🔴 El Gobierno recorta 309 millones de Educación para cubrir el aumento de los gastos de personal de Presidencia
Por Beatriz Jiménez
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Es vergonzoso ser español cuando uno comprueba lo que ya sospecha desde hace tiempo: un antiguo presidente del gobierno involucrado en casos de corrupción sistemática junto a dictaduras crueles. Que más adelante un juez pueda determinar que la evidencia está probada más allá de toda duda razonable (un criterio muy estricto) es muy diferente de la clara acumulación de evidencia que ya tenemos sobre la mesa.
Pero si esto fuera un caso aislado de corrupción, la vergüenza podría sobrellevarse. Lo preocupante es que forma parte de un patrón sistemático. Zapatero fue presidente del gobierno bajo Juan Carlos I, quien tuvo que abdicar por casos de corrupción intolerables (corrupción que, por otra parte, ha sido constante e invariable en la dinastía Borbón en España desde la regencia de María Cristina de Borbón).
Y a Zapatero le sucedió Rajoy, sí, el Rajoy de “Luis, sé fuerte”. IU y su espacio (como se llame esa semana) tampoco se han librado de estos problemas cuando han tenido pequeños resortes de poder. Moral Santín es el caso más claro.
Y en Cataluña vimos que la antigua CiU y la familia Pujol eran una mafia. El único sitio donde el sistema no ha generado escándalos vergonzosos es el País Vasco, aunque uno sospecha que es más bien consecuencia de la ausencia práctica de libertad de expresión que de su ausencia real.
En otras palabras: los españoles hemos visto cómo la Monarquía, el PSOE, el PP, IU y los grandes partidos nacionalistas han vulnerado de manera sistemática todo tipo de normas éticas y penales.
Mientras tanto, los salarios están estancados, la vivienda está por las nubes, la seguridad social está en una situación límite y la prosperidad actual es un espejismo empujado por una inmigración no sostenible que solo traerá problemas profundos a largo plazo (la figura de @SantiCalvo_Eco lo dice todo).
Quizás sea el momento de aceptar que esto no se arregla cambiando a quien gobierna, sino cambiando las reglas que hacen que casi dé igual quién lo haga.
Primero os pasáis días señalando a Jon, publicando dónde trabaja, reconstruyendo su biografía y orquestando un linchamiento público. Cuando se cierra la cuenta, la culpa la tiene el BBVA. Vosotros solo pasabais por allí.
Y de paso se cae vuestro propio argumento inicial. Si el BBVA es el que ha forzado el cierre, es porque su actividad en redes no defendía la posición del banco, sino que la incomodaba. Llevábais semanas insinuando que Jon era el portavoz oculto de los intereses del BBVA, y ahora resulta que el banco prefiere que se calle. No se sostiene ni cinco minutos.
Habéis ido a por el empleado, no por la empresa. Habéis hurgado en su nómina, no en sus datos. Habéis convertido un debate sobre pensiones e impuestos en una caza personal. Y ahora que ha funcionado, exigís que se señale como responsable a la entidad para no asumir vuestro propio papel en el linchamiento. Es la cobardía elevada a método.
Si tuvierais un solo argumento sobre el fondo, lo habríais usado. No lo teníais. Por eso escogisteis el atajo: destruir al mensajero y luego lavarse las manos.
Las personas de izquierdas que difundieron el infundio de que Jon estaba en Twitter para defender los intereses del BBVA, ¿rectificarán o se disculparán ahora que Jon ha tenido que suspender su cuenta? ¿Les importa mínimamente el daño personal y laboral que pueden haberle provocado a una persona solo por discrepar de sus ideas (más bien, por ser incapaces de refutarlas)?
No, no les importa lo más mínimo porque toda su ideología es una mentira: dicen defender la libertad de expresión y ahora se recrean en haber conseguido censurarla; dicen luchar por los derechos de los trabajadores y han lanzado unas campaña en redes sociales para linchar a un trabajador e intentar que lo despidan.
Ni libertad de expresión ni derechos de los trabajadores. Lo único que les obsesiona es conquistar y retener el poder político y, para lograrlo, no tienen el más mínimo reparo en mentir, difamar y triturar a quien se interponga en su camino. No vais a hallar en sus cuentas ni la menor señal de arrepentimiento sincero por lo que han hecho.
Efectivamente. Y todo lo que los economistas advertimos hace 40 años se ha cumplido al 100 %.
En estos momentos tenemos un déficit del sistema contributivo de unos 61.000 millones de euros, que se está cubriendo con impuestos y deuda pública.
Estos recursos no se pueden emplear en educación (así están las universidades), en vivienda pública (así está el parque de viviendas públicas), en infraestructuras (así están los trenes o el sistema eléctrico) o en gastos generales de las administraciones públicas (así están todos los órganos administrativos, sin capacidad de actuación alguna por falta de recursos).
