TUCUMÁN: LA CUNA DEL MILÁNGUCHE DE SANWIÑESA Y LA INDEPENDENCIA NACIONAL
La provincia que no solo liberó a la Argentina, sino que también te libera del hambre con el mejor pan relleno del país y un orgullo más grande que el cerro más alto.
En 1812, mientras Belgrano ganaba la Batalla de Tucumán, los gauchos ya sabían el secreto: después de pelear por la patria, lo único que te devuelve las ganas de seguir es una milanesa jugosa, pan fresco y esa magia que solo existe en los montes de nuestra provincia. Dicen que el grito de “¡Viva la Patria!” sonó más fuerte porque lo gritó extasiado un loco que se acababa de clavar el mágico milánguche.
Cuatro años después, en la Casa Histórica, los congresales debatían acaloradamente la independencia mientras se clavaban unos chegusanes completos (con lechuga, tomate, criolla Y HUEVO). Los documentos de aquella época relatan que la velada se extendió varias horas, pero más por la cena que por la discusión.
Al firmar el acta del 9 de julio, juraron que Tucumán sería para siempre cuna de la patria… y del milánguche que nos hace felices, nos hace sentir dueños nuestro propio destino y nos pone por encima de cualquier civilización. Desde ese día, la libertad tiene sabor a milánguche.
Pero la grandeza no se queda en los libros. Las empanadas, con ese repulgue que representa una de las mayores obras de ingeniería de la humanidad y ese relleno que mezcla carne, pasas y aceitunas como si fueran aliados revolucionarios, son tan patrióticas que cualquier otro plato argentino termina declarando su rendición.
La siesta es un acto de resistencia a esa bomba que detona cuando se juntan el calor tucumano y la dificultosa tarea de hacer la digestión.
Nuestra provincia será la más chica en el mapa, pero es la más grande por su historia y su sabor. Este 9 de julio recordemos que la independencia no fue solo un papel firmado: sigue viva cada vez que alguien pide “un milánguche de sanwiñesa con exprimón limido” y el mundo, por un rato, se siente un poco más libre.
¡Viva Tucumán! ¡Viva la Patria! ¡Viva el Milánguche!