La maternidad es una intensidad.
La maternidad es querer que el tiempo pase más rápido, pero al mismo tiempo querer que pase más lento. La maternidad es querer un descanso, pero extrañarlo todo el tiempo que lo tienes. La maternidad es saber que las cosas que te vuelven loca son también las cosas que un día extrañarás más. La maternidad es querer llorar porque estás tan rota, pero querer llorar de felicidad porque estás tan completa. La maternidad es perderte a ti misma, pero encontrarte a ti misma al mismo tiempo. La maternidad es no tener ni la menor idea de lo que estás haciendo, pero saber que estás haciendo exactamente lo que se supone que debes hacer.
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La lotería.
La verdadera lotería no está en un décimo. No se compra con dinero ni se canta en televisión. Está en las cosas pequeñas, esas que parecen pasar desapercibidas, pero que cuando te paras a pensarlo, lo son todo. Está en los ojos de tu madre cuando llegas a casa después de un mal día y aún así te espera con un abrazo. En tu padre, que no sabe decirte “te quiero” con palabras, pero te lo grita en cada gesto. En los amigos que siempre están, aunque pase el tiempo, y con los que las risas parecen más largas que las horas.
Está en esa persona especial que te mira como si fueras el único lugar en el mundo donde quiere estar. En el ruido de las patas de tu perro cuando vuelves a casa y te recibe como si hubieras ganado un millón de euros, aunque sólo hayas estado fuera unos minutos. En las pequeñas manos de tus hijos que agarran las tuyas como si no quisieran soltarte nunca.
La lotería es todo eso que no entra en una caja, que no cabe en un número, que no pesa en el bolsillo. Es lo que sientes cuando sabes que estás rodeado de amor. Porque al final, cuando te das cuenta de que la vida es frágil, descubres que el premio más grande ya te ha tocado: las personas que caminan contigo, que te cuidan y te hacen sentir en casa. Esa es la lotería que nunca falla, la que no tiene precio. La que, sin saberlo, ya es tuya.
"Un día, uno de nosotros se irá primero, y la persona que quede tendrá que pronunciar el último adiós y aprender a vivir con un vacío que nadie podrá llenar.
Por eso, mientras todavía estamos aquí, mientras aún podemos tocarnos, abrazarnos, escucharnos... no debemos guardar el amor para después.
Hay que amar ahora, hablar ahora, abrazar ahora.
Porque llegará un día en que solo quedarán los recuerdos, y los recuerdos no se pueden corregir cuando ya es tarde."
Diciembre llega con frío,
pero también con ese abrazo que no se ve.
Con ganas de volver a “casa”,
aunque la casa sea la gente.
Es tiempo de reencontrarte con tus amigos,
de reír un poco más,
de tomar algo en cualquier bar
y sentir que el mundo pesa menos.
Y también es tiempo de recordar todavía más a los que faltan,
a los que ya no vienen,
a los que sigues echando de menos
en cada luz de la calle.
Intentas ser un poquito mejor,
un poquito más tú,
mientras el año se acaba
y la nostalgia se queda.
Ayer, al recogerle de la guardería, Lucas se despidió de una amiga suya. Dijo: “Adiós, Susana”, y ella respondió: “Adiós, Lucas”. Hasta aquí, todo normal. Dos niños diciendo adiós, perfecto, precioso, un cuadro.
Pero la movida es que lo hizo motu proprio. Sin que yo le dijera nada, sin que su educadora le dijera nada, sin el clásico “Lu, cariño, dile adiós a tu amiga” que usamos los padres para fingir que nuestros hijos son más educados de lo que realmente son. No, lo hizo él. De su propia cosecha. Un adiós espontáneo, autónomo, libre de supervisión adulta.
A ver, que yo sé —lo sé, me lo sé de memoria, me lo han dicho 200 veces— que educar a un niño es precisamente esto: que sea cada vez más independiente, que haga cosas por sí mismo, que tenga iniciativa. Muy bonito, muy pedagógico todo. Pero ostras, por un segundo me he sentido como si ese enano de 90 centímetros hubiese envejecido 20 años de golpe y estuviera haciendo vida propia.
He visto, en fast-forward mental, la escena completa: Lucas diciéndome “llego tarde”, Lucas cogiendo el metro sin avisar, Lucas largándose al MadCool con una riñonera hortera, Lucas diciéndome “no me esperes despierto”, Lucas abriendo una cerveza floja en un parque, Lucas ignorando mis mensajes porque está viendo un concierto de un grupo que yo ni conozco.
Joder, qué rápido va todo.
(Luego, por la noche, me ha dejado un charco de babas en el pijama al dormirse apoyado en mi brazo y no sé si se me ha pasado el vértigo o si me lo he imaginado medio pedo en los baños de una discoteca. No descarto ninguna de las dos).