Y los impuestos extra han supuesto que los salarios reales lleven 25 años estancados (el mapa de crecimiento salarial en España, en comparación con buena parte de Europa que incluyo en esta respuesta, es desolador): de 1994 a 2024, los salarios reales han crecido un 2,76% en España en valor real.
Y como las generaciones jóvenes están peor que nunca, por eso votan a Vox.
Todo, pero absolutamente todo lo que se dijo que iba a pasar (estancamiento de salarios, falta de recursos de las administraciones, etc.) si no se ajustaban las pensiones, ha ocurrido.
Los últimos 40 años han sido la victoria más absoluta, más rotunda y más clara de que la realidad, al final, se impone.
La única pregunta restante es el origen de las máscaras ideológicas que llevan a algunos a negar la realidad objetiva, leer una entrada en el ABC de hace 40 años y no darse cuenta de que ya ha pasado lo que decían que iba a pasar: que las pensiones se iban a llevar todo por delante.
Pero bueno, yo no soy psicólogo.
Muchos lectores han respondido a mi entrada de ayer sobre el gasto social y los impuestos por edad diciendo: “Esto es exactamente lo que pasa con un sistema de reparto; no me sorprende ni me preocupa”.
Sí, es cierto que este es el patrón básico en un Estado del bienestar moderno, pero esa respuesta confunde un patrón cualitativo (contribuyes al Estado del bienestar durante tus años de trabajo y recibes cuando eres niño y cuando eres mayor) con un patrón cuantitativo (cuánta redistribución realizamos).
Comer un plátano al día es una buena idea para la mayoría de las personas: aporta potasio, fibra y vitaminas. Comer 100 plátanos al día es una idea horrorosa.
Con la redistribución por edad ocurre lo mismo: una cantidad razonable de redistribución bajo un sistema de seguridad social de reparto es una idea magnífica; una cantidad excesiva es una idea horrorosa.
En el gráfico que incluyo, elaborado para un artículo que escribí con @Jongonzlz, se observa que el Estado del bienestar en España redistribuye tanto a los mayores de 65 años que los convierte en el grupo con mayor renta disponible extendida (después de impuestos y transferencias), con unos 5.000 euros más que las personas de 30 a 40 años.
Este resultado carece por completo de justificación y señalarlo no implica enfrentar a una generación con otra. Es simplemente enfatizar que tenemos un problema de primer orden de justicia social en España.
¿Cuál es el origen del problema? Que, con el sistema actual, el valor presente descontado de las pensiones contributivas es entre un 50% y un 70% superior al valor presente descontado de las cotizaciones sociales. (El tipo de interés adecuado para estos cálculos es el mismo que el crecimiento del PIB real).
Y sí, tenemos un sistema de reparto, no de capitalización, pero eso no significa que estos cálculos actuariales no deban hacerse. Solo cuando existe equivalencia en valor presente entre pensiones contributivas y cotizaciones sociales —como ocurre en Suecia o en muchos otros países donde políticos y votantes se toman estas cuestiones con la seriedad que merecen— tenemos un sistema sostenible.
Soy muy cuidadoso de no incluir en este cálculo las pensiones no contributivas ni todas las demás prestaciones sociales complementarias.
Así que sentémonos a pensar en cómo podemos diseñar un Estado del bienestar sostenible y justo, no simplemente aceptar lo que tenemos ahora.
Esta confesión tan trágica es lo que Houellebecq trata de mostrar a través de sus personajes.
Dar rienda suelta a todos tus impulsos no te hace libre, sino un esclavo disfuncional. Y eso, claro, termina doliendo.
Libertad no es hacer lo que quieres, sino lo que debes.
Cada vez que escribo sobre pensiones, siempre aparece un listo con la misma cantinela: “el problema no es que las pensiones sean altas, es que los salarios en España son bajos”.
Este argumento cumple con las tres características que tanto gustan al español medio:
1️⃣ Te permite subirte a la atalaya de la superioridad moral. ¿Quién puede estar en contra de salarios más altos? Es como estar en contra de la paz, las florecitas del campo o la tortilla de patatas.
2️⃣ Es sencillo y no exige esfuerzo mental, no sea que pensar provoque un tumor cerebral.
3️⃣ Es incorrecto.
El problema fundamental del sistema de pensiones español es que no hay equilibrio actuarial entre cotizaciones pasadas y pensiones actuales. Si capitalizamos las cotizaciones que los pensionistas pagaron al tipo de interés igual al crecimiento medio del PIB durante sus vidas laborales (el correcto en un sistema de reparto sostenible) y lo comparamos con el valor actuarial de la renta vitalicia que hoy reciben, vemos que esta es entre un 45 % y un 70 % más alta (según los detalles).
