiliza un fragmento del flujo real. La degradación teórica nace en la ausencia de conciencia de esa fijación y en la pretensión de transparencia inmediata del propio método.
El segundo núcleo del malentendido gira en torno al isomorfismo y al homologismo. La definición correcta de isomorfismo remite a una identidad de forma (a la conservación estructural de relaciones a través de distintos registros, niveles o esferas de manifestación). Cuando hablo de homologismo en sentido autorreferente señalo una estructura capaz de predicarse de sí misma (una forma que se reconoce en sus propias modulaciones, tal como lo definiría, por ejemplo, la encyclopaedia Herder). El isomorfismo del egregor designa efectivamente esa autosimilitud de la totalidad (esa capacidad de la estructura global para reescribirse en los planos económico, jurídico, político o cultural sin multiplicarse en sustancias independientes).
La lectura de mi adversario invierte este sentido de manera literal (como homología entre entidades ya separadas, como comparación analógica de esferas autónomas previamente dadas). Sobre esa premisa invertida se levanta una crítica completa que pierde contacto con el objeto efectivo de la discusión (isomorfismo implica esferas autónomas, esferas autónomas implican disolución del despliegue genético de la sustancia social, disolución implica traición del método marxiano). Todo se apoya en un primer eslabón falso. El isomorfismo expresa precisamente la unidad sustancial que se repite estructuralmente en distintos niveles sin multiplicarse. La argumentación que se apoya en la definición invertida no alcanza a tocar el núcleo del concepto que ataca. En este caso puede hacerse mano de la totalidad de nuestras publicaciones.
La preferencia metodológica del adversario es una suerte de monismo categorial y epistemológico que sacraliza una única vía de acceso a la totalidad social. La tradición filosófica ofrece modelos alternos de totalidad estructural (como sistema de mediaciones a partir de las cuales la identidad se repite en la diferencia, como sistema autopoiético de comunicaciones, como imaginario social instituyente o como símbolo y figura simbólica de totalidad). Nuestro egregor se inscribe en esa constelación.
Se insinúa además que la afirmación del egregor exige concebir el capital como razón objetivada independiente y trascendente que domina el conjunto social desde una exterioridad misteriosa. En realidad toda afirmación ontológica (reiteramos) implica una operación de estabilización conceptual dentro del campo del entendimiento. La propia tesis marxiana según la cual el capital es una relación social implica un acto de fijación de su estructura y una decisión sobre sus determinaciones esenciales. La hipostatización suele ser la condición estructural del entendimiento conceptual (la cuestión está en qué se hipostatiza, desde qué horizonte y con qué conciencia de esa fijación se procede).
En este punto se inserta la cuestión de la supuesta modulación infinita del egregor. Se sospecha que la plasticidad del concepto manifiesta una estrategia defensiva frente a las críticas (una adaptación constante que disolvería cualquier posibilidad de refutación). La historia efectiva del proyecto desmiente esa sospecha. La idea ha operado desde el inicio como eje e hilo conductor que atraviesa textos teóricos, imágenes, metáforas, intervenciones audiovisuales y escritos o vídeos de tono más popular o exhortativo. El núcleo conceptual permanece constante, mientras los niveles de explicitación, los registros retóricos y los énfasis se han desplazado en dirección a una mayor claridad y articulación. La fijación con el concepto surge única y exclusivamente de un intento de desprestigio grupal hacia nuestro compañero @cyrnosofia, visto que la crítica no se ha dirigido nunca ni ha aparecido hasta que este ha decidido bloquearles de la conversación personal. Es precisamente por ello que reluce la absoluta falta de interés por la verdad y su compañía de una ausencia completa de principio de caridad, adosada a una ignorancia que ha transformado toda la cuestión en oleadas sucesivas de preguntas enmascaradas como críticas, nacidas del no leer siquiera aquello a lo que se responde.
