Y mientras todo esto pasaba, hubo quien usó la tragedia para atacar, señalar y hacer ruido.
No digo que no haya responsabilidades. Quizá las haya.
Pero hay momentos en los que no toca eso.
Porque si tu padre estuviera en ese tren, no estarías buscando culpables en redes.
Estarías llamándolo.
Esperando que lo cogiera.
Rezando para escuchar su voz.
Antes de opinar, conviene ponerse en la piel del otro.
Antes de atacar, conviene recordar que hablamos de vidas.
Menos ruido. Más humanidad.
Cierro hilo.
De Adamuz a Gelida. Cuando el ruido tapa lo importante.
En pocos días, demasiados nombres y demasiadas vidas marcadas para siempre.
Mientras buscamos respuestas, quizá también deberíamos mirar cómo estamos reaccionando como sociedad.
Abro hilo 🧵
En Gelida, cuando el tren descarriló y todo volvió a romperse, no hubo discursos ni titulares.
Hubo una puerta que se abrió.
La de Ernestina.
Su masía, a pocos metros del accidente, se convirtió en refugio. En minutos, el salón dejó de ser un salón: muebles apartados, agua, café, mantas. Gente herida, muy afectada, atendida donde diez minutos antes alguien veía la televisión.
No preguntó a quién.
No miró ideologías.
No esperó instrucciones.
Su familia subió desde Barcelona. El hijo, los nietos. Ayudaron a la abuela a que todo estuviera listo. Colaboraron con sanitarios, Mossos, bomberos. Lo que hiciera falta. Como se ha hecho siempre.
Mientras fuera se montaba un hospital de campaña, dentro se cuidaba lo esencial: personas. Que no estuvieran solas. Que estuvieran calientes. Que alguien les hablara.
Esto también es país.
Esto también es ejemplo.
Esto también merece ser contado.