Fui al colegio con musulmanes, cristianos y judíos y jamás vi organizar un conciliábulo alrededor de un filete de cerdo. Quien no lo comía no lo metia en el plato. Punto. Era un sistema rudimentario, pero muy eficaz.
Algunos de aquellos niños musulmanes son hoy mis amigos y no entienden este nuevo islam de ventanilla, permanentemente ocupado en presentar requisitos. Antes la religión tenía la saludable modestia de molestar exclusivamente al creyente. Tus prohibiciones eran tuyas y no había motivo para convertirlas en algo que afectase a los otros.
La evolución tiene su gracia.
No como cerdo, pues faltaría más.
Solo como halal, pues vale.
Debes servirme halal, cómo dice?
Hemos pasado de respetar tus creencias a poner a la institución a cumplirlas. Después resultará que servir cerdo es una provocación y, finalmente, halal para todos, que es mucho más cómodo, va usted a comparar. Para que tú estés a gustito con tu religión, acabamos los demás comiendo según sus instrucciones.
Y si uno señala la pequeña anomalía, racismo, palabra comodín de extraordinario rendimiento.
Una religión no es una raza y negarse a cumplir sus mandamientos tampoco es perseguir a nadie. Pero estamos gilipollas? De lo contrario, recuperemos el pescado de los viernes, la Cuaresma y un negociado de asuntos celestiales junto a la cocina.
Tus obligaciones religiosas son tuyas, solo tuyas. Respetar tu religión es dejarte practicarla, no practicarla contigo. Y si necesitas una alimentación sometida a tus preceptos religiosos, te organizas tú, como hacemos todos con nuestras restricciones y preferencias alimentarias. Lo que no haces es convertir tus mandamientos en obligaciones del colegio y, cuando te dicen que no, ascenderlos milagrosamente a derechos fundamentales. Así que la religión, en casa. Solo en casa.