Es increíble cómo el cuerpo termina cobrándote cada emoción que intentaste ignorar: los nervios, la tristeza, la preocupación, el estrés y todo aquello que callaste para seguir adelante.
Tan cortita que es la vida, y a veces nos complicamos tanto con cosas que no valen la pena. Nos preocupamos por lo que no podemos cambiar, dejamos para después lo que nos hace felices y nos olvidamos de disfrutar lo que realmente importa. Y un día te das cuenta de que el tiempo sí pasa rápido. Que al final, casi nunca recuerdas las preocupaciones, sino los momentos sencillos, las risas sin razón, las personas que quieres y esa sensación de paz. A veces creo que vivir también es aprender a complicarnos un poquito menos y sentir un poquito más.
Mientras más edad tengo, más entiendo el valor de la privacidad, de cultivar tu círculo y sólo dejar entrar a ciertas personas. Puedes ser abierto, honesto, real y a la vez comprender que no todo el mundo merece un asiento en la mesa de tu vida.
Quisiera aferrarme a la certeza de que todo estará bien, pero hay días en los que ni siquiera yo consigo creer en esa esperanza. Hay días en los que simplemente toca respirar, resistir y esperar a que pase.