De todas formas nos mantenemos abiertos a abandonar términos inoperantes. Si por medio de la crítica alguien hiciese prístino que el nombre o la operación misma son imberbes no tendríamos problema alguno en abandonarlos, de manera que el objeto general del proyecto permanecería intacto y sin máculas. La defensa que presentamos en esta publicación no tiene por razón de ser sacralizar el egregor. Si pensar la sociedad moderna y el capital bajo la figura del egregor (entendido como estructura isomórfica autorreferente de la totalidad) no nos ayuda a hacerla más inteligible, eso significará que el concepto debe abandonarse. La crítica fecunda debe mostrar la inoperancia efectiva del concepto (debe señalar zonas de opacidad que este introduce, debe confrontar el egregor con fenómenos que resistan su lógica). La crítica que se limita a derivar consecuencias de definiciones invertidas o de cadenas inferenciales sin necesidad interna (directamente carentes de más mediación, deducción o inducción que la voluntad del mismo crítico) permanece en la superficie.
Las objeciones mal orientadas tienen sin embargo un efecto útil, porque funcionan como entrevistas involuntarias en las que el propio concepto se ve obligado a declararse con mayor nitidez. El proyecto prefiere esta fricción a la aceptación complaciente.
En definitiva, el valor o la ausencia de valor del nombre egregor (al que bien podríamos sustituir por algún neologismo o incluso por una letra) nace de su valencia para captar la coherencia estructural de la sociedad moderna y situar el capital como momento de esta totalidad autorreferente, sin perder ni la unidad ni las mediaciones (una totalidad isomórfica capaz de reconocerse en sus propios niveles, capaz de reorganizarse simbólicamente en cada una de sus expresiones). Si la discusión logra desplazarse desde las oposiciones rígidas del entendimiento (y en especial desde el ataque por el ataque, sin interés en la verdad, falto de todo principio de caridad y por lo general con hombres de paja, sea intencionalmente o como resultado de ni siquiera leer aquello a lo que se responde) hacia esta pregunta efectiva por la inteligibilidad, la polémica terminológica y el terreno del debate se desplazarán por fin al lugar que les corresponde. Y si de esta disputa se concluyese al final que el nombre o la operación no son válidas, con gusto los desecharemos.
Para ser mas precisos voy a desarrollar aquí detalladamente. El procedes epistemológico presentado no es más que un retorno a la representación lógica «logische vorstellung» en el momento que declaran que hacen uso de términos como "herramienta". Operatividad que se realiza
He aquí una lista de publicaciones en la que la idea misma (idea con la inicial pequeña) del egregor se encuentra implícito o explícito, con este u otros nombres. Huelga decir, algunos post tienen registro expositivo, pero gran parte de ellos es de carácter arengatorio, y de ahí el uso de determinados términos;
https://t.co/n7kLyM4eRD
https://t.co/VyDsiqDuOl
https://t.co/hbrP5gXJkF
https://t.co/howGOICwrF
https://t.co/TUk6jljlOq
https://t.co/ACC824mKiZ
https://t.co/bm43UmY6Af
https://t.co/jl3ug9hIQa
https://t.co/fDFTrmvT8P
https://t.co/XaRPCwYRJ4
https://t.co/9GMjogY7zH
https://t.co/wOSWt8JVJ1
https://t.co/B0jGb8rm6W
Huelga decir que, llegado este punto, el curso o el uso mismo del Egregor puede alterarse e incluso abandonarse según el valor que muestre en el trabajo teórico.
La discusión puede ahora continuar con atención a lo que efectivamente se expresa.
En esta clase de controversias se dan con frecuencia aquellas prácticas archiconocidas, como pueden ser el recorte parcial de pasajes y la atribución de tesis que nunca han sido formuladas o la lectura fragmentaria, o la simple omisión del texto en su conjunto. Estos casos ya son de por sí un primer buen paso, pues pasan del insulto personal directo.
A partir de esos desplazamientos, sean voluntarios o nacidos como subproducto de la falta de principio de caridad y de interés por la verdad, se construyen refutaciones dirigidas hacia posiciones inexistentes.
Muchas de estas llamadas críticas adoptan entonces subrepticiamente, sin ser conscientes de ello, en virtud de lo desinformadas que son, la forma de preguntas, y como tales resultan bienvenidas.
