Dejar a los niños jugar solos al aire libre exponiéndose a riesgos controlados (escalar árboles, jugar con agua o fuego, luchar de broma, explorar zonas donde hay riesgo de perderse, correr a gran velocidad, saltar desde cierta altura...) es necesario para su correcto desarrollo.
Aumenta significativamente su autoconfianza y su sentimiento de competencia, mejora el bienestar psicológico, fortalece la resiliencia emocional y les ayuda a regular el miedo de forma saludable (efecto anti-fóbico). Además, favorece el desarrollo físico (fuerza, coordinación, equilibrio y habilidades motoras), incrementa la actividad física y reduce el sedentarismo. A nivel social, mejora sus habilidades de interacción con otros niños, la resolución de conflictos, la cooperación y el liderazgo. También estimula la creatividad, la resolución de problemas y la capacidad de evaluar y gestionar riesgos reales por sí mismos.
Por el contrario, apartarlos de cualquier peligro y sobreprotegerlos aumenta notablemente el riesgo de desarrollar fobias y ansiedad, reduce su resiliencia, disminuye su autoestima y su capacidad para manejar el estrés y los desafíos de la vida. También favorece el sedentarismo, la obesidad, un menor desarrollo de habilidades motoras y peores competencias sociales, dejando a los niños menos preparados para enfrentarse al mundo real.