Yo conté 24 violaciones al derecho internacional que no denunciaste.
Crímenes de lesa humanidad mediante persecución política, encarcelamientos arbitrarios, tortura, tratos crueles e inhumanos, violencia sexual en detención, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y represión letal de protestas.
Destrucción del Estado de derecho mediante la captura del Poder Judicial, la negación sistemática del debido proceso y el uso del sistema penal como instrumento de persecución política.
Anulación de libertades fundamentales: expresión, prensa, asociación y reunión, a través de la persecución de periodistas, el cierre de medios y el hostigamiento a ONG y opositores.
Vulneración de derechos políticos mediante inhabilitaciones arbitrarias y fraudes estructurales.
Incumplimiento de obligaciones internacionales en salud, alimentación y condiciones de vida, generando uno de los mayores desplazamientos forzados del planeta.
Violaciones al derecho internacional de las inversiones mediante expropiaciones sin compensación.
Desconocimiento de obligaciones internacionales, incluido el desafío a la Corte Internacional de Justicia en la controversia territorial con Guyana.
El derecho internacional no es selectivo: no sirve solo cuando algo no te gusta.
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.
Las iglesias cristianas son parte esencial del tejido social de Chile.
Su servicio, su fe y su amor por las familias merecen respeto y libertad.
Cuenten conmigo para defender la libertad religiosa y fortalecer los valores que nos unen. 🇨🇱🙏🏻
@Fcancinov@navarrose007@ricardo_mewes@antoniowalkerp Lo de regularizas migrantes en situación irregular es sincerar una realidad, la mayoría de ellos no serán expulsados por los criterios que ha establecido la Suprema.