Es decir: los pensionistas reciben más de lo que aportaron, una verdad dolorosa que casi nadie quiere aceptar. He visto a comentaristas decirme “yo solo quiero que me paguen lo que coticé (capitalizado)”, aparentemente ignorantes de que están cobrando bastante más.
En números: por cada 1000 € de cotizaciones a lo largo de una vida laboral, el sistema paga unos 1500 € de pensiones. 500 € de déficit.
Imaginemos ahora que los salarios en España fueran el doble. El sistema, en vez de ingresar 1000 €, recibiría 2000 €… pero tendría que pagar 3000 €, con 1000 € de déficit. Nos ha costado la torta un pan.
La realidad es un poco más sutil (pensiones mínimas, máximos de cotización…), pero en lo esencial, salarios más altos no arreglan nada.
Lo que sí arregla la situación es que los salarios crezcan (independientemente de su nivel). ¿Por qué? Porque el crecimiento salarial va ligado al crecimiento del PIB (el cambio de proporción de la remuneración total de asalariados, incluidos los costes laborales que pagan las empresas, sobre el PIB total va a ser siempre de segundo orden cuantitativamente). Al poder capitalizar las cotizaciones a un tipo de interés más alto, la diferencia entre el valor de las cotizaciones y los pagos futuros se reduce. La clave es la tasa de crecimiento de los salarios, no su nivel.
Ya me imagino la objeción: “pues hagamos que suba el PIB y los salarios”. Ojalá fuera tan fácil:
👉 El coste de las pensiones actuales (vía cotizaciones o impuestos) es tan alto que nos impide invertir en infraestructuras, educación o I+D, lastrando el crecimiento del PIB.
👉 La presión fiscal actual (y creciente) ralentiza aún más el PIB.
Pero hay un punto incluso más importante, aunque sutil. Unos salarios en crecimiento significan que las pensiones serían más bajas en proporción al salario medio. ¿Nos creemos que el votante medio español permitiría esta situación? Yo soy muy escéptico. Veo mucho más probable que, en un contexto de crecimiento del PIB, habría mil presiones para “mejorar las pensiones” o que las mínimas se equiparasen con el salario mínimo (“como es de justicia”). Los españoles votarían entusiasmados por el Partido de los Nuevos Derechos Sociales que prometería “repartir la prosperidad”. Lo que ganamos con más crecimiento del PIB lo perdemos “repartiendo la prosperidad”.
Al final del día, el problema es fundamental: hasta que aceptemos que tiene que haber un factor de sostenibilidad ligando las pensiones con el crecimiento del PIB, no llegaremos a ninguna parte.
Cervantes lo entendió bien: los españoles creen en el bálsamo de Fierabrás. Lástima que no exista.
Tíos, mirad esto en el periódico El Mundo de hoy.
Alguien ha comprado una página entera solo para una esquela… solo para decir “te quiero” 20 años después. Qué forma tan brutal de recordar a alguien 🥹❤️
Las Zonas de Bajas Emisiones (ZBE) son una estafa, una privatización del suelo de tu ciudad, unas máquinas de poner multas para sacar aún más pasta y un sinsentido que hace que haya gente tirando coches que funcionan perfectamente además de joder a las clases medias-bajas.
La logística del hidrocarburo es una de las mayores construcciones humanas de todos los tiempos. Desde producción hasta refino, transporte, distribución local, es una infraestructura brutal. ¿Y tú quieres cambiar eso así de la noche a la mañana porque te da la gana? (1/5)
El dogma de Net Zero en Europa está estrangulando nuestra economía. Pagamos energía a 20-50 €/MWh, mientras en China y EE. UU. las industrias operan con costes de 6-10 €/MWh, lo que pulveriza nuestra competitividad y destruye empleos. En 2023, China generó el 35% de las emisiones globales de CO2 (12,700 millones de toneladas), EE. UU. el 11.5% (5,600 millones de toneladas) y la UE solo el 7% (3,590 millones de toneladas). Mientras nosotros nos sacrificamos con regulaciones climáticas, China y EE. UU. priorizan su crecimiento económico. Con un PIB nominal en 2023 de 29.1 billones de dólares para EE. UU., 18.3 billones para China y 19.9 billones para la UE, sus economías y bajos costes energéticos les permiten dominar la industria global. Europa enfrenta un desafío titánico para crear empleo industrial bajo regulaciones ambientales estrictas, la prohibición del fracking y el cierre de centrales nucleares, que nos debilitan aún más. Es momento de replantear esta estrategia que nos pone en desventaja. Europa ha hecho suficiente por el clima; ahora debe priorizar el bienestar de sus ciudadanos, garantizar la viabilidad económica y aliviar la presión sobre las familias. Abandonar el Net Zero es un paso necesario para recuperar la estabilidad y llegar a fin de mes.