@gontomar@MisterEspeto El de Madrid es un verdadero horror. Quinta gama, te asignan tiempo de estancia (o lo hacían) en una barra y los camareros no tienen ni idea de lo que sirven.
Es vergonzoso ser español cuando uno comprueba lo que ya sospecha desde hace tiempo: un antiguo presidente del gobierno involucrado en casos de corrupción sistemática junto a dictaduras crueles. Que más adelante un juez pueda determinar que la evidencia está probada más allá de toda duda razonable (un criterio muy estricto) es muy diferente de la clara acumulación de evidencia que ya tenemos sobre la mesa.
Pero si esto fuera un caso aislado de corrupción, la vergüenza podría sobrellevarse. Lo preocupante es que forma parte de un patrón sistemático. Zapatero fue presidente del gobierno bajo Juan Carlos I, quien tuvo que abdicar por casos de corrupción intolerables (corrupción que, por otra parte, ha sido constante e invariable en la dinastía Borbón en España desde la regencia de María Cristina de Borbón).
Y a Zapatero le sucedió Rajoy, sí, el Rajoy de “Luis, sé fuerte”. IU y su espacio (como se llame esa semana) tampoco se han librado de estos problemas cuando han tenido pequeños resortes de poder. Moral Santín es el caso más claro.
Y en Cataluña vimos que la antigua CiU y la familia Pujol eran una mafia. El único sitio donde el sistema no ha generado escándalos vergonzosos es el País Vasco, aunque uno sospecha que es más bien consecuencia de la ausencia práctica de libertad de expresión que de su ausencia real.
En otras palabras: los españoles hemos visto cómo la Monarquía, el PSOE, el PP, IU y los grandes partidos nacionalistas han vulnerado de manera sistemática todo tipo de normas éticas y penales.
Mientras tanto, los salarios están estancados, la vivienda está por las nubes, la seguridad social está en una situación límite y la prosperidad actual es un espejismo empujado por una inmigración no sostenible que solo traerá problemas profundos a largo plazo (la figura de @SantiCalvo_Eco lo dice todo).
Quizás sea el momento de aceptar que esto no se arregla cambiando a quien gobierna, sino cambiando las reglas que hacen que casi dé igual quién lo haga.
Estoy aprendiendo. Como todos, supongo 🙃; así que no me toméis como referencia de nada:
— Ahora uso Codex (GPT 5.5). Vengo de Claude (Opus 4.7), pero no me caso con nadie: cambio sin compasión y me adapto a lo que mejor me funcione en cada momento. Todo cambia rápido.
— Trabajo con un portátil (MBP 13 "). Siempre me bastó, pero ahora necesito ver a la vez agentes, código y terminal. Así que me he hecho con una pantalla panorámica de 40 " y estoy encantado.
— Derivado de lo anterior, la IA me ha hecho programar menos en cafés y más en casa. También porque ahora a menudo dicto los prompts. Y hablar solo en un café… no lo veo. 😂
— Las veces que trabajo con Claude, dicto los prompts a ChatGPT. Encuentro la transcripción en castellano de OpenAI mucho mejor que la de Anthropic. Así que dicto a ChatGPT desde el móvil y —sin enviárselo— lo copio y pego en Claude en el escritorio.
— La terminal es tan importante como la herramienta de IA. Hace años que uso iTerm2. Estoy encantado, pero últimamente fantaseo con pasarme a Ghostty. Pero creo que está un poco verde aún. Hoy he leído sobre cmux (terminal para agentes de IA). No me da la vida… 😂
— No llego el primero a las fiestas. Cuando sale una herramienta o modelo nuevo, lo observo, pero no lo adopto. Hay tanto «hype» que prefiero ir sobre seguro. Salen muchas cosas que son flor de un día. Yo me adapto a los cambios, pero economizo mi adaptatividad. El enemigo es el FOMO. Ya tengo canas; priorizo el throughput al hype.
— No suelo tener más de un agente corriendo, a lo sumo dos, y no sé cómo lo hacéis los que tenéis muchos a la vez (como @steipete), incluso en varios proyectos simultáneos a la vez. A mí no me da la vida 😅. El cuello de botella ya no es mi capacidad de escribir código, sino mi capacidad de entenderlo.
— Esta semana controlé un agente desde el móvil mientras me zampaba una palmera de chocolate más grande que Brasil tomando el sol en un banco de la Gran Vía. Muy chulo como concepto, pero aún está algo verde. En dos telediarios será funcional, sin embargo.
— He comenzado a probar Claude Design. Tiene una pinta fantástica, pero aún estoy conformándome una opinión. A ver qué saca OpenAI (si es que no ha sacado algo ya…)
— Como la mayoría, ya no escribo código, aunque sigo sabiendo hacerlo y, sobre todo, entenderlo. No incorporo código generado por IA si no lo entiendo. No porque esté mal —suele estar bien— sino porque a menudo la IA tiende a la sobrecomplejidad. Entonces yo le apunto donde hay redundancia o barroco, y lo corrige.
— Hay mucha gente obsesionada con las skills para agentes. Yo no les veo tanto la gracia, pero seré yo.
— Minimalismo en todo. Con la IA es más fácil que nunca complicarse la vida: sobreingeniería, complejidad artificial, feature bloat, dependency hell… La máquina me da soluciones, pero yo estoy continuamente apuntándole simplificaciones. Si le dejo, en unas semanas el proyecto es inmantenible. Hay que ir con luces largas.
— Parte del tiempo que la IA me ahorra trato de dedicarlo a pensar, leer, aprender, pasear y hacer deporte.