Las críticas posteriores, cuando se dirigen con precisión al contenido efectivamente afirmado y mantienen un carácter constructivo, adquieren todavía mayor interés, pues suelen impulsar nuevas clarificaciones y desarrollos del propio pensamiento.
Entiendo que la cuestión de fondo aquí es nombrar la coherencia de la totalidad social sin reducirla a la serie categorial del capital y sin dispersarla en una pluralidad de esferas ontológicamente independientes.
El término egregor nos sirve como una suerte de herramienta o dirección atencional epistemológica hacia la totalidad del organismo social moderno. No es una categoría ontológica fuerte y tampoco aspira a reemplazar el método genético. El término introduce un nombre para el orden estructural de la totalidad y para su coherencia dinámica, y lo hace sin intención alguna de cerrar la pluralidad de sus manifestaciones empíricas, simbólicas e institucionales.
El argumento del hilo surge yace sobre una presuposición incorrecta acerca de la relación entre herramienta conceptual y representación externa. Mi adversario postula una cadena que asocia de manera rígida el uso instrumental de un nombre con una logische Vorstellung (herramienta implica representación, representación implica exterioridad, exterioridad implica incapacidad de captar la necesidad interna del objeto, incapacidad implica degradación del análisis marxiano). La cadena carece de necesidad lógica. Cada enlace parece nacer más bien de la pura afirmación desprovista de mediación conceptual y de demostración de tránsito. La conclusión se sostiene en una voluntad de salvaguardar un método único mediante exclusiones sucesivas nacidas del entendimiento (Verstand) que es la facultad del pensamiento que fija conceptos abstractos, aislados y opuestos, y que a diferencia de la razón (Vernunft), se dedica a dividir la circunferencia del círculo.
Puede utilizarse, nuevamente de forma instrumental, una separación de casos funcional al nivel del entendimiento (un nivel ontológico que determina el ser del capital como relación social determinada, un nivel categorial genético que despliega sistemáticamente las categorías en Das Kapital, un nivel estructural lógico que configura la forma de totalidad y sus isomorfismos internos, y un nivel epistemológico operativo que proporciona los operadores que piensan esa estructura). El egregor ocupa los niveles estructural y epistemológico. El capital domina los niveles ontológico y categorial. La relación entre ambos es de inclusión estructural (el capital determina el eje de la forma social moderna, mientras el egregor describe la totalidad en la que esa determinación se reescribe en planos no económicos). En la realidad no existe tal separación entre espacios, como normalmente ocurre con ciertas operaciones del entendimiento en abstracto, y sin embargo los múltiples niveles pueden observarse a la manera en que pueden estudiarse las células o la epidermis según los grados del microscopio.
En última instancia, aquí reside el valor de un entendimiento abstracto (aquella lógica de afirmaciones y negaciones inmediatas que establece disyunciones excluyentes, procede por derivaciones lineales y que, paradójicamente, estructura la objeción dirigida al concepto de egregor). O reproducción genética de la necesidad interna del capital o representación externa, o sustancia social única o disgregación en esferas autónomas, o fidelidad a Marx o degradación. Convierte la totalidad en una simple circunferencia visible y pierde el círculo interior en el que se cuece la identidad mediada de los momentos.
Nombrar la totalidad como egregor describe la objetivación de una racionalidad social que atraviesa prácticas, instituciones y formas simbólicas. El nombre no tiene por qué imponer desde fuera una taxonomía (ni organizar el campo social como una suerte de catálogo de entidades, ni proyectar categorías analógicas sobre un objeto inerte). El término busca una configuración de sentido y una estructura de autorreferencia que se expresa en múltiples registros. El carácter instrumental del nombre yace precisamente en ello. Toda conceptualización del entendimiento suspende, fija y estabiliza un fragmento del flujo real. La degradación teórica nace en la ausencia de conciencia de esa fijación y en la pretensión de transparencia inmediata del propio método.
