Señor, antes de pedirte algo, quiero agradecerte por todo. Gracias por no soltarme cuando me alejé, por hablarme cuando ya no escuchaba, y por sostenerme incluso en los días en que no oré. Eres tan fiel, tan constante, tan paciente conmigo. Me has dado más de lo que merezco y menos de lo que mis errores exigían. Hoy elijo vivir en gratitud, no en queja; en gozo, no en ansiedad; en generosidad, no en escasez. Que cada parte de mí testifique que eres bueno. Y que cada día, incluso en lo más ordinario, sea una proclamación de que Tú reinas en mi vida. Te pertenezco, soy Tuyo y nada podrá arrebatarme de Tus manos.
En el nombre de Jesucristo, Amén.