— Adaptatividad. Llevo más de 30 años escribiendo código y ahora he dejado de escribirlo. La resistencia es fútil. Trato de abrazar el cambio. Y divertirme. 🥳
Pasopalabra a @Gsnchez, que es un máquina de todo esto. 😊
En mi tienda hay una Switch 2 con la que la gente puede jugar cuando quiera.
El otro día vino un niño, tendría unos 7 años, con sus abuelos.
La abuela me preguntó si el niño podía jugar al juego de las carreras (el Mario Kart). Yo le dije que sí, pero que era un juego para
🚀¡Qué auténtica barbaridad!
🇰🇪El keniano Sebastian Sawe se ha convertido en primer atleta en bajar de las 2 horas en el maratón estableciendo un récord del mundo estratosférico en Londres (1 hora 59 minutos y 30 segundos)
➡️ No me lo puedo creer. Me acabo de enterar del fallecimiento de uno de los más grandes de siempre, Oscar Schmidt. Tan solo tenía 68 años. Tuve la gran suerte de entrevistarle y se portó de maravilla conmigo. Mis condolencias para familiares y amigos. DEP 😥
📷 M. A. Forniés.
Ya han pasado 6 meses desde que deje Madrid a mis espaldas, pero el paladar no entiende de distancias. Me llevé conmigo un equipaje que no pesa, hecho de aromas y de ese rastro aceitoso que deja la nostalgia, de las tabernas y esa certeza de que la verdadera esencia de la capital no está en sus monumentos, sino en su capacidad para convertir la necesidad en poesía comestible.
Aún recuerdo los higaditos de pollo encebollados que hacía mi madre, los riñones de cordero sencillamente con ajo, perejil y cayena, que perfumaba toda la casa los domingos por la mañana.
Crecí en una ciudad que huele a pimentón y a taberna antigua, donde el lujo nunca estuvo en el solomillo, sino en lo que otros despreciaban. La casquería no es solo cocina; es un ejercicio de supervivencia elevado a la categoría de arte, una oda a las "sobras" que ha alimentado a esta capital desde que los Austrias decidieron que el Manzanares era un buen lugar para fundar un imperio.
Nuestra literatura es el mejor recetario de este "quinto cuarto", un mapa de sangre y guiso que recorre los siglos. Ya lo advertía Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache(1599), mencionando esos "revoltillos hechos de las tripas", el ancestro directo de nuestros callos. Madrid siempre ha sido el epicentro de este banquete visceral donde los escritores han hincado el diente con la misma pasión que la pluma. Lope de Vega, madrileño de pura cepa, plasmó en su obra la sencillez de lo popular: en sus textos, el "pueblo llano" devora con avidez guisos de tripas e hígado, platos que los nobles ignoraban pero que en sus comedias sabían a gloria divina. Por su parte, Francisco de Quevedo no se andaba con chiquitas; en El Buscón, la miseria se combate con despojos. Para él, el hambre era el mejor cocinero y el mondongo la recompensa del pícaro.
Al caminar hoy por el Barrio de las Letras, la sombra de Benito Pérez Galdós se alarga sobre los mercados. En sus Episodios Nacionales, la casquería es el perfume mismo de la identidad madrileña. Esa estela la recogió Camilo José Cela, cuyas descripciones de mollejas y sesos son casi táctiles, elevando el despojo a una mística de la resistencia. Pero si antes buscábamos la sangre en el Siglo de Oro, la ruta se vuelve más canalla al encontrarnos con Ramón Gómez de la Serna. Entre las luces del Rastro, Ramón nos recordó que la casquería es el surrealismo del plato; veía en los entresijos una metáfora de la ciudad: caótica, visceral y profundamente humana.
Subiendo hacia la Puerta del Sol, asalta el recuerdo de Valle-Inclán. Sus personajes de esperpento sabían que la estética de lo feo —una cabeza de cordero asada— escondía la verdad de una España que seguía mojando pan en la salsa de los callos. Cerca de allí, Pío Baroja retrataba esas tabernas donde la "casquería fina" era un lujo de pobres, una declaración de principios de quien no tiene nada, pero posee la calle entera.
Al doblar una esquina, parece que aún escucho a Francisco Umbral. El dandi de la bufanda hizo del rabo de toro el "neón de la cocina", algo brillante y grasiento que engrasaba las tertulias de la Movida. Y finalmente, Arturo Barea, en su La forja de un rebelde, recordaba los guisos de pulmón como el mapa de un Madrid que se negaba a morir.
Hoy, esa servilleta de papel manchada de grasa ha dado paso a una metamorfosis digna de un personaje galdosiano que viste de seda. Hemos pasado de la supervivencia a la casquería de autor. La evolución no ha sido una traición, sino una reivindicación estética. Lo que antes se escondía en ollas de barro, hoy se exhibe en vajillas de diseño.
La gran revolución ha sido la textura. Aquellas mollejas que Baroja describía como bocados humildes, hoy se caramelizan hasta parecer bombones, y la oreja de cerdo se confita hasta alcanzar una finura de cristal. El rabo de toro de Umbral ha abandonado el hueso para esconderse en dumplings, fusionando lo castizo con lo cosmopolita. Madrid ha logrado que el despojo sea un objeto de deseo
Foto:Lengua de Ternera y Tuétano.
@root_rat Lo que pasa es que tienes que tener la prosa de Cervantes y una precisión quirúrgica para decirle a un LLM lo que quieres. Si no, te la lía parda. Y muchas veces es más rápido ir al código y darle la entradilla al AI-autocomplete.
Agentic coding sucks big time.