El segundo núcleo del malentendido gira en torno al isomorfismo y al homologismo. La definición correcta de isomorfismo remite a una identidad de forma (a la conservación estructural de relaciones a través de distintos registros, niveles o esferas de manifestación). Cuando hablo de homologismo en sentido autorreferente señalo una estructura capaz de predicarse de sí misma (una forma que se reconoce en sus propias modulaciones, tal como lo definiría, por ejemplo, la encyclopaedia Herder). El isomorfismo del egregor designa efectivamente esa autosimilitud de la totalidad (esa capacidad de la estructura global para reescribirse en los planos económico, jurídico, político o cultural sin multiplicarse en sustancias independientes).
La lectura de mi adversario invierte este sentido de manera literal (como homología entre entidades ya separadas, como comparación analógica de esferas autónomas previamente dadas). Sobre esa premisa invertida se levanta una crítica completa que pierde contacto con el objeto efectivo de la discusión (isomorfismo implica esferas autónomas, esferas autónomas implican disolución del despliegue genético de la sustancia social, disolución implica traición del método marxiano). Todo se apoya en un primer eslabón falso. El isomorfismo expresa precisamente la unidad sustancial que se repite estructuralmente en distintos niveles sin multiplicarse. La argumentación que se apoya en la definición invertida no alcanza a tocar el núcleo del concepto que ataca. En este caso puede hacerse mano de la totalidad de nuestras publicaciones.
La preferencia metodológica del adversario es una suerte de monismo categorial y epistemológico que sacraliza una única vía de acceso a la totalidad social. La tradición filosófica ofrece modelos alternos de totalidad estructural (como sistema de mediaciones a partir de las cuales la identidad se repite en la diferencia, como sistema autopoiético de comunicaciones, como imaginario social instituyente o como símbolo y figura simbólica de totalidad). Nuestro egregor se inscribe en esa constelación.
Se insinúa además que la afirmación del egregor exige concebir el capital como razón objetivada independiente y trascendente que domina el conjunto social desde una exterioridad misteriosa. En realidad toda afirmación ontológica (reiteramos) implica una operación de estabilización conceptual dentro del campo del entendimiento. La propia tesis marxiana según la cual el capital es una relación social implica un acto de fijación de su estructura y una decisión sobre sus determinaciones esenciales. La hipostatización suele ser la condición estructural del entendimiento conceptual (la cuestión está en qué se hipostatiza, desde qué horizonte y con qué conciencia de esa fijación se procede).
En este punto se inserta la cuestión de la supuesta modulación infinita del egregor. Se sospecha que la plasticidad del concepto manifiesta una estrategia defensiva frente a las críticas (una adaptación constante que disolvería cualquier posibilidad de refutación). La historia efectiva del proyecto desmiente esa sospecha. La idea ha operado desde el inicio como eje e hilo conductor que atraviesa textos teóricos, imágenes, metáforas, intervenciones audiovisuales y escritos o vídeos de tono más popular o exhortativo. El núcleo conceptual permanece constante, mientras los niveles de explicitación, los registros retóricos y los énfasis se han desplazado en dirección a una mayor claridad y articulación. La fijación con el concepto surge única y exclusivamente de un intento de desprestigio grupal hacia nuestro compañero @cyrnosofia, visto que la crítica no se ha dirigido nunca ni ha aparecido hasta que este ha decidido bloquearles de la conversación personal. Es precisamente por ello que reluce la absoluta falta de interés por la verdad y su compañía de una ausencia completa de principio de caridad, adosada a una ignorancia que ha transformado toda la cuestión en oleadas sucesivas de preguntas enmascaradas como críticas, nacidas del no leer siquiera aquello a lo que se responde.
De todas formas nos mantenemos abiertos a abandonar términos inoperantes. Si por medio de la crítica alguien hiciese prístino que el nombre o la operación misma son imberbes no tendríamos problema alguno en abandonarlos, de manera que el objeto general del proyecto permanecería intacto y sin máculas. La defensa que presentamos en esta publicación no tiene por razón de ser sacralizar el egregor. Si pensar la sociedad moderna y el capital bajo la figura del egregor (entendido como estructura isomórfica autorreferente de la totalidad) no nos ayuda a hacerla más inteligible, eso significará que el concepto debe abandonarse. La crítica fecunda debe mostrar la inoperancia efectiva del concepto (debe señalar zonas de opacidad que este introduce, debe confrontar el egregor con fenómenos que resistan su lógica). La crítica que se limita a derivar consecuencias de definiciones invertidas o de cadenas inferenciales sin necesidad interna (directamente carentes de más mediación, deducción o inducción que la voluntad del mismo crítico) permanece en la superficie.
