Todavía sigo pensando en la pelotuda de la vicejefa que dijo que las mujeres no tienen hijos para ser presidentas de un país. Pero como se puede ser tan pelotuda realmente
Lealtad.
Viniste a cumplir tu sueño, el nuestro, y jugaste como uno de nosotros: amando este escudo y odiando el de ellos. Enorme jugador, figura y bandera.
Los libros de historia hablarán de vos.
Gracias por ser de River y vivirlo como nosotros.
Si las mujeres siguen siendo escuchadas solo por mujeres, hay un reconocimiento social que no llega, y por ende nuestro Poder se ve truncado. Una fuerza que se divide a la mitad. La voz autorizada de las mujeres como especialistas queda mermada solo a que la escuchen otras, y sino, olvidada. La transferencia de capital económico y simbólico mermado porque no nos eligen. Para que las voces de las mujeres sean influyentes en distintos ámbitos, no necesitamos algunas pocas que se destaquen, sino un público masculino dispuesto a reconocerlas. Hombres dispuestos a consumir lo que producen mujeres con la misma admiración que lo hacen con lo que producen los varones, pues las mujeres también somos historiadoras, filósofas, economistas, artistas, deportistas, etc. Pero además hombres -que son los que concentran el capital y los lugares de decisión y dirección- que apuesten a ellas como líderes y no como “buenas acompañantes”. Un sesgo que vemos en los medios de comunicación con mucha claridad. Hay que romper con esta idea tácita de que las mujeres hablan de “cosas de minas” mientras ellos sí hablan de los temas universales. Los auditorios de ellos, colapsados de mujeres. Los auditorios de ellas, con pocos varones dispuestos a escuchar y sobre todo, a aplaudir.