—Es que… es extraño verte con barba.
—No sabía que teníamos ese tipo de confianza.
—Somos amigos muy cercanos.
—¿Realmente quieres rasurarme la barba?
—¿Tienes miedo?
—No, pero permitirte a ti estar cerca de mi cuello con una navaja no es precisamente relajante.
Había algo en Alexander que lo hacía irresistible, y me pregunté si aquello era el tipo de cosas que la gente sentía cuando eran adictos a alguna droga: tal vez estaba mal y debía parar, pero todavía no había tocado fondo como para alejarme.
—¿Y qué se supone que debería hacer ahora? ¿Luchar por ti? ¿Luchar
por recuperarte?
Negué.
—No tienes que luchar por recuperar lo que jamás ha dejado de ser tuyo.
“Leah sostenía un pastel con velas encendidas en sus manos, Jarrel me lanzaba serpentinas y Haley hacía lo mismo con confeti de colores.
—¡Feliz cumpleaños papá!—Jarrel se apresuró a llegar hasta mí y me abrazó por la cintura.”
“Había algo abrasador, magnético y oscuramente fascinante en Alexander que siempre se las arreglaba para neutralizarme y dejarme fuera de combate, no importaba cuánto luchara contra ello.”
— alexander colbourn bday! 💙
Ella era preciosa en la simpleza de ser, pero contemplarla envuelta en un vestido de blanco, lista para ser mía en todos sus formas y matices, lo elevaba a un nivel completamente diferente.
No estaba llorando, pero sabía que me faltaba poco para hacerlo. Fue un sentimiento espontáneo, una sensación tan abrasadora de emoción que arrasó con todo a su paso para dejar sólo esa sensación de fascinación y veneración.
Alexander era mi fortaleza, mi batalla, mi aliado. Era aquella cosa brillante y despampanante a la que yo me aferraba, incluso después de dejarlo ir. Y no podía negarlo, me encantaba cada arrogante, impredecible, molesto y encantador centímetro sarcástico de él.
—Y eso es lo que eres, una humana, una conquistadora.
Su comentario me hizo reír, pero también me sentí mejor.
–Lo haces sonar como si fuera una heroína.
—Lo eres, a tu manera.
—Te ves hermosa con ellas.
—Mi espalda se vería mejor sin ellas—acoté con la voz cargada de emoción.
Mi esposo me estrechó contra sí y apoyó su cabeza en mi hombro.
—Todos tenemos cicatrices, Leah. ¿Por qué retirar la muestra de tu valor?
—Son feas. Tus socios me miran extraño en fiestas, susurran cuando ven mi espalda. Trato de que no me importe, pero no lo consigo —dije con amargura.
—Que se jodan —espetó, estrechándome más contra él. —Me casé con una mujer, no con una muñeca. Te quiero humana, no perfecta.
Abracé las piernas contra mi pecho y lloré, deseando que papá apareciera de pronto para encontrarme y no soltarme como esa vez. ¿Cuánto tiempo más tardaría en encontrarme?
Apreté la mandíbula, negándome a llorar, pero parecía una tarea imposible. Estaba atrapaba en la incertidumbre de la situación, aplastada entre la inseguridad y el miedo.
“Me sentía débil, cansada, hambrienta y tenía sed. La cabeza me dolía al pensar.
Y aún así, había algo dentro de mí que me gritaba una y otra vez que tenía que ponerme en pie y seguir y seguir hasta poder salir. Pero la oscuridad se encargó de acallar esa voz por completo.”