Las objeciones mal orientadas tienen sin embargo un efecto útil, porque funcionan como entrevistas involuntarias en las que el propio concepto se ve obligado a declararse con mayor nitidez. El proyecto prefiere esta fricción a la aceptación complaciente.
En definitiva, el valor o la ausencia de valor del nombre egregor (al que bien podríamos sustituir por algún neologismo o incluso por una letra) nace de su valencia para captar la coherencia estructural de la sociedad moderna y situar el capital como momento de esta totalidad autorreferente, sin perder ni la unidad ni las mediaciones (una totalidad isomórfica capaz de reconocerse en sus propios niveles, capaz de reorganizarse simbólicamente en cada una de sus expresiones). Si la discusión logra desplazarse desde las oposiciones rígidas del entendimiento (y en especial desde el ataque por el ataque, sin interés en la verdad, falto de todo principio de caridad y por lo general con hombres de paja, sea intencionalmente o como resultado de ni siquiera leer aquello a lo que se responde) hacia esta pregunta efectiva por la inteligibilidad, la polémica terminológica y el terreno del debate se desplazarán por fin al lugar que les corresponde. Y si de esta disputa se concluyese al final que el nombre o la operación no son válidas, con gusto los desecharemos.
En cuestión de geopolítica y decisiones de uno u otro tipo, es menester decir que los miembros del proyecto guardan, como en muchos temas, opiniones disparejas.
Merece la pena aclarar que en ningún momento el uso que hacemos del término «egregor» pretende caracterizar al capital como una entidad dotada de conciencia propia. Más bien, se recurre a dicho concepto como una forma de aludir a su dimensión de espíritu objetivo, esto es, como una objetivación impersonal y supraindividual de la racionalidad social que se realiza a través de las estructuras del capital.
Reconocemos que dicha forma de "razón" impersonal, automática y expansiva, es isomórfica a la totalidad de la forma moderna de sociedad. Es decir, el principio estructurante que rige la producción material se reproduce homológicamente en las esferas política, jurídica, cultural y técnica. Cada una de estas dimensiones realiza bajo su propio registro el mismo código fundamental de abstracción, de cuantificación y de mediación formal.
El "egregor" que proponemos como "entidad" es una herramienta conceptual de la que queremos hacer libre uso, a objeto de pensar la unidad formal de la modernidad, la convergencia de todas sus ramas bajo una misma lógica objetivada.
Hemos procurado explicarlo en diversas publicaciones, así como en las discusiones que de ellas se han derivado, aunque para algunos nuestros esfuerzos hayan resultado insuficientes. A lo largo y ancho de los textos que hemos compartido desde el principio pueden encontrarse las distintas facetas del tema, tratadas tanto de forma parcial como en su conjunto; en ellos, el concepto ha estado presente de manera explícita o implícita desde los inicios. No obstante, y para evitar que el término continúe prestándose a equívocos, ofrecemos ahora esta aclaración.
Seguiremos permitiéndonos licencias para asignar los significantes que queramos asignar a cada significado. Y lo haremos, en último término, de manera instrumental. Si alguien considera que este proceder es improcedente, ignora el objeto expreso de este proyecto.
Esta guerra, como tantas otras, no comienza ni termina en los Balcanes eurasiáticos. Se libra frente a tus ojos. En tu entorno. Ahora mismo, aunque apenas empiece a enseñar los colmillos.
No te dejes engañar: esta guerra te concierne. Es una en la que llevas participando, consciente o inconscientemente, desde hace ya mucho tiempo.
Es la guerra de un sistema que, habiéndose emancipado de las manos que lo construyeron, somete a esas mismas manos a sus propios designios.
