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¡Suerte! 🤞
Que San Valentín no sea un día.
Que sea una costumbre.
Que no tengamos que esperar a febrero para acordarnos de que nos queremos.
Que el amor no se vista solo de rojo, sino también de lunes grises, de miércoles eternos, de domingos con ojeras.
Hacer San Valentín todo el año es dejarte la última croqueta aunque te mueras de hambre.
Es mandarte un “avísame cuando llegues” sin que lo pidas.
Es guardarte el lado de la cama que más te gusta.
Es comprarte tu chocolate favorito un martes cualquiera, sin etiqueta, sin excusa.
Pero, sobre todo, es quedarse.
Quedarse cuando no apetece hablar.
Cuando el trabajo pesa.
Cuando el miedo aprieta.
Cuando discutimos y el orgullo quiere ganar la batalla.
Hacer San Valentín todo el año es aprender a abrazar también las tormentas.
Es entender que hay días en los que uno ama más fuerte porque el otro apenas puede sostenerse.
No son los globos.
No son las fotos perfectas.
No son las cenas con reserva.
Es mirarte en un mal momento y decirte:
“Estoy aquí. Aunque hoy no brilles. Aunque hoy duela. Aunque hoy no sepamos.”
Porque el amor de verdad no aparece en el calendario.
Se construye en los detalles pequeños.
En los silencios compartidos.
En las manos que no se sueltan cuando todo tiembla.
Y si vamos a celebrar algo,
que sea eso:
Elegirnos todos los días.
Incluso cuando no es fácil.
Sobre todo cuando no lo es.
La lotería.
La verdadera lotería no está en un décimo. No se compra con dinero ni se canta en televisión. Está en las cosas pequeñas, esas que parecen pasar desapercibidas, pero que cuando te paras a pensarlo, lo son todo. Está en los ojos de tu madre cuando llegas a casa después de un mal día y aún así te espera con un abrazo. En tu padre, que no sabe decirte “te quiero” con palabras, pero te lo grita en cada gesto. En los amigos que siempre están, aunque pase el tiempo, y con los que las risas parecen más largas que las horas.
Está en esa persona especial que te mira como si fueras el único lugar en el mundo donde quiere estar. En el ruido de las patas de tu perro cuando vuelves a casa y te recibe como si hubieras ganado un millón de euros, aunque sólo hayas estado fuera unos minutos. En las pequeñas manos de tus hijos que agarran las tuyas como si no quisieran soltarte nunca.
La lotería es todo eso que no entra en una caja, que no cabe en un número, que no pesa en el bolsillo. Es lo que sientes cuando sabes que estás rodeado de amor. Porque al final, cuando te das cuenta de que la vida es frágil, descubres que el premio más grande ya te ha tocado: las personas que caminan contigo, que te cuidan y te hacen sentir en casa. Esa es la lotería que nunca falla, la que no tiene precio. La que, sin saberlo, ya es tuya.
A veces pienso que diciembre llega demasiado pronto. Que no nos da tiempo a prepararnos para las luces, para las calles llenas, para los villancicos que se cuelan sin pedir permiso.
Y ahí, en medio de todo eso, aparece tu recuerdo. Como una silla vacía en la mesa,
como una risa que ya nadie puede imitar,
como un abrazo que todavía sé cómo se sentía.
Dicen que el tiempo lo cura todo.
Pero nadie habla de las fechas que duelen,de los días que deberían ser bonitos y se vuelven un poquito más fríos porque faltas tú.
Yo te sigo pensando.
En cada brindis, en cada foto, en cada luz que se enciende. Y aunque ya no estés,
sigues siendo la parte más cálida de mi invierno.
Porque hay ausencias que no se superan.
Se llevan, se abrazan en silencio…
Y se recuerdan, sobre todo, cuando llega la Navidad.
Los abuelos deberían ser eternos.
Deberían quedarse para siempre en la mesa de la cocina, con ese olor a café recién hecho y pan tostado, con la radio sonando bajito y esa paciencia que no se aprende en ningún libro.
Deberían estar siempre en el banco del parque, esperando a que llegues con tus problemas de adulto disfrazados de urgencia, y ellos, con dos frases y una sonrisa cansada, te los conviertan en cosas pequeñas.
Deberían ser eternos para que nunca falte esa llamada que empieza con un “��ya comiste?”, aunque tengas treinta años y vivas solo desde hace diez.
Deberían quedarse para siempre con sus historias repetidas, porque al final entiendes que lo repetían para no olvidarse, para agarrarse un poquito más fuerte a la vida.
Y cuando se van, te das cuenta de que eran hogar.
Que las paredes de tu infancia estaban hechas de su risa, sus manos y sus silencios.
Que el mundo duele más sin ellos, pero al mismo tiempo, cada recuerdo es un abrazo invisible que no se gasta.
Ojalá los abuelos fueran eternos.
Aunque quizá lo sean, de alguna forma, cada vez que cierras los ojos y los vuelves a ver sonriendo en tu memoria.
“Donde de verdad”
A veces creemos que el amor se mide en fuegos artificiales, en sorpresas de película, en cenas con velas y escapadas de fin de semana. Pero no.
Donde de verdad se construye todo es en los lunes sin ganas. En los jueves de ojeras y silencio. En los días que no brillan en Instagram.
Es ahí, cuando tú llegas a casa y yo no tengo fuerzas ni para hablar, y aún así me das un beso en la frente. Cuando te quejas del tráfico y yo solo te escucho con la cabeza en tus piernas.
Cuando discutimos por tonterías, pero no nos vamos a dormir sin arreglarlo.
El amor real no siempre sonríe. A veces se cansa. A veces no tiene respuestas.
Pero se queda. Se cuida.
Se elige, incluso en los días en que cuesta.
Porque no hay nada más bonito que saber que, incluso cuando todo pesa…
tú y yo seguimos siendo hogar.
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