Recuerda que cada día es una nueva oportunidad para crecer, para ser mejor, para acercarte un paso más a tus sueños. No te rindas, sigue adelante con valentía y confianza, porque tu determinación es la llave del éxito. ¡Tú puedes lograrlo!
Sábado 2 de junio de 1962. Desde las primeras horas de la mañana, en la histórica ciudad costera de Puerto Cabello, la base naval Agustín Armario se convierte en el escenario de una lucha violentísima que enlutaría a toda Venezuela.
Pronto, el combate toma las calles de toda la ciudad. Son incontables las ráfagas de disparos y atronador el sonido de las bombas que caen desde los Canberra de la Fuerza Aérea Venezolana sobre posiciones estratégicas. Puerto Cabello es ahora zona de guerra, y ya no la tranquila y turística población de otrora.
Se ha levantado el batallón de infantería de marina General Rafael Urdaneta, con la anuencia de oficiales y la participación de otros efectivos de la base naval y de grupos civiles armados, en contra del gobierno democrático de Rómulo Betancourt.
La insurrección, conocida históricamente como “El Porteñazo”, fue promovida por agentes del comunismo que buscaban hacerse con el poder. El fragor de la lucha se extendería hasta el día siguiente. El domingo, el gobierno venezolano anunció que había puesto fin a la revuelta, con un saldo de 400 muertos y 700 heridos.
Borburata es una pequeña población a pocos kilómetros de Puerto Cabello. Aquel sábado, la conmoción de la insurrección porteña afectó también a esta localidad.
Su párroco es el P. Luis María Padilla, quien a la vez es capellán de la base naval Agustín Armario. El sacerdote Padilla recibe el llamado de asistir espiritualmente a los soldados, aun cuando las balas y los bombardeos no habían terminado.
La carrera de armas y la del púlpito comparten —paradójicamente— un alto sentido de cumplimiento del deber. Abrazando su responsabilidad, el P. Padilla llega a un Puerto Cabello cuyas calles están repletas de cadáveres y moribundos. Una vez allí, arriesgando gravemente su vida, no demora en ponerse manos a la obra.
“Fue un momento bastante difícil que asumió con una inmensa valentía”, dijo Mons. Tulio Ramírez Padilla, Obispo de Guarenas y sobrino-nieto del párroco de Borburata, en una conversación con ACI Prensa. “No le importó que hubiera fuego cruzado”, añadió.
Mons. Ramírez recuerda las conversaciones que tuvo con su tío‑abuelo sobre el episodio. De ellas destaca que, aunque los disparos nunca cesaron, el P. Padilla cumplió heroicamente con su responsabilidad, lo que significa “un gran ejemplo de reciedumbre y de carácter fuerte” de un hombre “que temía a Dios, que lo amaba profundamente y que servía en la caridad a todo el pueblo que le había sido encomendado”.
Al lugar ya ha llegado la prensa. Entre ellos se encuentra Héctor Rondón Lovera, un joven de 28 años que trabaja para el diario La República y que decide adentrarse en el corazón de la rebelión.
Al poco tiempo, Rondón Lovera se encuentra con un hombre en sotana que se mueve impávido en medio del fuego, levantando hombres del suelo e impartiendo bendiciones con la señal de la cruz. Es el sacerdote Padilla. Impulsado por su instinto periodístico, presiona el disparador de su cámara y captura una fotografía que pasará a la historia.
El cabo segundo Andrés de Jesús Quero ha sido alcanzado por una bala. Tirado en el suelo del sector La Alcantarilla, no duda en pedir auxilio al valiente sacerdote. “¡Ayúdeme, padre!”, es lo único que alcanza a decir.
Su capellán entonces se agacha para intentar alzarlo, pero la corpulencia del soldado hace que los dos caigan de vuelta al suelo. Entonces el sacerdote no puede hacer más que darle la absolución y seguir atendiendo a sus compañeros. Esta es la escena que registra la cámara de Rondón Lovera, testigo privilegiado de lo sucedido.
Su fotografía pronto daría la vuelta al mundo. Bautizada por la prensa como “La ayuda del padre” y “Absolución final”, le valdría al joven fotógrafo ser reconocido con el premio World Press Photo of the Year (1962) y con el Pulitzer (1963), convirtiéndose en el primer latinoamericano y el único venezolano en recibirlo.
“Eran muchachos que estaban prestando el servicio militar. Eran jóvenes de 18‑20 años que realmente no sabían ni siquiera en qué estaban metidos, ni conocían el trasfondo de todas esas cosas. Estaban ahí obedeciendo órdenes”, explicó Mons. Ramírez.
Providencialmente, el P. Padilla no fue herido en las calles de Puerto Cabello, pero su sotana quedó manchada con la sangre de los soldados. Mons. Ramírez asegura que fue “el infinito amor a Jesucristo” de su tío‑abuelo el que lo llevó a arriesgar la propia vida de esa manera.
“El infinito amor a la gente, el infinito amor a su sacerdocio. Definitivamente, él tenía un cariño muy especial a todos. Era un pastor de ovejas”, agregó.
El Obispo de Guarenas recuerda que, en una ocasión, el P. Padilla le comentó que en el momento más apremiante “se le puso la mente en blanco” y solo podía pensar en su objetivo, que era “salvar las almas” de los soldados.
Mons. Ramírez aprovechó la ocasión para reflexionar sobre la misión de los sacerdotes, especialmente en los momentos más complicados.
“Sobre todo, especialmente en esa hora de la enfermedad, en esa hora de la tribulación y en esa hora final del encuentro con Dios, tener un sacerdote a la mano será un signo del amor misericordioso de Dios, que envía a los mensajeros de su misericordia que son los sacerdotes, quienes nos ayudan en ese paso tan trascendente de esta vida a la Casa del Padre”, dijo.
El P. Luis María Padilla vivió en Estados Unidos luego de su jubilación, donde murió años más tarde. Hasta hoy perdura la intención de repatriar sus restos para colocarlos en el Panteón Nacional de Caracas, donde también descansan los del Libertador Simón Bolívar y muchos otros grandes hombres y mujeres de la historia venezolana.
“Para mí, como sacerdote y obispo, es un ejemplo a seguir toda la vida, y el trabajo de mi tío sacerdote es para nosotros un signo muy elocuente del Buen Pastor”, concluyó Mons. Ramírez.
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