Egrégor: una entidad psíquica colectiva y autónoma, capaz de moldear los pensamientos y las voluntades del grupo que la sostiene.
Y lo decisivo es esto: la entidad no obedece, en última instancia, a quienes la portan. Al contrario, los porta a ellos. Los sujetos no son sus gestores, sino su alimento.
Si no actuamos, el monstruo alcanzará la autosuficiencia total. Y entonces veremos su rostro sin velo.
El capital nunca fue otra cosa que lo que es ahora; un proceso continuo de abstracción y fagocitación: cada ciclo lo lleva más lejos del trabajo concreto, del territorio, del cuerpo humano, y al alejarse no se debilita sino que se densifica, adquiere forma propia, desarrolla una voluntad funcional independiente de todos los sujetos pero que lo atraviesa a todos.
Cuando una sola gestora de activos administra una masa de capital superior al PIB combinado de múltiples Estados, no puede hablarse de conspiración, o de una élite que somete a los pueblos; es el mismo sistema, dominando, fagocitando, sometiendo a través de esta élite.
Este sistema no necesita mandos. No los necesita porque no tiene centro, ni voluntad deliberada, ni conspiradores que lo dirijan. Destruye el tejido intermedio porque ese tejido es fricción, y la fricción reduce el rendimiento. Eventualmente, seremos nosotros mismos tal tejido intermedio.
La guerra no se agota en las fronteras iraníes. Su fuego se intensifica allí donde encuentra resistencia que quebrar o valor que extraer. Y se libra también en los rincones donde los gestores de este orden buscan nuevas víctimas para el tráfico, nuevos territorios que incorporar al flujo, nuevas comunidades que disolver.
La guerra requiere personas capaces de articular lo que está ocurriendo, de dotarlo de nombre y de forma, de construir herramientas comunes frente a una lógica que avanza precisamente porque nadie la conduce y porque, por tanto, nadie puede simplemente detenerla negociando con su cúpula. Herramientas extraídas de forma heterodoxa, sin sopesar los nombres y colores que, insulsamente, se aducen a posiciones políticas caducas, hoy más hechas de significantes que de significados.
Solo cabe esperar que esas banderas no impidan a quienes comparten el mismo adversario dotarse, juntos, de las herramientas necesarias.
El uso del término egregor para hablar del capital no es nuevo ni lo hemos inventado nosotros. De hecho, extraemos la idea de darle este uso a la palabreja de aquí, sin pretender en caso alguno reproducir nosotros los contenidos del artículo;
https://t.co/3iRuRTlvRm
No hemos llegado a toparnos con críticas de la vehemencia de las que ahora recibimos hacia el término ni a los que lo emplean, ni a artículos como este, hasta que curiosamente ha decidido hacerlo un proyecto en el que participa un colaborador (@cyrnosofia) que tuvo hace semanas la mala pata de señalar que un determinado concepto en cierto ensayo es idéntico a la duda hiperbólica cartesiana. Mala pata por aquellos a los que inocentemente fue a dirigir su comentario. Si es que existen tales críticas previas, particularmente desde donde provienen las nuevas, las desconocemos.
Normalmente, no solemos abordar este tipo de cuestiones. Este grupo consideró oportuno y meritorio organizarse para lanzar ataques personales continuos y coordinados contra @cyrnosofia, y ahora esos mismos ataques se han extendido hacia el proyecto en su conjunto, a pesar de que este último no tenía ninguna relación con la disputa original.
Las respuestas que recibimos no están dirigidas, o acaso de forma muy somera, hacia lo que exponemos. Lo coordinado de los ataques y el salto entre cuentas delata el objeto de las mismas. El resto, simplonas descalificaciones banales. Aún así, hemos respondido y clarificado aquella minúscula parte de ellas que era someramente referente al contenido. Si alguien pretende hacernos desistir de nuestros errores, atajando apropiadamente lo que publicamos, recibiremos la critica con los brazos abiertos, como ya hemos hecho en otras ocasiones. Mientras tanto, solo podemos ignorar la pataleta y desearles suerte.