Hace tiempo que odiado de los dioses retardé sin objeto el plazo de mis años, desde el día en que el padre de los dioses y rey de los humanos exhaló sobre mí el viento de su rayo y me alcanzó su fuego.
A mi cuerpo, tendido como está, precisamente así, dadle el adiós y partid. Yo con mi propia mano encontraré a muerte. El enemigo tendrá piedad de mí y buscará mis restos. Quedar sin sepultura es llevadero.
La negra noche vuela en derredor ciñéndonos en su cóncava sombra. ¿Quién tendría palabras que expresaran el estrago y las muertes de aquella noche? ¿Quién lágrimas que igualaran a nuestros sufrimientos? Una antigua ciudad, reina por tantos años, se derrumba.
Las nubes arrebatan de pronto cielo y día a los ojos de los teucros, una negra noche se tiende sobre el mar. Truena de polo a polo y los relámpagos relumbran sin cesar. Todo les tensa el alma con el apremio de inminente muerte.
¿Qué enorme insensatez, desventurados ciudadanos? ¿Pensáis que se ha alejado el enemigo? ¿O suponéis que hay dádiva alguna de los dánaos que carezca de insidia? ¿Es esa la idea que tenéis de Ulises? (...) No os fiéis, troyanos, del caballo.
Los jefes de los dánaos, quebrantados al cabo por la guerra, patente la repulsa de los hados -son ya tantos los años transcurridos- construyen con el arte divino de Palas un caballo del tamaño de un monte y entrelazan de planchas de abeto su costado.
Hubo de antiguo una ciudad, Cartago -se asentaron en ella emigrantes de Tiro- frente a Italia, a lo lejos de la boca del Tíber, opulenta, feroz como ninguna en empeños guerreros.
Primero abraza cada una el tierno cuerpo de uno de sus hijos y lo ciñen en sus roscas, y a mordiscos se ceban en sus miembros desdichados. Después al mismo padre que acudía en su auxilio dardo en mano lo arrebatan y en ingentes barzones lo encadenan.
¿Qué enorme insensatez, desventurados ciudadanos? ¿Pensáis que se ha alejado el enemigo? ¿O suponéis que hay dádiva alguna de los dánaos que carezca de insidia? ¿Es esa la idea que tenéis de Ulises? (...) No os fiéis, troyanos, del caballo.
Los jefes de los dánaos, quebrantados al cabo por la guerra, patente la repulsa de los hados -son ya tantos los años transcurridos- construyen con el arte divino de Palas un caballo del tamaño de un monte y entrelazan de planchas de abeto su costado.
¿Qué enorme insensatez, desventurados ciudadanos? ¿Pensáis que se ha alejado el enemigo? ¿O suponéis que hay dádiva alguna de los dánaos que carezca de insidia? ¿Es esa la idea que tenéis de Ulises? (...) No os fiéis, troyanos, del caballo.