Después de una ruptura no solo pierdes a alguien: pierdes una rutina, un futuro imaginado, una identidad compartida. Tu cerebro lo registra como amenaza. Como abstinencia. Y eso explica por qué duele tanto. No eres débil. Eres humano. Y sanar de eso es posible, aunque hoy no lo parezca. Superar una ruptura no es olvidar a una persona de un día para otro. Es aprender a construir una vida donde ya no dependa de su presencia.