[…] punitivo del gobierno, la narrativa de la oposición debe sufrir una metamorfosis radical. El legalismo abstracto, la queja constante sobre la inconstitucionalidad de los actos oficiales y la nostalgia por los acuerdos de paz son consignas vacías para una población que prioriza la seguridad cotidiana sobre las formas jurídicas. A la gente no le importan los artículos rotos si camina tranquila por su barrio. El debate debe de trasladarse de los tribunales a las mesas de los hogares salvadoreños.
La verdadera fiscalización al régimen se hace visibilizando el alto costo de la vida, la precarización del empleo, la alarmante crisis fiscal y el abandono de los sectores productivos. Es en las deudas socioeconómicas no resueltas donde el relato oficialista muestra sus grietas más profundas.
La oposición tiene el deber de convertirse en la voz del descontento material, demostrando que la concentración del poder no se traduce automáticamente en bienestar económico para las mayorías. Hay hambre detrás de la propaganda.
Este esfuerzo de resistencia civil e institucional será estéril si no se acompaña de una vigilancia extrema y militante del proceso técnico. Frente a la implementación masiva del voto en el exterior y las facilidades del sufragio electrónico, la complacencia es el camino más corto hacia la irrelevancia. La fiscalización ya no se limita a la presencia física en las mesas de votación; ahora requiere de un cuerpo técnico altamente calificado, capaz de auditar los sistemas informáticos, exigir transparencia en los padrones y denunciar internacionalmente los apagones informativos. El fraude hoy se hace con algoritmos. Renunciar a la contienda presidencial no significa cruzarse de brazos, sino concentrar toda la energía remanente en defender la validez de cada voto legislativo. Solo desnudando la asimetría del proceso y obligando al mandatario a competir contra su propia sombra se podrá erosionar la fachada democrática de un régimen que, bajo la excusa de la popularidad, pretende sepultar el pluralismo político. El silencio presidencial de la oposición puede ser el grito más fuerte.
De las alcaldías ni hablemos, eso es tiempo y recursos perdidos. Son el bagazo de la política salvadoreña actual. No tiene sentido compartir por ellas, mucho menos siquiera analizar y escribir más de estas siete líneas.
@FranklinMartz_ Va a perder, de eso no hay duda; al dictador nadie lo sacará por las buenas; entonces, porqué sacrificar a un buen líder antes de tiempo? Lo que Luis Merino quiere, es desaparecer al FMLN para siempre.