EL CAMBIO DE HORA
Ya está aquí otra vez el cambio de hora de verano.
Ese momento del año en el que el Gobierno no te sube el sueldo… pero sí te quita una hora de vida.
¡Y además hay gente que lo defiende!
Dicen: “No pasa nada, es solo una hora”.
¿Solo una hora?
Perdona, una hora a ciertas edades no es una hora.
Una hora ahora es dormir bien, no discutir con nadie, no mirar el móvil, no pensar en Hacienda y no levantarte con cara de DNI robado.
El domingo del cambio de hora tú te acuestas diciendo:
“Bueno, mañana descanso.”
¡JA!
Descansas mis cojones.
Te levantas y el reloj ya te ha hecho una emboscada.
Son las tres.
¿Pero cómo que las tres?
¿Quién autorizó este secuestro temporal?
Esto no es primavera, esto es un butrón en el calendario.
Y siempre aparece el listo de turno:
“Bueno, pero así anochece más tarde.”
Sí, campeón, anochece más tarde…
pero yo sigo teniendo el mismo sueño, las mismas facturas y las mismas ganas de mandar gente a pastar.
No me compensa ver el sol a las nueve si a las siete de la mañana voy caminando como un zombi con hipoteca emocional.
El cambio de hora es una cosa muy europea.
Muy fina.
Muy técnica.
Muy moderna.
Pero en tu casa se traduce en una sola frase:
“Hoy estamos todos raros.”
Y claro que estamos raros.
Si nos han cambiado la hora como quien cambia la fecha del yogur.
Los niños no entienden nada.
Los perros menos.
Y los adultos fingimos normalidad.
El lunes llegas al trabajo y ves a todo el mundo con la misma cara:
mirada perdida, café en mano y alma en mantenimiento.
No hace falta fichar, hace falta un exorcista.
Y lo mejor es cómo te lo venden:
“Es para aprovechar más la luz.”
¿Perdón?
La luz la aprovecha quien tiene energía.
Yo a esa hora no aprovecho nada.
Yo sobrevivo.
Yo no estoy disfrutando de la tarde; yo estoy arrastrando el cadáver de mi dignidad hasta la cena.
A mí lo que me fascina es que lo aceptamos como si nada.
Imagínate otra situación parecida:
“Juan, este domingo te vamos a quitar 60 minutos de sueño.”
“¿Y por qué?”
“Por la luz.”
“¿Qué luz?”
“La de por ahí.”
“Ah, bueno, perfecto, entonces róbame también una croqueta y llévate a mi suegra.”
Esto del cambio de hora lo hemos normalizado porque viene con pájaros, flores y buen tiempo.
Si lo hicieran en noviembre te habría media población en la calle con antorchas.
Pero como es primavera, parece que el cuerpo tiene que decir:
“¡Qué maravilla, más horas de sol!”
No, perdona.
Mi cuerpo dice:
“Devuélveme mi hora, sinvergüenza.”
Y luego está la gran mentira nacional:
“En dos días te acostumbras.”
Sí, igual que te acostumbras a los lunes, a la gasolina y a que los aguacates valgan como una joya.
Acostumbrarse no significa que esté bien.
Significa que estamos derrotados.
Así que ya lo sabes: llega el cambio de hora de verano.
No es un ajuste.
No es una medida.
No es eficiencia energética.
Es un atraco con amanecer bonito.
Nos quitan una hora, nos dejan más luz y nosotros, como buenos ciudadanos, decimos:
“Bueno… por lo menos ya apetece terraza.”
España no se hunde porque somos un pueblo fuerte.
Y porque nos pones una cerveza al sol… y perdonamos hasta un delito horario.
Una Nintendo Switch 2 va a ser para una de las personas que nos siga y haga repost a este tweet.
Revienta el corazón de like y mucha suerte!
(Solo para España)
qué locura la ansiedad, a veces me tira en la cama, otras me genera insomnio, a veces me quita el hambre, otras arraso con todo; a veces siento que me como el mundo y otras soy una hormiga, nunca sufrí tanto conmigo mismo