La película Barabbas (1961) utilizó un recurso nada común para su época: una parte de la escena de la crucifixión fue filmada durante un eclipse solar total real, ocurrido el 15 de febrero de 1961.
El equipo planificó el rodaje para coincidir con ese momento, ya que la oscuridad natural encajaba con la escena. Solo tenían unos minutos, por lo que todo debía estar preparado y no había margen para repetir tomas.
No se trata de toda la película, sino de esa secuencia específica, donde se aprovechó un fenómeno real en lugar de efectos artificiales.
Definitivamente es cine. 🎬🍿
LAS FRATERNITIES Y SIMILARES PROPORCIONAN ESTRUCTURAS DE MALE COALITIONS & HIERARCHIES PARA LAS QUE LA YOUNG MALE CAVEMIND ESTÁ HARDWIRED. UN NON COPULATOR, POR EJEMPLO, ES MUCHO MÁS FELIZ COMO LOW-RANK EN UNA OSADA TROPA DE GOLFOS, QUE COMO MACHO SOLITARIO Y EXCLUIDO.
TSB.
@JoseLuisPradas@vitosantanar@spermifex Yo discrepo un poco, no es status el mayor activo de las females, por ello casi nunca es status signaling, siempre es fertility display, por ello muestra IMC y WHR. La cría realmente no le ayuda para los machos pero si para inhibir la hostilidad de otras hembras , @spermifex ??
Ando leyendo el Quijote y siento que Cervantes es la adultez de la adultez en cuanto al lenguaje español. Nos hace ver a los hispanohablantes actuales como si fueramos adolescentes o niños, nosotros tenemos una fijación funcional para toda palabra, él no.
Se culpa a la masculinidad de los problemas de los hombres. ¿Por qué no se culpa a la feminidad de los de las mujeres?:
Este artículo de The Conversation ofrece una lectura bienintencionada de un problema real de salud pública: el malestar emocional de muchos hombres pasa desapercibido o llega tarde a los servicios sanitarios. Según el autor, la causa está en los ideales tradicionales de masculinidad -ser fuerte, autosuficiente y controlar las emociones- que dificultan reconocer el sufrimiento, pedir ayuda o expresarlo de forma verbal. A través de las historias de Juan (desempleado tras veinte años) y Luis (divorciado y aislado), muestra cómo ese malestar se manifiesta en irritabilidad, insomnio, abuso de alcohol o síntomas físicos en lugar de tristeza abierta.
Propone como respuesta los Grupos Socioeducativos (GRUSE) de Andalucía, espacios de atención primaria no medicalizadores donde los hombres pueden trabajar el autoconocimiento, las estrategias de afrontamiento y la capacidad de pedir ayuda, y aporta datos de seguimiento que indican mejoras en bienestar y relaciones familiares. El texto concluye que comprender cómo la “masculinidad hegemónica” moldea la expresión del sufrimiento permitiría una detección más temprana y respuestas más eficaces, y que pedir ayuda también puede ser un acto de valentía.
Sin embargo, le veo varios problemas a este enfoque al incidir demasiado en la “masculinidad” como causa y al proponer que la solución está en que los hombres pidan ayuda. Da la impresión de que los problemas de los hombres están solo en su cabeza y no en el mundo real. En el discurso dominante (académico, mediático, institucional y de salud pública) los problemas de salud mental de las mujeres -incluyendo sus tasas más altas de depresión, ansiedad, trastornos alimentarios e intentos de suicidio- casi nunca se atribuyen a la “feminidad tradicional” o a los “mandatos de género femeninos”.
Empecemos por el caso de Juan. Perder el empleo después de veinte años no es solo “estrés económico”. Es un golpe directo a un eje central de su identidad masculina. El propio artículo original lo describe como “pérdida de identidad y de su papel dentro de la familia”, pero lo enmarca casi exclusivamente como un “ideal de masculinidad hegemónica” que habría que cuestionar. El problema de ese enfoque es que trata como software cultural puro algo que tiene una base biológica y de preferencias sexuales reales. Si las mujeres (y los propios hombres) siguen valorando el rol de proveedor -como muestran encuestas en las que un porcentaje muy alto de mujeres no saldría con un hombre en paro u otras en las que el 86 % de los hombres (y el 77 % de las mujeres) afirma que ser el proveedor define la masculinidad -, decirle a Juan “no te definas por eso” puede sonar bien en un taller, pero no le quita el peso existencial ni le ayuda a recuperar estatus o sentido.
Con Luis ocurre algo similar: el divorcio no es solo una dificultad de adaptación emocional. Los hombres tienen tasas de ideación y de suicidio consumado claramente superiores tras la ruptura de pareja, y el proceso suele incluir pérdidas objetivas de primer orden: menor contacto con los hijos (aunque la custodia compartida haya aumentado, en los casos contenciosos sigue predominando la materna), salida del domicilio familiar, obligaciones económicas que pueden resultar asfixiantes y, en no pocos juzgados de violencia de género, un trato que muchos hombres viven como criminalización preventiva. Estos no son meros “mandatos internos”; son condiciones materiales y legales que empujan al aislamiento, al alcohol y a la desesperanza.
Por último, el énfasis en que los hombres no piden ayuda choca con un dato incómodo: las mujeres realizan entre dos y tres veces más intentos de suicidio. Consumen más antidepresivos y acuden más a psicoterapia, y aun así intentan quitarse la vida con mayor frecuencia. Si pedir ayuda - y ponerse en tratamiento farmacológico y psicoterápico- es tan bueno, cómo es que aún así llegan a hacer más intentos de suicidio? Si utilizaran los mismo métodos letales que los hombres no estaríamos hablando de lo que estamos hablando ahora.
Cuando se habla de por qué las mujeres intentan suicidarse más, el marco habitual apunta hacia fuera: presión estética, desigualdad estructural, violencia machista, doble jornada, precariedad laboral, expectativas de cuidado, etc. La expresividad emocional, la mayor disposición a verbalizar el malestar o la orientación relacional (rasgos asociados a la feminidad tradicional) suelen presentarse, si acaso, como factores protectores o como logros frente a una socialización patriarcal que las habría reprimido. Pero no se culpa a la “feminidad tóxica tradicional” de realizar más intentos de suicidio
En cambio, cuando se analiza el suicidio consumado masculino, el aislamiento, el alcoholismo o la reticencia a pedir ayuda, el marco casi automático es el inverso: se señala hacia dentro, hacia los “ideales de masculinidad hegemónica”, la “toxicidad” de no expresar emociones o la presión por ser proveedor y fuerte.
La asimetría es clara y bastante sistemática. Los mismos esquemas conceptuales no se aplican de forma simétrica a ambos sexos. Eso no significa que los factores culturales no existan en ninguno de los dos casos, pero sí revela que el diagnóstico privilegiado cambia según el género del que se hable: para los hombres se enfatiza la internalización de normas dañinas; para las mujeres, la externalización de opresiones estructurales.
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