Hola, Twitter, tenemos que hablar…
No es por ti. Es por mí.
Ha sido precioso e intenso, pero toca decirnos adiós.
Me quedo con lo bueno. Gracias a todos por las risas y al resto ya tal… ❤️
Nos vemos en Insta y por ahí 👋🏻
🎙️ Hace casi dos meses grabamos el programa más especial de TBP: Desde la Peña Pedri González en Tegueste 💙❤️
Hoy, mientras se recupera de su lesión, recordamos aquel día lleno de orgullo, barcelonismo y emoción.
¡Vuelve pronto, @Pedri! 💪🏻
📺 https://t.co/KZ2kCYSkJo
Por cierto… Para que veáis que no miento… “Bajar es lo peor”, de Mariana Enríquez, es el único libro de ella que se me ha atragantado. Demasiado sad young people para mí (lógico, tenía 21 años). Me hubiera encantado a esa edad? Seguramente… 🖤
Todas y cada una de las interpretaciones de @manolosoloactor son un recital. Qué talento! Y sí, le cito para que le llegue. Se lo merece 👏🏻 Digámosle cosas bonitas que le alegren el domingo.
Este fin de semana he visto dos películas de esas en las que te apetece quedarte a vivir. Dos películas de historias mínimas en las que todo ocurre sin estridencias y, a la vez, no pueden ocurrir más cosas de las que ocurren. Dos obras maestras, a mi humilde parecer. 🖤
Mi hermana murió a los ocho años, delante de mis ojos.
Un conductor ebrio pasó en rojo mientras cruzábamos la calle.
Sobreviví por un paso. Ella no.
Desde ese día, el silencio se convirtió en la norma en mi casa.
Mis padres dejaron de hablar, de reír, de vivir.
A la hora de comer, la televisión cubría cualquier ruido; a la hora de cenar, nadie decía una palabra.
Nunca fuimos ricos, pero con ella todo parecía más ligero.
Cuando se fue, la vida se apagó poco a poco.
Mi padre ha empezado a beber.
Mi madre se ha convertido en una sombra: cocinaba sin sal, miraba al vacío desde la ventana.
Yo tenía diez años. Y aunque todavía respiraba, era como si ya no existiera.
A los trece dejé de comer.
No por vanidad, sino porque por dentro estaba vacío y la comida ya no tenía sabor.
Un día me desmayé en clase. Le eché la culpa al desayuno.
Nunca dije otra cosa.
A los catorce años empecé a escribir cartas que nunca enviaba.
"Echo de menos a mi madre como era antes". "Siento que si muriera no sería tan grave". Tengo miedo de convertirme en alguien que mira su vida desde lejos.
A los quince años me diagnosticaron depresión severa.
Mi madre lloraba, mi padre ni siquiera se presentó a la cita.
Me dieron unas pastillas, pero nadie me abrazó.
Solo me dijeron: Tienes que esforzarte, a todos nos pasa estar tristes.
Así aprendí a fingir que estaba mejor.
La noche del 21 de julio fue la peor.
No por un hecho preciso, sino por todo lo que se había acumulado.
Me encerré en el baño. No para morir, sino para desaparecer.
Me senté en la bañera, cerré los ojos... y me quedé dormido.
Cuando me desperté, estaba en el hospital.
Solo estaba mi madre, con la mirada perdida. Le dije: No quería morir. Solo quería que alguien se diera cuenta de que me estaba muriendo por dentro. ”
Fue la primera vez que realmente me escuchó.
A partir de ahí comenzó un camino.
Terapia familiar. Paseos. Lágrimas que ya no podíamos tragar.
No fue magia, sino un proceso.
Hoy tengo veintidós años y trabajo como psicólogo clínico.
Cuando un chico me dice:
"No sé por qué me siento tan solo",
siempre pienso lo mismo:
Lo sabes. Es solo que nadie te enseñó a decirlo. Porque hay heridas que no sangran.
Heridas que gritan suavemente, cada día. Hasta que alguien decida escucharlas.
Debemos afrontar con más madurez la muerte de un ser querido, sino arruinaremos nuestra vida y la de los demás. Debes ver la muerte como un paso más en nuestra evolución, pues el cuerpo muere pero el Alma no.