Una cultura que debería animar a proyectar vida futura les dice, en cambio, que no vale la pena traer hijos al mundo. Así es como en 2024 solo Nigeria tuvo más bebes que Estados Unidos y la Unión Europea sumados.
Lo que veo en mis clínicas y en mi trabajo es, en el fondo, el reflejo de algo más profundo: Occidente está atravesado por una culpa auto-suicida. Nunca antes una civilización había decidido dejar de reproducirse voluntariamente. Caemos porque no creemos en nosotros mismos. Donde hay orgullo, hay hijos; donde hay culpa, hay vacío.
Yo lo veo como un empresario biotecnologico, y como un hombre que ha dedicado su vida a ayudar a traer vida al mundo: las ideas progresistas están minando la capacidad misma de Occidente de seguir existiendo. Antes tener 7 hijos me da a culpa. Ahora lo considero mi contribucion más importante a una sociedad en auto destruccion.
El día que me permití salir de ese marco, sentí una liberación. Descubrí que en la derecha no había vergüenza, sino orgullo. No había apocalipsis, sino esperanza. No había culpas heredadas, sino responsabilidad personal. La derecha me enseñó a mirar Occidente no como un villano, sino como la civilización que más ha hecho por la libertad, la ciencia, la prosperidad y los derechos humanos en toda la historia.
Los estudios confirman lo que este aumento de felicidad personal no es aplicable solo a mi. En Estados Unidos, el 45 % de los conservadores se declaran “muy felices”, frente al 30 % de los progresistas. Entre quienes dicen tener excelente salud mental, más de la mitad se identifican con la derecha, frente a solo un quinto con la izquierda. En Europa, el European Social Survey muestra que los votantes de derecha expresan más orgullo nacional y cultural, y ese orgullo se traduce en mayor bienestar psicológico. Las familias conservadoras tienen más hijos, más matrimonios estables, y esas redes de apoyo generan resiliencia emocional. No es casualidad: orgullo y pertenencia alimentan la felicidad; culpa y resentimiento alimentan la depresión.
El contraste lo veo con claridad en Argentina. Los votantes de Milei hablan con entusiasmo, con fe en el futuro, con la sensación de que se puede reconstruir la nación. Irradian energía. Los votantes de Cristina Kirchner, en cambio, viven en un clima de agravios, de injusticias, de culpas. Unos miran adelante, los otros miran hacia atrás.
Soy un emprendedor tecnológico. He fundado empresas, he arriesgado, he innovado. Y si hay algo que aprendí en ese camino es que la vida se construye mirando hacia adelante, no flagelándose por el pasado. El progresismo me dio culpas: la culpa de ser blanco, la culpa de emitir CO₂, la culpa de amar mis símbolos, la culpa de querer tener hijos. La derecha me devolvió orgullo: orgullo de mi civilización, orgullo de mi historia, orgullo de mi capacidad para mejorar lo que tengo cerca.
Hoy puedo decirlo con claridad: salir del progresismo no fue solo un cambio ideológico, fue una liberación emocional y espiritual. Fue sacarme de encima una carga de culpas para poder avanzar con esperanza. La izquierda me pedía vergüenza; la derecha me dio felicidad. La izquierda me imponía ansiedad; la derecha me devolvió serenidad. La izquierda me hablaba de catástrofes; la derecha me devolvió confianza. La izquierda me ofrecía decrecimiento; la derecha me hizo pensar en que seremos pronto una civilización interplanetaria.
Y lo más importante: descubrí que no necesito odiar lo que soy ni lo que somos. Que el futuro no se construye con culpas, sino con orgullo. Que prefiero caminar ligero bandera en mano que con una mochila de culpas en la espalda.
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📝 Ben Jacobs