En 1970, Fidel Castro decidió que Cuba debía producir 10 millones de toneladas de azúcar para demostrar la superioridad del socialismo. Para lograrlo, suspendió el calendario laboral, eliminó las vacaciones y movilizó forzosamente a cientos de miles de ciudadanos —desde músicos hasta ingenieros— a cortar caña bajo condiciones inhumanas. Fue el regreso al trabajo esclavo, esta vez bajo el látigo de la "conciencia revolucionaria".
El resultado fue un colapso económico total. No se alcanzó la meta, se destruyeron las máquinas por falta de mantenimiento y el resto de la producción nacional se paralizó. Fue una jugada absurda y destructiva que dejó a la isla exhausta y aún más dependiente de las limosnas soviéticas. Fue el ego de un solo hombre aplastando la vida y el tiempo de millones de cubanos.
Esta historia nos recuerda por qué el libre mercado es la única garantía de dignidad. En el capitalismo, tú decides dónde y cómo trabajas; en el comunismo, el Estado decide que eres un peón desechable para sus fantasías de grandeza. La derecha defiende el valor del tiempo y el esfuerzo individual frente al saqueo estatal.
1/2 La “ministra” de los salarios y pensiones de miseria ha hecho el discurso más insolentemente reaccionario de “la continuidad”. Dice que en Cuba no hay mendigos, sino personas disfrazadas de mendigos. Debe ser que también hay gente disfrazada de “ministra”